La integración, un proceso lento y sinuoso. La reagrupación, un eslabón más…

10 julio, 2012

La integración, un proceso lento y sinuoso. La reagrupación, un eslabón más...

Crédito fotografía: ventanaeuropea.es

Elisabeta, Moni y Sharmin saben mucho de inmigración, familia e integración aunque no sean plenamente conscientes de ello. Conocen a fondo cada uno de los desvelos, preocupaciones y sinsabores sufridos en su propio proyecto migratorio; proyecto que les ha llevado a escoger como marco Lavapiés, el barrio madrileño más intercultural. A través de sus vivencias ahondamos en el proceso de su integración familiar en España y, por ende, en el de muchas familias que salieron de su país en busca de un futuro mejor. Ellas saben que el camino es largo porque la integración es un proceso lento y a veces sinuoso pero están dispuestas a recorrerlo.

Lavapiés es el barrio de Madrid donde ellas viven su cotidianidad Elisabeta, Moni y Sharmin. Dicen que éste es el barrio más “castizo” o auténtico de Madrid. Lavapiés representa la esencia de lo madrileño; sin embargo, en su historia está presente siempre el fenómeno migratorio y una evolución cultural y étnica continua. Aquí, las migraciones internacionales han ampliado la perspectiva de su diversidad y pluralidad cultural. Este pequeño lugar, que no tiene personalidad administrativa como tal, consta de una estación de metro, una plaza y sus calles colindantes y estrechas. De los 32.811 habitantes censados en el barrio, 3.309 son ecuatorianos, 386 bangladeshíes, 567 colombianos, 435 chinos, 1.044 marroquíes, etc.

Sin duda, Lavapiés tiene una personalidad multicultural inconfundible donde Elisabeta, Moni y Sharmin  recalaron hace unos años y donde hay hasta 88 nacionalidades diferentes con un objetivo común: la convivencia sin discriminaciones. Y es que según el Plan de Integración de la Comunidad de Madrid 2009-2012, “La convivencia es un paso más allá de la tolerancia, pero la tolerancia se hace extremadamente difícil si no hay convivencia”.

LA INMIGRACIÓN EN CIFRAS

Según los últimos datos  del Padrón Municipal publicados por el Instituto Nacional de Estadística (INE), la población residente en España alcanzó la cifra de 47.021.031 personas en su avance de padrón a 1 de enero de 2011, de los cuales 5.730.667 son de nacionalidad extranjera. En la misma fecha, el número total de habitantes de la Comunidad Autónoma de Madrid era de 6.481.514. De ellos son extranjeros 1.062.020, lo que representa un 16,62 por ciento de la población. El colectivo más abundante es el rumano, seguido del ecuatoriano.

Con respecto al sexo, los hombres representan el 50,53 por ciento de los extranjeros empadronados, mientras que entre los españoles se da una proporción ligeramente mayor de mujeres, aunque es tan leve que se puede hablar de igualdad entre sexos de las población española y extranjera.

En cuanto a la edad, la diferencia se acentúa especialmente entre la población en edad de trabajar. Mientras en España ésta es de un 68 por ciento, entre los inmigrantes asciende a un 84 por ciento. También se encuentran grandes diferencias en el grupo de edad por encima de 64 años. Mientras la autóctona representa un 17 por ciento, la migrante supone apenas un 2 por ciento.

Sobre la nacionalidad de los inmigrantes, los colectivos que encabezan el ranking en la Comunidad de Madrid, son los rumanos seguidos de ecuatorianos y marroquíes que, en total, suponen el 40,40 por ciento de la población inmigrante.

En lo que se refiere a la obtención de la nacionalidad española, el 80,40 por ciento del total nacional corresponde a ciudadanos iberoamericanos. Entre ellos,  los ecuatorianos ocupan el primer lugar seguidos de colombianos, peruanos y argentinos.

MADRES POR TELÉFONO

En el encuentro con Elisabeta, Sharmin y Moni hablamos de familia como la primera institución a la que pertenecemos, base de la sociedad donde los miembros están unidos por una relación de parentesco. Obviamente, las migraciones internacionales son uno de los factores que más transforman el núcleo familiar.

