¿A quien obedecemos los cristianos? por William Sanchez Aveiga

12 marzo, 2013

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William Sanchez Aveiga

Si hay algo que hacen bien los caudillos, es sembrar división entre la gente; el recientemente fallecido dictador de Venezuela, fue capaz de dividir hasta a la iglesia evangélica de su país, creando la “iglesia evangélica bolivariana” en contradicción a la iglesia evangélica que ha existido tradicionalmente.

Pues en un ambiente de división y antagonismo, este tipo de gobiernos pueden fortalecerse con  mayor facilidad. Tampoco podríamos esperar que haya absoluta unidad entre el pueblo, cuando se levanta un líder que -más allá de sus posibles aciertos y errores-  a un sector beneficia mientras a otro perjudica, pues su base ideológica se asienta precisamente en “la lucha de clases”.

En este tipo de escenario, surge uno de los temas más controversiales a los que los cristianos en general (llámense evangélicos, católicos, testigos de Jehová, adventistas, etc.) nos podamos enfrentar: la presunta  obediencia que, según la Biblia, debe guardarse hacia los  gobernantes, autoridades y magistrados. Para entenderlo mejor, vayamos a la misma Biblia, libro considerado como la palabra de Dios, por todos los grupos mencionados. En Tito 3:1, Pablo le dice a Tito: “Recuérdales que se sujeten a los gobernantes y autoridades, que obedezcan, que estén dispuestos a toda buena obra”.  ¿Y qué ocurre si los gobernantes o autoridades propugnan malas obras?

Por otro lado, en los versos 1, 2, 3 y 4 del Capítulo 13 de Romanos leemos (traducción Reina Valera):

“Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas.

De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos.

Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella;

porque es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo”.

LA PREGUNTA DEL MILLÓN

¿Se puede siempre obedecer a los gobernantes o a la autoridad, sin contrariar la voluntad de Dios? o, dicho de otra manera: ¿Se puede desobedecerlas sin contrariar la voluntad de Dios?  Antes de contestar esta pregunta, enfaticemos la palabra “siempre” y notemos que su antónimo podría ser “a veces” o “de vez en cuando”, lo que nos llevaría a situaciones circunstanciales o especiales.

UNA PREGUNTA MÁS

¿Se puede hacer el mal, o permitirlo, al obedecer a la autoridad, para cumplir lo dicho por el apóstol Pablo, en Tito 3:1?

Recordemos que según Romanos 13: 1 y 2, no hay autoridad sino las establecidas por Dios, por lo cual oponerse a la autoridad es resistir a Dios. En este punto debemos reflexionar: si la  autoridad es establecida por Dios, entonces la obligación de obedecerla tiene como complemento que quienes ostentan un poder deben actuar con justicia delante de Dios. Pero, ¿qué pasa cuando se levanta en una nación un régimen opresor, como el que existía por parte de Roma sobre la propia Palestina de esos tiempos?, ¿es un gobierno puesto por Dios y debemos obedecerlo sin más ni más? ¿Es posible que Dios delegue su voluntad a gobernantes corruptos, y a veces genocidas?

Dice el verso 3 que los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Acaso el mismo Pablo y otros cristianos de la época hicieron mal, para merecer ser encarcelados y torturados varias veces?, incluso algunos fueron ejecutados.

Pablo, autor de los dos libros mencionados anteriormente, era  judío pero de nacionalidad romana; ¿podría esto influir en sus palabras? Como analogía podemos mencionar que el mismo Pablo en Efesios 6:1 ordena a los hijos obedecer a sus padres “en el Señor” y en Colosenses 3:20 lo repite con otras palabras: “como agrada al Señor” lo cual significa que la obediencia debe estar ceñida a los principios de  Dios y, por exclusión, entendemos que si no es así, la obediencia no debe tener lugar, pues podría suceder que padres desquiciados y perversos ordenen a su hijos cosas indecorosas o malignas; lo mismo podría suceder con ciertas autoridades, no sólo a través de órdenes directas, sino mediante decretos, leyes, reglamentos, ordenanzas, etc.

Por otra parte, cuando los apóstoles que acompañaron a Jesús, entre ellos Pedro, fueron apresados por predicar el evangelio, estando delante de las autoridades y del  sumo Sacerdote, este les preguntó por qué seguían predicando a Jesús el Cristo luego de haberles mandado estrictamente que no lo hicieran, entonces Pedro y los demás apóstoles respondieron: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos  5:29).

¿Hay alguna enseñanza directa sobre este tema, de parte del Señor Jesucristo?

