España: Al borde de la ruptura institucional

20 julio, 2012

Imagen España: Al borde de la ruptura institucional

El mayor recorte del Estado del bienestar desde que tal cosa existe se aprobó ayer en el Congreso por decreto ley y con el presidente del Gobierno ausente de su escaño; con el Parlamento enrocado, encastillado y protegido por un dispositivo de emergencia de la policía; con los especuladores celebrando el enésimo sacrificio ritual con nuevas subidas de la prima de riesgo; con cientos de miles de personas en la calle, protestando hasta desgañitarse ante lo que consideran una enorme estafa democrática. La intervención de España, –de sus bancos y, como rehenes, de sus ciudadanos– mereció más debate en el Bundestag alemán que en la Carrera de San Jerónimo. En Berlín dio la cara la mismísima Angela Merkel; en Madrid, solo pudimos escuchar a Cristóbal Montoro, negando la realidad hasta extremos sonrojantes. La falta de transparencia es tan escandalosa que conocemos más detalles de lo que pasa en nuestra casa por los documentos que llegan hasta los parlamentos del resto de Europa, por notas de prensa en inglés para inversores internacionales.

La tijera indiscriminada crea extraños compañeros de pancarta y ayer fue bonito ver a los policías protestando mano a mano junto al 15-M, a los bomberos plantando cara frente a los antidisturbios. El PP puede ignorar las manifestaciones, despreciar o minimizar lo que sucede en la calle, como si la vida fuese aquello que se ve por la ventana del coche oficial: una road movie edulcorada. Sus voceros pueden inventarse películas y hasta culpar a los actores de que la prima de riesgo suba o de la muerte de Manolete. Pero el Gobierno se seguirá equivocando si no es capaz de entender que el cabreo ciudadano nunca se resolverá con mano dura y unas reformas legales de dudosa legitimidad democrática contra la resistencia pacífica. Hacen falta explicaciones convincentes, no vale con que Rajoy repita otra vez más esa muletilla de que “no podemos gastar lo que no tenemos” o con que Montoro meta miedo con que no hay dinero para pagar las nóminas de los funcionarios y después suelte una de sus risitas irritantes.

Apenas siete meses después de lograr una abrumadora mayoría absoluta, el crédito de Mariano Rajoy está casi agotado y en los corrillos políticos se especula con la posibilidad de que no llegue a acabar la legislatura, con que ceda el testigo a otro presidente con el apoyo popular suficiente como para poder aplicar los ajustes suicidas que exige el norte de Europa. “Un hombre de Aznar”, dicen algunos; “Alberto Ruiz Gallardón”, apuestan otros. Cuesta imaginar una salida así para un político como Rajoy, capaz de sobrevivir a los cuchillos internos de la derecha española después de perder por segunda vez en 2008. Pero algo vital está rompiéndose en esta democracia: estamos al borde de una ruptura institucional, con la sociedad dividida entre la clase dirigente y el 99% de los españoles. Las vallas metálicas, las porras y los furgones policiales con los que el Congreso se blinda ante los ciudadanos son la imagen de esa enorme división, de ese foso que separa dos mundos diferenciados y que mutuamente se ven hoy como enemigos. La evolución de los acontecimientos es imprevisible y se suceden algunos hechos inimaginables hace muy poco: hasta el mismísimo FMI está en contra de los tijeretazos y el malestar por la gestión del Gobierno enciende la calle, pero también indigna en los más altísimos despachos de las grandes multinacionales españolas.

¿Cómo de enfadada está la sociedad? Hagan una prueba: guarden silencio en cualquier cafetería transitada y escuchen los corrillos de la gente, sus conversaciones, sus enfados y sus miedos. Les sorprenderá el resultado.

Fuente: escolar.net

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