El correismo ha afectado la capacidad de reaccion de las masas en Ecuador

1 marzo, 2013

Imagen-El correismo ha afectado la capacidad de reaccion de las masas

Por:  Guido Proaño  A. 

Las elecciones del pasado 17 de febrero darán que hablar por mucho tiempo y serán tomadas como punto referencial en análisis futuros.

Los motivos están a la vista:

1) por vez primera en el país una persona logra una tercera elección presidencial consecutiva;

2) la gran representación parlamentaria alcanzada por una sola fuerza política;

3) la bancarrota que los resultados podrían provocar en algunos partidos; y, 4) el efecto psicopolítico que las elecciones tendrá aún más en las masas, que ya se manifestó en este proceso.

Este último aspecto, por sus connotaciones estratégicas, podría convertirse en el elemento principal.

Es un error buscar respuesta a lo ocurrido reduciendo el análisis al comportamiento y discurso utilizados por sus actores en los 45 días de campaña y en unos pocos meses previos. Desde hace 6 años el Ecuador vive un fenómeno político que debe ser considerado en el análisis a fin de contar con una perspectiva amplia.

Su trascendencia radica en que es el causante de cambios en la conducta de diversos sectores sociales, como consecuencia de una acción gubernamental que combina: una gran obra material y una renovación institucional que crean la ficción de que vivimos un verdadero cambio social, cuando en realidad en el país se opera una modernización capitalista; el aprovechamiento de los recursos estatales para una gestión asistencialista cada vez más amplia; el ejercicio de una política de fuerza que incorpora la amenaza, el chantaje y la represión directa que ha provocado la inflexión del movimiento popular y el amortiguamiento de las reacciones aún en los sectores que apoyan al correísmo[1]; y, el impulso de una enorme y sistemática ofensiva ideológico-política que ha resultado exitosa para sus propósitos.

Esos elementos desarrollados durante estos años constituyen la base para el triunfo del correísmo; para las fuerzas de oposición resultaba prácticamente imposible revertir en 45 días de campaña lo que durante 6 años ha dicho y hecho el gobierno.

Planteado así el problema queda claro que las fuerzas actuantes en este proceso lo hicieron en condiciones de total inequidad, pero no es la única demostración de ello. En boca de algún personaje correísta se escuchó decir que “cuando se tiene el poder en la manos hay que ejercerlo”, y no queda duda que lo ejercieron para asegurar que los resultados electorales sean mayores que los votos obtenidos.

Con previsión, y con 12 meses de anticipación, impusieron un sistema de distribución de escaños que más favorecía a su condición de primera fuerza política: el método D’Hont. El que anteriormente fue declarado anticonstitucional por ser antidemocrático y que haya sido utilizado por la partidocracia (a la que dicen aborrecer) poco les importó.

En las circunscripciones electorales más pequeñas, con el método D’Hont la fuerza política más votada concentra los escaños en disputa. En el distrito 1 de Quito, por ejemplo, con el 45% de votos Alianza País se llevó el 75% de puestos.

Otro ejemplo de lo antidemocrático de ese sistema se aprecia en la siguiente comparación: en las elecciones de 2009, el partido de gobierno obtuvo el 45,86% de votos y le correspondió el 43% de puestos en la Asamblea; pero ahora -con los datos que se conoce al momento- AP obtendría el 51,8% de la votación, sin embargo su bancada llegaría al 70% de asambleístas.

Si a ese antidemocrático sistema de distribución se suma la conducta totalmente parcializada del Consejo Nacional Electoral con las candidaturas del gobierno, tienen razón aquellos sectores que califica a este como un proceso fraudulento.

El voto del correísmo y otros resultados

Apoyado en su capacidad de manipulación y desfiguración de la realidad, tras las votaciones del día 17 el correísmo ha emprendido una campaña que tiene como propósito difundir la idea de que Alianza País tiene una fuerza superior a la que en realidad posee. Para ese propósito, profusamente divulga el número de asambleístas obtenidos y, por otro lado, esconde un parámetro fundamental para el análisis electoral como es el ausentismo.

De cómo obtuvieron una gran bancada parlamentaria ya expusimos líneas arriba, ahora miremos cómo distorsionan su caudal electoral al obviar el número de ecuatorianos que no fueron a sufragar.

De acuerdo a la información del Consejo Nacional Electoral, el número de electores en la elección del 17 fue de 11’675.441; de ese universo, cuando el CNE tenía escrutadas el 99,35% de actas, a Rafael Correa le correspondían 4’882.494 votos, lo que representa el 41% de los ecuatorianos en capacidad de votar. Sin embargo la propaganda gubernamental promociona con intensidad su triunfo con el 57% y en cuanto a las listas habla del 52%, cuando en realidad le correspondería el 37%.