La globalización, además de los consabidos cambios tecnológicos, económicos y políticos, arrastra con su fuerza las estructuras familiares tradicionales y es que la cotidianidad de los núcleos inmigrantes se ve alterada en el día a día por las distancias físicas, aunque éstas sean cada día más cortas debido al progreso de los medios de transporte y las comunicaciones; ambos cada vez más accesibles desde el punto de vista económico.

Un ejemplo de estas nuevas estructuras son las familias transnacionales o transoceánicas en las cuales alguno de los miembros se encuentra en el país de origen y el resto ha emigrado. En estos casos, los lazos económicos y de supervivencia se mantienen sobre la base de la tensión de la reagrupación de la familia. Son, por lo tanto, configuraciones temporales o transitorias que esperan reunirse. En la singularidad de estos tipos de familias destaca el papel de la mujer, latinoamericana y filipina sobre todo, y que adquiere protagonismo dentro de las estructuras tradicionalmente patriarcales. Esta cuestión es bien conocida y destacada por Moni, de origen ecuatoriano, y que vivió la experiencia de ser madre emigrante, con el coste psicológico y físico que esto supone. Moni vino a España a cuidar a su nueva nieta y a su hija. Dejó allí al resto de sus hijos e hijas, su militancia social, su compromiso parroquial, sus amistades, su entorno, ante una necesidad familiar.

De otro lado, y mientras se produce la unión en el país receptor, las familias divididas se enfrentan a enormes retos para tratar de salvar esa distancia física. No se elige pertenecer a una familia transnacional y ésta pone a prueba la flexibilidad de sus miembros sufriendo una fuerte reestructuración de sus roles, de género y de los ciclos vitales de los hijos y con la consiguiente fractura en las relaciones paterno-filiares.

Pero educar es una función que las madres no abandonan ni en la distancia, dándose en ocasiones  estrategias inadecuadas como consecuencia de la sobrecarga de funciones que la mujer asume y porque las emociones están a flor de piel cuando se habla con los hijos.

La intervención de la madre, desde el país de destino, en la educación de los hijos ha sido motivo de diferentes estudios y publicaciones. En el libro titulado Educar desde el locutorio, la pedagoga Nora Rodríquez da una serie de consejos prácticos para ser madre por teléfono. Por ejemplo, evitar dramatizar la situación,  hablar del país de acogida con realismo, sin falsas expectativas, fomentar la sinceridad, etc. Los que han quedado en el país de origen residen con abuelos o solo con la madre o el padre durante largo tiempo. Y es que no hay que dejar de lado datos que hablan de que el 67 por ciento de los hijos de estas familias tienen problemas de conducta. Ello justifica la premura de las familias por reagrupar antes de la llegada de la adolescencia.
Sin embargo, la realidad es tozuda y según datos de la ENI (Encuesta Nacional de Inmigrantes) del 2008, ocho de cada diez inmigrantes que viven en España están separados de sus hijos. Un total de 750.000 menores de 16 años están en su país de origen, algunos de ellos esperando la reagrupación.

UN ESLABON DE LA INTEGRACIÓN

Elisabeta y Sharmín  consideran que la reagrupación familiar supuso en sus vidas un eslabón de la integración. Ambas llegaron a España con sus hijos, procedentes de Rumanía y Bangladesh, para unirse a sus esposos que habían emprendido el proceso migratorio. Ambas tienen dos hijos, los chicos ya adolescentes y las niñas aún en edad escolar.

Este eslabón implica el reconocimiento del derecho básico de toda persona a una vida en familia y constituye el factor esencial para integrarse en la sociedad de acogida, derecho que está recogido en nuestra Constitución en el artículo 39. La unión implica para la familia rumana y bangladeshí, un punto de inflexión en el proceso migratorio y pone de manifiesto el papel de la familia como un factor de estabilidad y cohesión social.

Algunos estudiosos consideran que las familias inmigrantes, sea cual sea su origen y habiendo soportado la peripecia migratoria, siguen respondiendo a la típica estructura familiar nuclear, según un estudio  realizado por la Universidad Pontificia Comillas sobre “Juventud e inmigración” publicado en 2008. Dicen los autores que las familias migrantes no se rompen sino que entran en una fase diferente.

