Mexico: ¿Donde esta mi hijo?

10 enero, 2013

Imagen-Mexico: ¿Donde esta mi hijo?

Entre octubre y noviembre pasados, 38 madres centroamericanas recorrieron México en busca de sus familiares desaparecidos. Los cálculos más audaces hablan de hasta setenta mil transmigrantes de los que no se ha sabido más.

Esa muchacha de allá se parece a mi hija, sí, se parece a ella…, ¿será ella? —preguntó María Eugenia Barrera en voz alta mientras señalaba a una joven sentada a unos veinte metros.

Del cuello de María Eugenia Barrera colgaba una fotografía del tamaño de una hoja de papel: era el rostro de una joven sonriente de diecisiete años: su hija Clementina Lagos Barrera, que salió de su casa en Chinandega, Nicaragua, el 9 de noviembre de 2003 para no regresar nunca más. La última pista apuntaba a que Clementina Lagos estaba atrapada en las redes de prostitución y trata de mujeres en Tapachula, Chiapas.

—No estoy segura de que sea ella, porque se parece en todo menos en la nariz —agregó para sí misma.

Era la mañana del domingo 28 de octubre de 2012. María Eugenia Barrera descansaba en las escalinatas exteriores de la Basílica de Guadalupe, al norte de la ciudad de México, junto a una decena de mujeres de Nicaragua, Honduras, Guatemala y El Salvador. Esas mujeres pertenecían a un grupo de treinta y ocho familiares de centroamericanos desaparecidos en México, y habían recorrido tres cuartas partes del territorio nacional a bordo de dos autobuses de pasajeros en búsqueda de sus hijos, hermanos y esposos.

Al igual que María Eugenia Barrera, cada una de las mujeres portaba al pecho la fotografía amplificada de sus familiares. En las veintitrés paradas que hicieron a través del país, las madres centroamericanas bajaron de los autobuses con las banderas de sus naciones, los retratos al cuello y el grito unánime: “¡Vivos se vinieron, vivos los queremos!”.

Por octavo año consecutivo, la Caravana de Madres de Centroamericanos Desaparecidos en Tránsito en México cruzó el país entre el 15 de octubre —que entró por El Ceibo, Tabasco— y el 3 de noviembre de 2012 —que salió por Tapachula, Chiapas—, después de un recorrido que las llevó hasta ciudades al norte del país como Reynosa, Monterrey, Saltillo y San Luis Potosí. Gracias a la caravana, cinco de las treinta y ocho madres reencontraron a sus familiares perdidos. Algunas más se llevaron pistas y la mayoría volvió tal como vino a México: con las manos vacías.

De acuerdo con una investigación de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), unos once mil transmigrantes centroamericanos fueron secuestrados en México en un lapso de seis meses (entre abril y septiembre de 2010). Hasta marzo de 2012, el investigador Jorge A. Bustamante había contabilizado mil quinientos cadáveres atribuibles a centroamericanos en fosas comunes de México. Los cálculos más audaces de la organización no gubernamental Movimiento Migrante Mesoamericano —que organizó la caravana de madres— hablaban de hasta setenta mil indocumentados centroamericanos que dejaron su último rastro en México y de los que no se volvió a saber nunca más.

Después de unos minutos de dudas, María Eugenia Barrera por fin se animó y acudió hasta donde estaba la mujer que era idéntica a su hija, pero no quiso ir sola. La acompañó una joven mexicana, quien escribió estas líneas sobre el fallido reencuentro:

“Durante el camino María Eugenia se mantuvo detrás de mí, sosteniendo por los extremos la cartulina que le colgaba del cuello. La chica tenía una bebé en los brazos, vestida de blanco, como si acabase de ser bautizada. Le pedí perdón por la intromisión y le dije que María Eugenia había perdido a su hija hace algunos años y había encontrado algún parecido con ella. La muchacha dijo su nombre, intentó sonreír y negó con la cabeza. María Eugenia aceptó que no era su hija, ambas pedimos disculpas y volvimos. La chica nos veía con más tristeza que incomodidad. Sus intentos de sonreír se quedaban interrumpidos”.

Su hija, Clementina Lagos Barrera, había salido la noche del 9 de noviembre de 2003 de su casa, en el reparto (barrio) Rafaela Herrera de la ciudad de Chinandega, Nicaragua. Tenía diecisiete años y dos hijas gemelas de once meses, producto de la violación de un vecino suyo. Su madre, María Eugenia, había metido al hombre a la cárcel y a su hija la amenazó con hacerle lo mismo si abortaba.

—Ahí están tus hijas. Si tanto las quieres, cuídalas tú —le espetó Clementina cuando nacieron, y se las entregó.

La tarde de su desaparición, Clementina había recibido dos llamadas telefónicas. En una de ellas le proponían un negocio. Al oscurecer ya se había marchado.

María Eugenia siguió las pistas que tenía a la mano. Descubrió que su hija había sido vista en Managua, la capital del país. Pagó los gastos de dos policías y los acompañó hasta una casa de seguridad que funcionaba bajo la fachada de un despacho de abogados. Pero habían llegado demasiado tarde y sólo encontraron un bodegón vacío. Los vecinos les aseguraron que, en efecto, ahí se retenía a mujeres jóvenes, y que una de ellas se parecía mucho al retrato que les mostró María Eugenia.

—Es un caso de trata de personas. Vaya y búsquela a El Salvador —le sugirió un policía.

María Eugenia Barrera remató su casa, y con ese dinero se fue a buscar a Clementina. Con la foto de su hija colgada del cuello recorría parques y avenidas.

Un hombre la abordó en un parque.
—Yo la miré en un lado. Estaba vendida en el “naiclub” El 2 de Oros. Le invité una cerveza y bailamos reggaeton. Pero me dio pesar no tener los cincuenta dólares para sacarla prestada —le dijo. POR EMILIANO RUIZ PARRA.

Fuente: gatopardo.com

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