Oswaldo Páez Barrera: La Cátedra Guayasamín y la nueva universidad ecuatoriana

16 julio, 2012

Imagen Oswaldo Páez Barrera: La Cátedra Guayasamín y la nueva universidad ecuatoriana

Oswaldo Páez Barrera

Discurso leído por el Dr. Oswaldo Páez Barrera en el acto en el cual se instituyó la Cátedra Guayasamín.

 

Guápulo, 10 de julio de 2012.
La decisión de la Universidad Internacional SEK y de la Fundación Guayasamín de fundar la Cátedra Guayasamín, llega en un momento crucial para nuestra cultura y para nuestras universidades. La idea de Nuestra América renace en nuestros pueblos y, de polo a polo, se piensa nuevamente en las posibilidades de su plena democracia, libertad y desarrollo. En este renacer de la esperanza, en el que destaca el Ecuador, el partir de la memoria histórica que nuestros mejores intelectuales y artistas sembraron es la clave para dotarnos de una guía segura en nuestros afanes, más aún, cuando sabemos que el conocimiento liberador es el apoyo fundamental para insertarnos con dignidad e independencia en un mundo que, pronto superará las secuelas de violencia y depredación que ha traído el neoliberalismo.

Oswaldo Guayasamín es el mayor de nuestros pintores modernos y un alto representante de nuestra modernidad, de aquella que no reivindicó para sí el parecido ni la identificación con los modelos artísticos metropolitanos, sino que reconstruyó la memoria ancestral de un pueblo que aún tiene cuentas pendientes en lo que respecta a sus derechos y sueños.

Guayasamín fue moderno, no porque se haya parecido a tal o cual artista europeo, sino moderno latinoamericano en la medida que dio forma y voz, a quienes durante los últimos siglos buscamos emerger como sujetos y artífices de nuestra propia historia y libertad.

La modernidad de Guayasamín fue disfuncional a la modernización capitalista que en las artes y la cultura se nos quiso imponer. La de él, fue una modernidad indócil que quitó los velos y mostró lo que el imperialismo nunca hubiera querido que alcanzáramos a ver.
La modernidad de Guayasamín fue y es peligrosa en la medida que ayuda a reconstruir la memoria visual de América. Su trazo fuerte y libérrimo, plasmó con sangre, tierra, fuego y lágrimas, los rostros y los cuerpos de la rebelión. Una modernidad, como podemos entender, distinta a aquella que quiso que se la identificara solo con el productivismo depredador y el consumismo nihilista. Nuestro gran pintor habló de una modernidad humanista, en la cual, sin libertad, democracia y redención para los condenados de la tierra no es posible lo genuinamente moderno.

Y así, esta otra modernidad que se muestra en las obras de Guayasamín, al ser diferente a la que se nos ha presentado como actualización de lo que se hacía y se hace en las metrópolis imperiales, sigue siendo un antídoto para salvarnos, en las artes, de lo banal, simplón, espectacular y despolitizado que propaga la cultura globalizante.

En tal dirección y cuando en América Latina nuevos vientos de libertad se han levantado, lo de este Maestro adquiere inusitada importancia, no solo como piedra basal para levantar sobre ella las persistentes memorias de nuestras resistencias, sino para apoyar, en su obra, los deseos de un mundo que deje atrás las causas de la dependencia económica, política y cultural.

Lo dicho adquiere enorme fuerza en términos académicos cuando la modernización a la que estamos asistiendo en nuestras universidades, requiere de un adjetivo, pues, la misma, no solo debe medirse con indicadores relacionados con el número de profesores postgraduados, la calidad de las infraestructuras, el ordenamiento administrativo u otros aspectos formales y organizativos, los cuales al buscar una mejor educación superior merecen nuestro apoyo, sin que por ello y con ansia, esperemos ver también, en dicha modernización, un pensamiento rector; un pensamiento que guíe a las universidades de nuestras tierras, por la senda de un conocimiento y una sensibilidad que correspondan a sus gentes y sus geografías, así como a sus anhelos de cambios profundos.

Por lo que acabo de decir, no queremos clonar mecanismos académicos y administrativos de Harvard o de Oxford en Quito, Guayaquil o Cuenca, sino de que nuestra historia andina, montubia y caribeña, en cuyos espacios y tiempos hemos ido colocando nuestras diferencias como pueblos nuevos y modernos, alcancen en lo académico, el nivel de los centros mundiales del saber, pero no tanto en su capacidad de ser universidades instrumentalizadas por las presentes relaciones de poder, sino por brillar en la búsqueda de las verdades útiles para quienes, durante cinco siglos, hemos sufrido las mentiras utilitaristas empapeladas con las etiquetas científicas y académicas de los colonialismos.

Nuestro norte en lo académico no debe ser entonces EL NORTE; nuestro norte debe ser EL SUR y, con esta brújula ética, debemos pensar la actual reforma universitaria que se impulsa en el país, para que, desde nuestras academias alertemos sobre cambios y actualizaciones tecnicistas que, por superficiales, serían útiles solamente para producir graduados y especialistas usables en los no tan claros negocios de los llamados mercados.