Como es obvio, cada  núcleo y dependiendo del lugar de procedencia, adopta distintos patrones de organización familiar y que están relacionados con los lugares de origen. No se puede hablar de la familia inmigrante atribuyéndole una identidad única, son maneras diferentes de entender y concebir la familia. Esto se pone de manifiesto en nuestra conversación  con tres madres de diferentes procedencia: Bangladesh, Ecuador y Rumanía, tres culturas diferentes, tres religiones distintas, tres maneras de llevar su condición de mujer.

Pero en el Centro San Lorenzo, perteneciente a la parroquia del barrio, todos saben que la integración ni comienza ni acaba en la reagrupación. Elisabeta considera que otro elemento determinante es el empleo que a ella le ha proporcionado grandes satisfacciones. La grata relación con  sus compañeras y compañeros de trabajo le hace sentirse útil y valorada, así como estrechar lazos de amistad con ellos.

Sharmin y Moni también están de acuerdo. El trabajo es un aspecto fundamental de toda familia inmigrante, sin embargo a diferencia de su amiga Elisabeta, el marido de Sharmín está en el paro desde hace tiempo y ella trabaja como empleada de hogar muchas horas, lo que le hace estar largo tiempo fuera del hogar.

A la luz de los datos, las largas jornadas laborales, los contratos precarios y el galopante desempleo actual pueden dificultar la estabilidad familiar porque la crisis presenta un panorama ciertamente desalentador. La incidencia de la pobreza entre los inmigrantes es 13 veces mayor que para un ciudadano nacional. A pesar de ello, el Banco de España creía en 2008 que la “flexibilidad” laboral de la inmigración ayudaría al empleo; es decir, pensaban que el régimen de fronteras obligaría a los inmigrantes aceptar salarios más bajos y contrato precarios.

Con estas cifras se hace necesario fortalecer las medidas de integración y cohesión social para evitar el desarraigo de las familias inmigrantes y el rechazo de las familias autóctonas.  En la actualidad, las ayudas sociales  se sitúan en nuestro país en el 20 por ciento frente al 27 por ciento de media en la Unión Europea. Sin embargo, Cáritas España ha incrementado en un 15 por ciento su ayuda a las familias más necesitadas,  siendo el número de personas atendidas en el primer semestre de 2008 superior a todo el 2007.

NUESTRO MAYOR ACTIVO

Al igual que la familia inmigrante, sus jóvenes no son un grupo homogéneo y es que cada uno de ellos es el resultado de múltiples factores que lo definen y diferencian del resto. A Moni, Sharmín y Elisabeta les preocupa especialmente este ciclo vital de sus hijos, su mayor activo. Son conscientes de que ellos están afectados por los mismos problemas y necesidades que el resto de la población (empleo, vivienda, educación, participación, salud, acceso a la vivienda…), además de los propios de ser hijos de emigrantes.

Algunos jóvenes parten de su país de origen durante la infancia, otros en edades jóvenes y muchos como resultado de la inmigración. Estos factores influyen en la integración. Este tránsito de la infancia a la edad adulta, en el que se configura su identidad, es decisivo porque la socialización se va produciendo más allá de la familia: en el trabajo, en las redes de amistad, en la participación social. Por lo tanto, resulta relevante el asociacionismo, el voluntariado y el deporte; estas figuras han demostrado ser elementos integradores para la juventud inmigrante. En la Comunidad de Madrid  y de acuerdo a los programas y proyectos subvencionados se puede interpretar que una tercera parte de los jóvenes de origen extranjero participan activamente en asociaciones; este factor es determinante para prevenir la conflictividad y la aparición de conductas antisociales.

Y en el Barrio de Lavapiés, desde el Centro San Lorenzo, vemos cómo sobre el cielo azul velazqueño comienza a caer esta larga tarde de verano. En las calles el ir y venir de sus gentes. De fondo el alborozo de las terrazas de los bares de tapas. A lo lejos, las risas de los niños que todavía abarrotan la plaza. Las luces de las tiendas de conveniencia que todavía están abiertas. La gente que se reúne a la salida del teatro Valle Inclán y que comentan la obra que acaban de ver. Y  el mestizaje de sus gentes, especialmente el mestizaje que nos invita a adentrarnos en su espacio.  ¨

Mercedes Herrero Sáiz. Madrid
Fuente: ventanaeuropea.es

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