El “Padre Nuestro”, aquel  modelo de oración enseñada por el Señor, dice: “Hágase tu voluntad en la tierra, como se  hace en el cielo” ¿Cree usted que en el cielo, Dios permite que se mienta, asesine, viole, robe, estafe, condene a inocentes, declare inocente a culpables, o se cometa cualquier tipo de injusticia? ¿Cree usted que si un hombre que está ocupando transitoriamente un cargo público con autoridad, actúa injustamente o abusivamente, hay que dejar que lo haga, o hay que obedecerlo en sus extravíos y órdenes contrarias a Dios? De ninguna manera.

Vayamos por un momento al campo secular, y veamos lo que en nuestros tiempos establecen las leyes, a diferencia de lo que ordenaban las mismas (las leyes) hace dos milenios, en la época que se escribió el Nuevo Testamento. Hoy la estructura jurídica de un país democrático está conformada de manera jerárquica con la Constitución Política a la cabeza, la cual establece que la SOBERANÍA radica en el pueblo, a  diferencia de lo que ocurría en aquella época en la cual, la soberanía estaba en manos de un monarca, el cual estaba investido de todos los poderes, y sus  súbditos debían obedecerlo  ciegamente.

Hoy, constitucionalmente, quienes presiden y conforman las funciones ejecutiva, legislativa y judicial, que son las principales de un gobierno, así como quienes presiden los gobiernos seccionales como son las prefecturas, alcaldías, etc., son funcionarios públicos con la categoría de MANDATARIOS, que significa estar sujetos a un mandato transitorio otorgado por el soberano (el pueblo), quienes somos sus MANDANTES; por ello –incluso- la misma Constitución establece la revocatoria del mandato bajo ciertas circunstancias que impliquen corrupción o incumplimiento del mandato otorgado.

Esto no significa, de manera alguna, que podamos desobedecer las normas que establecen los cuerpos jurídicos de una nación o Estado, pues fueron creadas para establecer un orden social y una convivencia pacífica y armoniosa dentro de la sociedad; pero, tenemos que recordar que las leyes son elaboradas por seres humanos imperfectos, sujetos a pasiones, ideologías e intereses, lo cual hace que las normas creadas puedan ser incompletas, imprecisas, o incluso, contrarias a las leyes de Dios. Complementariamente, quienes ejercen la función de fiscales y jueces, o aún los agentes del orden público, también pueden caer en abusos o excesos, en cuyo caso, deberemos oponer los recursos legales existentes para defendernos dentro del Derecho y la Constitución, sin quebrantar las leyes de Dios.

LA UNIDAD ESPIRITUAL

Entre los espíritus que inspiran a los malos gobernantes, está el espíritu de la MENTIRA, el cual es extremadamente hábil y sagaz. Este es el espíritu que permitió a personajes como Hitler, Mussolini, Stalin, entre otros, hipnotizar a las masas y llevarlas a su desgracia por la vía del fanatismo. Este espíritu trabaja en estrecha asociación con el espíritu del RESENTIMIENTO, cuya semilla se siembra y riega en quienes encuentra mejor terreno para germinar  y crecer. La unidad espiritual es una especie de sintonía que permite a quienes están en la misma dimensión espiritual, sentir lo mismo y entenderse recíprocamente; esto puede operar tanto en lo bueno como en lo malo.

No olvidemos que nuestra esencia no es material, sino espiritual; en otras palabras: somos seres espirituales encarnados por un poco de tiempo. Por eso la Biblia dice que no peleamos contra carne ni contra sangre, sino contra principados y potestades espirituales, contra los gobernadores de las tinieblas, que son precisamente quienes están rigiendo a la cabeza de los gobiernos corruptos de la tierra.  Lo que voy a decir a continuación puede desagradar a muchos: El espíritu que maneja a los gobernantes tiranos y corruptos es el mismo espíritu que se apodera de quienes los siguen, como un espejo que devuelve la imagen del sujeto parado frente a él; entonces hay una congruencia y una resonancia a nivel espiritual. No podría alguien que esté bajo el Espíritu de Dios, entenderse, o seguir, o concordar, con un espíritu demoníaco.

En conclusión, quienes nos identificamos como cristianos, no debemos reconocer ninguna autoridad por encima de la de Dios, ni poner ninguna decisión humana por encima de la voluntad de Él, aun en casos que esa voluntad pretenda ser otorgada por delegación de Dios a las llamadas “autoridades”, pues si las decisiones de esas “autoridades” son contrarias a las leyes divinas, es claro que no emanan de Dios sino del diablo.

Pese a lo expuesto a lo largo de este análisis, este es un tema que siempre parecerá oscuro  a quienes caminan en las tinieblas, aunque algunos se crean cristianos. Un proverbio hindú dice: ¿Qué puede ver un ciego aunque se le ponga una lámpara en su mano?, pero el Salmo 119: 105 clama: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino”. Dios bendiga a todo aquel que atiende a su palabra y sigue su luz; Amén.

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Por: William Sanchez Aveiga

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