España: Los que no regresan

19 marzo, 2012

Imagen Espana: Los que no regresan

En 2011, el flujo migratorio neto en España fue de –50.090 personas, según las estimaciones de población actual del Instituto Nacional de Estadística (INE). Por primera vez en los últimos 20 años (desde 1990 exactamente), el número de salidas superó al de llegadas, dejando así de ser un país receptor de inmigración para convertirnos en una nación emisora de emigrantes. En detalle, como explica José Ignacio Conde-Ruiz, director de Fedea (Fundación de Estudios de Economía Aplicada), en el blog económico «Nada es Gratis», el saldo fue negativo tanto entre españoles (-20.484 personas) como entre extranjeros (-29.606 personas). Admitiendo la justificación del ministro de Educación, Cultura y Deporte, José Ignacio Wert, quien aseguró en una entrevista reciente que un alto porcentaje de esos autóctonos eran descendientes de españoles nacionalizados gracias a la Ley de Memoria Histórica, lo cierto es que el goteo de salidas es constante y proporcional a la falta de perspectivas e incentivos laborales en nuestras fronteras. ¿Pero cuál es el perfil del emigrante español del siglo XXI?

La crisis económica ha obligado a muchos jóvenes altamente cualificados a buscar trabajo en otros países con mejores condiciones laborales y más posibilidades de desarrollo profesional. Es por ejemplo el caso de los miles de ingenieros superiores o médicos españoles que hoy residen y trabajan en Alemania, con una acogida casi «paternalista» por parte del Gobierno de Angela Merkel. Pero también el de muchos investigadores y doctorandos que ya sufrían la falta de incentivos antes de 2007. Son quizá la cara más visible de una expresión que genera cierta alarma y disconformidad siempre que se pronuncia: «fuga de cerebros» o, en su acepción más sociológica, «emigración selectiva». Sin ser algo nuevo, empieza a resultar preocupante que el último pico de esa ola migratoria congregue a la «élite» del sistema educativo español: jóvenes que alcanzan una o varias titulaciones superiores —además de idiomas, masters, prácticas en el extranjero, dominio de las últimas tecnologías…— y que, previsiblemente, verterán sus conocimientos en otras economías.

El departamento de Movilidad Internacional del Grupo Adecco define en un estudio sobre este fenómeno el perfil y las prioridades laborales del nuevo emigrante: jóvenes de 25 a 35 años, mayoritariamente varones, altamente cualificados y sin cargas familiares, que valoran la responsabilidad de su puesto de trabajo, la autonomía profesional y la perspectiva de hacer carrera dentro de una empresa.

La generación universitaria mejor preparada de nuestra historia sobrelleva con su «huida» la falta de flexibilidad de un mercado laboral que, lastrado por el sobrepeso de la crisis económica, roza los cinco millones de parados y acumula la tasa de desempleo juvenil más alta de la Unión Europea. En vísperas de un más que necesario crecimiento, y con una primera tanda de históricas reformas gubernamentales encaminadas a generar empleo e incentivar el crédito, de momento no hay trabajo adecuado ni remuneración suficiente para incorporar al mercado español a las nuevas promociones que cada año se gradúan en nuestras universidades.

«Aprendices a los 30»

Fátima Báñez, ministra de Empleo y Seguridad Social, defendió durante la presentación de su avalada reforma que iba encaminada a ofrecer una salida, principalmente, a ese 40% de jóvenes con escasa formación que todavía no ha podido casi acceder a su primer trabajo: los huérfanos de la «burbuja inmobiliaria». La pregunta es si el nuevo marco laboral, con la creación de figuras contractuales como la del «aprendiz hasta los 30 años», no supone además un claro impedimento para el regreso de nuestros pioneros —los más valientes y emprendores, los que tiran del carro de la innovación—, aquellos licenciados que se marcharon incluso antes de que estallara la crisis económica.

En este punto, la opinión de los expertos se divide. Para los más pesimistas, no hay marcha atrás: acceder al mercado de trabajo español será para nuestros jóvenes y competitivos cerebros una penosa «misión imposible», al menos a corto-medio plazo. Otros analistas consideran que acabará produciéndose el demominado «efecto boomerang» y toda esa experiencia acumulada en el exterior acabará beneficiando a nuestra economía. A ello, hay que sumar además el factor demográfico —cada vez hay menos población joven—, descenso que jugará a favor de los que quieran volver. Sin embargo, lo ocurrido en otros países «semilleros de talento» como Cuba y Argentina no ayuda precisamente a defender la teoría de la «vuelta a casa».

Para el director de Fedea, «el problema más importante lo van a tener los jóvenes que no tienen estudios porque los abandonaron prematuramente. Según los datos, cerca de un millón están en paro y no han terminado ni siquiera la Educación Secundaria. Son estos los que realmente nos deberían preocupar». «La reforma laboral —continúa— debería ayudar a la recuperación del empleo, pero lo que debe ser una prioridad nacional es preparar y formar a los jóvenes menos cualificados cuanto antes para volver a acceder al mercado de trabajo. La experiencia nos dice que cuanto más tiempo pasa más difícil es hacerlo. Para ello es clave mejorar las políticas activas y priorizar los recursos públicos».

Fuente: abc.es

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