España: Carta a un puto inmigrante

7 abril, 2012

Imagen Espana: Carta a un puto inmigrante

Querido Mohamed, o Ali, o Svetlana, o K,

Te escribo desde España, donde ya sabes que llegué hace unos años, para contarte cómo nos va. Y cómo les va a los españoles. No sé si habrás visto estos días por la tele que están todos un poco tensos con las reformas del gobierno de derechas, sobre todo las reformas laborales, que están dando al traste con un montón de conquistas históricas de los trabajadores, dicen.

Te digo que dicen porque en todo el tiempo que llevo aquí, yo estas famosas conquistas no las he olido por ninguna parte.  Sabes, muchos de los que hacen huelga o se manifiestan estos días no tienen ningún empacho en mantenernos a nosotros, los de fuera, en condiciones laborales mucho peores de las que les hacen a ellos salir a la calle. Los hay que se indignan mucho con lo suyo y muy poco con los de los demás. Que consideran un crimen que a ellos se les abarate el despido, pero a la señora que limpia su casa por horas, no la han contratado ni la contratarán nunca. Aunque haya una ley que les obliga.

Pero no te vayas a creer que los españoles hacen esto por racistas. No. Porque lo mismo que nos hacen a nosotros, putos inmigrantes, se lo hacen a ellos mismos. A los putos jóvenes que no encuentran trabajo, o si lo encuentran es en precario. Y si se da el caso milagroso de que les contratan, muchas veces es para que carguen con toda la tarea que hace tiempo que no se dignan a hacer los mucho mejor pagados y con contratos mucho más blindados que ellos. Esto pasa en muchos periódicos de estos que se dicen de izquierdas y que a la hora de infracontratar o de despedir indemnizando lo mínimo no se leen sus propias editoriales contra la reforma laboral que dicen que les daba tanto asco, y que luego aplican más a rajatabla que nadie.

Yo no sé qué pensar ni qué decirte, compadre. Por un lado me dan pena muchos de estos trabajadores españoles que estaban tan contentos con su país. Tan convencidos de que habían alcanzado unos niveles de seguridad y de prosperidad que ya nadie les podría quitar nunca. Me dan pena aunque a muchos de ellos hasta ahora no les haya dado ninguna pena yo. Me dan pena sobre todo los que han trabajado mucho tiempo muy duro y muy bien, sin aprovecharse de nadie, y ahora van a verse igual de jodidos que los que nunca han dado palo al agua o han defraudado al sistema. Llevando el cántaro a la fuente tantas veces que claro, va y se les rompe. En estas cosas siempre pagan justos por pecadores, como sabes.

Para que no sea así a lo mejor habría hecho falta meter mano hace tiempo. Que los que ahora claman por los derechos de los trabajadores se hubieran puesto años atrás las pilas contra la desigualdad, el fraude y la injusticia. Contra los privilegios enquistados en el sistema que hace tiempo que lo ponen en peligro, amenazando la caja de resistencia, la bolsa común, el tejido social que costó siglos construir, y que puede saltar en pedazos en muy poco tiempo.

Es fácil echarle la culpa de todo a la derecha. Pero la derecha nunca dijo que había venido al mundo a proteger los derechos de los trabajadores. Esa era la tarea y la promesa de la izquierda, de los sindicatos, de toda una serie de gente que no ha estado donde y cuando se la esperaba. Que no ha estado a la altura. Y que sigue sin estarlo.

Yo creo que tienen todo el derecho a defender lo que es suyo. El problema es que hace demasiado tiempo que lo suyo no es lo de todos. Que representan a un mundo cada vez más estrecho, privilegiado y arrogante, menos solidario con el conjunto de trabajadores en precario, o directamente de parados, que hace tiempo que sufren unas condiciones laborales y sociales infinitamente peores que las que ellos juzgan inaceptables. Sin que ellos se diesen jamás por enterados ni se preocuparan lo más mínimo.

¿Dónde están todos estos grandes revolucionarios y quemadores de containers cuando mi mujer va a limpiar escaleras de sol a sol sin un puto contrato, cuando a mí me cogen de albañil a mitad de precio porque no tengo papeles, y luego si me enfermo me ponen en la calle por lo mismo? ¿Qué receta ofrecen las grandes centrales sindicales para el matrimonio mayor que hace treinta años que abre cada día la persiana del bar, dejándose las pestañas y el alma, y el bar hace dieciséis meses que pierde dinero, que se les come los magros ahorros para la jubilación, y encima va el piquete y les revienta los cristales? ¿Qué antisistema se preocupa de los débiles del sistema?

Te preguntarás si con todo esto te estoy diciendo que canceles tus intenciones de seguir mis pasos y venirte tú también a España en busca de trabajo. Pues mira, no. No te estoy diciendo eso. Pues con todo lo mal que pinta la cosa, a lo mejor es el momento de que a este país llegue mucha más gente como tú y como yo. Mucha gente que sabe lo que es de verdad pasarlas putas (aquí no es que se les haya olvidado, es que les da vergüenza recordarlo), gente que conoce el valor del esfuerzo y de la lucha y sobre todo, sobre todo, el valor de la verdadera solidaridad. De la fraternidad que no es de boquilla.

A lo mejor tendremos que volver a enseñarles a compartir lo poco o mucho que se tenga, pero a compartirlo de corazón, de verdad preocupándose para que alcance para todos. Enseñarles a no dejar a nadie atrás, a no ir de progre de cinco a siete y de hijoputa egoísta todo el resto del tiempo. A no dar lecciones de moral antes de aplicarse el cuento uno mismo. A no pasarse de listo. A entender que aquí nadie va a salir de pobre solo. Ni gratis.

Fuente: cuartopoder.es

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