En cuanto al componente social, su votación proviene de todos los sectores, es decir, de los sectores más enriquecidos y los más empobrecidos, pasando por las capas medias. Los primeros, igual que los sectores medios, aunque reniegan del autoritarismo y la prepotencia, se sienten a gusto con el gobierno porque les ha dado estabilidad y les ha garantizado altas tasas de utilidad en sus empresas; los segundos, están contentos con la política asistencial y tienen miedo de perder beneficios como el bono de la pobreza, el kit agropecuario, etc.

Pero no solo el pragmatismo anima a un sector de los ecuatorianos a votar por Correa y sus listas; también hay quienes han sido ganados por el discurso que habla de un proceso revolucionario en marcha y se encuentran entusiasmados con ello.

Un importante sector de ecuatorianos, particularmente en la costa, que tradicionalmente votaba por la derecha ahora está con Correa, lo cual no significa que hayan experimentado un cambio en su concepción política. Lo hacen, en su gran mayoría, por ese pragmatismo del que hemos hablado. A su vez, Correa mantiene cautivo una parte del electorado que hasta antes de su aparecimiento siempre se orientó por la izquierda y la denominada “centro-izquierda”.

En estos años, Correa ha perdido electores pero también ha tenido la capacidad de cosecharlos en otros frentes.

Ese cruce también está presente en la votación obtenida por Guillermo Lasso. Los cerca de 2 millones de ecuatorianos que votaron por él no son mayoritariamente personas que profesen o se proclamen de derecha. Lasso consiguió electores de todo el espectro antigubernamental, inclusivede la Coordinadora de Izquierda. Votaron por él porque tuvo la capacidad de mostrarse como un candidato fuerte, en condiciones de llegar a la segunda vuelta. El voto útil, por él mismo promovido le dio resultados, aunque no los suficientes.

Con ese caudal, y con la “mano” que el mismo Correa le dio para erigirle como interlocutor, Lasso se presenta ahora como cabeza de la oposición.

¿Qué ocurrió con las izquierdas?

La izquierda creó muchas expectativas, superó obstáculos que el correísmo atravesó en su camino y dio respuesta a su fragmentación constituyendo la Coordinadora Plurinacional.

La candidatura de Alberto Acosta era la mejor que la izquierda podía presentar… pero no creció. La Coordinadora no tuvo la capacidad de transmitir un mensaje que le presente como alternativa y, por lo tanto, sectores que en un inicio la miraban como opción la abandonaron.

“Politólogos” y otros analistas, coincidiendo con el correísmo, “criticaban” que Acosta se alíe con el MPD y la Conaie porque le quitarían votos, pero la lectura de los resultados dice lo contrario. Las listas nacional y provinciales de la unidad de la izquierda tiene mayor votación que Acosta. El MPD y Pachakutik no restaron, aportaron. Y hay un elemento poco visible hacia afuera, Acosta, sin la estructura organizativa del MPD, no hubiera podido llevar la campaña como lo hizo.

Salta una preocupación. ¿Por qué la izquierda no pudo sostener todos sus electores y permitió que algunos vayan a respaldar a otras tiendas políticas? Este es un grave problema porque deja al descubierto las limitaciones en su trabajo de politización de las masas, en su capacidad organizativa y en el grado de penetración en el movimiento social.

La izquierda sufrió una dura derrota y necesita realizar una profunda y multilateral evaluación no solo de su participación electoral, sino de su trabajo en general.

La acción electoral es una parte del quehacer político de las fuerzas de izquierda y no su razón de ser, y como desarrolla una acción política permanente tiene mejores condiciones para su recuperación. Debe encontrar los mejores mecanismos para hacerlo.

El Ecuador se apresta a iniciar el tercer período del correísmo, fenómeno inédito en la vida política de los últimos 30 años. Correa fortalece el control institucional que ya poseía y tiene óptimas condiciones para aplicar su proyecto político, pero lo que más preocupa es el estado de relativo aletargamiento de las masas al que les ha llevado la ofensiva ideológica del gobierno. El reto es ponerlas en movimiento y con un proyecto político verdaderamente de izquierda.

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[1] Esa conducta pudo apreciarse en el desarrollo de la campaña electoral. Muchos han calificado a ésta como ‘atípica’ por la falta de entusiasmo en las masas. Podría decirse que en los sectores anti correístas esa falta de entusiasmo se debe al temor de ser reconocidos y sancionados; pero por qué también esa apatía o poco entusiasmo en las masas correístas, por ejemplo, al paso de sus candidatos. ¿Es que esa imagen de invencibles, creada por la propaganda gubernamental, en cierto sentido inhibe también a quienes los apoyan?.

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