La nueva universidad en el Ecuador necesita entonces darse la mano con esa memoria de fuego inextinguible que recorre Nuestra América y, de la cual somos conscientes gracias a Bolívar, Alfaro, Martí, Sandino, pero también y no en menor medida, gracias a Guayasamín, Neruda, Diego Rivera, José María Arguedas, Cándido Portinari, Rulfo, García Márquez, Alejo Carpentier y miles de creadores que nos hicieron ver que, desde esas profundidades de ballenas, desde esas maniguas de caimanes verdes y desde esas alturas de cóndores, nuestra otredad no debe copiar modelos sino desarrollar sus propias soluciones y, con urgencia, buscar otros porvenires, distintos al futuro único y fatal, que nos proponen las modernidades del Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial de Comercio, o la IV Flota y sus cuarenta bases militares diseminadas en nuestros territorios.
De esta manera valoramos y rescatamos los esfuerzos intelectuales de un Benjamín Carrión, de un Manuel Agustín Aguirre o de un Oswaldo Guayasamín; su pensamiento y sensibilidad sobre lo que debe ser la universidad de América Latina son ahora un faro que nuevamente se prende, para conducirnos por los caminos de la investigación científica, pero también, para pillar en sus andanzas a esas fuerzas que solo en la oscuridad prosperan.
Como sabemos, los falsos recuerdos sobre la ciencia y la cultura que han querido y quieren inocularnos los doctrineros culturales de todo tipo, buscan fijar en las conciencias de las mayorías sociales la muy rentable idea de que, el saber y las formas de obtenerlo, son patrimonio de unos cuantos elegidos por la Providencia para civilizar a los salvajes que aún andamos por el mundo. Pudimos, durante un tiempo, creer su cuento, pero cuando hemos visto que los cuentistas han terminado siendo los dueños del oro sin que en sus territorios existan minas, entonces y percatándonos de que hoy nuestra sobrevivencia como pueblos está en juego, pensamos que en la construcción de nuestra memoria académica es necesario, como dijo José Martí, ejercer el criterio, para construir un pasado diferente en el cual, el saber no puede estar separado de la ética del placer, del gozo de vivir y la construcción de la libertad; ni pretender que dicho conocimiento sea solo una mercancía neutra, comprable y vendible para remachar las cadenas de los sacrificios que nos atan al presente.

En este contexto, la importancia académica que tiene instituir e impulsar la Cátedra Guayasamín, contribuye al señalamiento de las directrices que deben orientar la reforma, reorganización y reorientación de la universidad ecuatoriana, para no caer en modernizaciones verticales y funcionalistas carentes de los contenidos que aquí señalo como históricamente necesarios. De este modo, el pensamiento y la sensibilidad que por ejemplo Oswaldo Guayasamín representa, son vistos por nosotros como una experiencia segura para iluminar el camino hacia lo que entendemos por excelencia y calidad académica.

La Cátedra Guayasamín quiere ser un llamado a que el pensamiento guía para la transformación de nuestras universidades, tome en cuenta, sobre todo, el clamor de nuestros pueblos que necesitan ciencias y técnicas, profesionales y artistas, que se conviertan en su apoyo para buscar las mejores condiciones en las que, todos y todas, podamos desarrollar el arte de vivir, en el cual, la gente y su alegría sean lo principal y, las cosas, nada más de lo que deben ser: medios al servicio del bienestar y la felicidad, de todos los hombres y mujeres de la Tierra.

La Cátedra Guayasamín emprenderá por ello acciones en los terrenos del arte y la cultura que apoyen la investigación de las pulsiones que desde muy adentro y desde muy atrás, de esto que se llamó Nuevo Mundo, se han insinuado y han querido y quieren alcanzar la forma y la palabra con la cual aportar a la construcción múltiple de lo humano o la libertad.
La Cátedra, impulsará un arte y una cultura que hable de nuestra modernidad e inspire a cada facultad y materia, aportando, con ello, a la construcción de la nueva y necesaria sensibilidad que debe dar sentido, rumbo y contenido, al cambio que deseamos; quizás, descubriendo nuevamente esas habilidades demiúrgicas que a Guayasamín, le permitían sacar desde el barro y la sangre de su memoria milenaria, esas formas que nos aclararon la visión de lo que somos, que nos dieron razón en nuestros reclamos y, la certeza de que esta realidad cruelmente impuesta, es pasajera.

La Cátedra, en consecuencia, surge para apoyar la discusión y el debate artístico, cultural y académico. Surge en días en los cuales, los pueblos de nuestra América nos empeñamos por volver a encontrarnos en los chaquiñanes por donde cabalgó Bolívar y que, en su nueva andadura, ya pensamos, otra vez, en adornar las pampas y serranías de nuestra Abya Yala con collares de spóndilus, con quindes, flores y esmeraldas, pero bajo un cielo en el cual, hayamos podido colocar también nuestros propios satélites para la vida y la paz.

Señoras y señores.
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