Ecuador: Mar​celo Rivera, una condena que no encarcel​o su pensamiento

9 abril, 2013

Imagen-Ecuador: Marcelo Rivera, "Mientras no se aplique la ley a todos, ese bien hecho no cabe"

Por: Franklin Falconí

PRIMERA PARTE

Dar tres o cuatro pasos en los pocos metros de una celda, sin que el reloj se decida a moverse. Cansarse de dormir. Intentar saber que pronto todo esto pasará… Es una situación desesperante. Si no se libera la mente, si no se la hace escapar de esos barrotes que buscan convencerte que no eres quien eres, sino un criminal más, tu mente podría llegar a estallar, y la razón podría extinguirse, como una vela, que a propósito mucha falta hace en ese oscuro lugar.

Entonces piensas: ¿cómo hacer que mi mente escape? Y decides que escribir es un buen mecanismo. No hay papel, logras ver la etiqueta de un colchón nuevo, como nuevo es el Centro carcelario, de máxima seguridad, en Sucumbíos, y decides arrancarla para escribir, pero ¿con qué? Solo están tus manos, tu ansiedad y unas galletas que alguien te dio para el viaje. Te acercas a la puerta de rejas y miras a alguien que tiene un lápiz en sus manos: “¡Hey!, por favor préstame ese lápiz”. La voz ronca responde: ¿Qué tienes? “Unas galletas”, dices, y muestras el paquete que seguro se verá apetitoso en ese lugar. Y el trueque se realiza, con algo de puntería para lanzar la mercancía de una celda a otra. Al fin tienes con qué escribir.

Tomas la etiqueta y le buscas espacios en blanco, o al menos no tan marcados, y comienzas a escribir: “Soy Marcelo Rivera, el primer preso político de este gobierno, y el primer acusado de terrorismo en toda la historia de la república del Ecuador. Soy revolucionario y no me dejaré vencer”. Pasajes como éste, contados por Marcelo Rivera, ahora en libertad, conmueven. Él afirma que los seguirá contando, en todo lugar donde su presencia haga falta como testimonio de valentía y convicción revolucionaria, como ejemplo de dignidad.

Al llegar a las oficinas de OPCIÓN para la entrevista, un abrazo fraterno, de compañeros, prepara el ambiente previo para el diálogo con este líder juvenil; así, en libertad, como siempre debió estar quien defendió con tanta vehemencia y claridad el derecho de los más pobres a tener educación gratuita y de calidad en todos los niveles.

 ¿Cómo te sientes en estas primeras horas fuera de la cárcel?

La libertad se siente como respirar. Uno no le ve la importancia que realmente tiene, pero deja de respirar un buen tiempo a ver qué te ocurre; es decir, es algo esencial, tan cotidiano y esencial que a veces pierde su importancia vital.

Creo que no muchas personas derramarían una lágrima por las libertades sociales y políticas, porque hay otros intereses tal vez cotidianos de la vida, como resolver problemas materiales inmediatos, pero una vez que se pierde la libertad, ahí uno se da cuenta lo valiosa que es, como respirar.

¿Tenías planificado a dónde ir cuando salieras? ¿Qué fue lo primero que hiciste?

Estaba parado afuera con la maleta y mi guitarra. El director se despidió de mí, me dijo gracias por todo el apoyo, porque están conscientes de que se les apoyó en todas las áreas, con todas las iniciativas; por eso en la despedida hubo un ambiente emotivo.

Los medios de comunicación y los compañeros estuvieron esperando que saliera todo el día el lunes, pero como el gobierno quiere controlarlo todo, el martes al mediodía les dijeron que voy a salir recién el miércoles, pero el mismo martes, a las 15h04, el jefe de los guías vino a sacarme apresuradamente.

Procuraron una salida controlada, para impedir que se genere una acción pública. Luego ellos mismos informaron a través de un Twitter del Ministerio de justicia. Al director del Centro de Rehabilitación le enviaron un instructivo indicándole el proceso de cómo debía salir Marcelo Rivera. Había un funcionario del Ministerio de Justicia que estaba vigilando y controlando que todo se cumpla de acuerdo al plan.

Luego, cuando ya estuve afuera recordé mis tiempos de “la J” (Juventud Revolucionaria del Ecuador, organización de la que Rivera fue presidente nacional), y halé dedo. Pasaba por ahí un vehículo del Ministerio de Salud, se detuvo y me llevó al centro. Como hace tiempo que no me subía a una camioneta, sentí mareos. Me dejó cerca del hotel donde trabaja un hermano de uno de los compañeros de mi celda, él me recomendó que fuera para allá por cualquier situación. Intentaba sentarme en la sala de espera cuando enseguida llegaron los medios de comunicación a realizarme entrevistas. Los compañeros se habían enterado también, así que llegaron enseguida, con ellos me sentía más tranquilo, entre mi gente.

Me preguntaban que cómo me siento, que a dónde quisiera ir, y lo que les dije fue: primero que nada déjenme caminar un ratito por aquí, había caminado tantos años alrededor de unos metros cuadrados de una celda, de un patio controlado con cámaras, reglas que cumplir. No puedes decir cosas porque hay sanciones, te controlan lo que te pones, lo que comes. Hay una rutina estricta, tienes que contestar la lista a las 07h00, 16h00 y 20h00; el desayuno a las 07h00, el almuerzo a las 12h00, la merienda a las 16h00, exactamente, todos los días.

Entonces caminé un poco, algunas personas me reconocían y se acercaban. Mucha gente está a la expectativa y me preguntan: ¿y ahora qué va a hacer? Yo les respondo que a seguir en la lucha, firme, a mantener la frente en alto, porque no se puede perder la dignidad.

Seguramente saber que la hora de salir está muy cercana, vuelve a los últimos momentos muy desesperantes…

En realidad no. Como yo calculaba que saldría en el mes de abril, estaba preparando todo, dejando listas algunas cosas de los proyectos que estaban en marcha. Tenía la preocupación de que al yo salir, esos proyectos quedarían suspendidos. Tenía varias responsabilidades al interior del Centro: manejaba la biblioteca, colaboraba en el departamento jurídico, tenía varios proyectos en el departamento educativo, laboral, me faltaba tiempo realmente para que todo quede funcionando. Participé en la creación de una extensión de una escuela y un colegio, de la unidad educativa Juan Jiménez.

Ese contacto lo tomamos a través de los compañeros de la Unión Nacional de Educadores (UNE); vino el vicerrector, presentamos el proyecto, la institución se involucró y todos los alumnos de alfabetización que tenía pasaron a ese sistema. Al final estaba motivando a varios guías penitenciarios y privados de libertad para que se inscribieran y siguieran la universidad.

La idea era formar un grupo de estudiantes universitarios, porque al inicio el único era yo. Estaba haciendo los contactos para que vengan funcionarios de la UTPL, estaba tramitando la posibilidad de becas. Logramos que tres compañeros más se matriculen, en este momento ya se están reuniendo. La idea era lograr, a través del Ministerio de Justicia, una extensión de una universidad pública.

La educación es una necesidad en los Centros de Rehabilitación.

Dices que primero alfabetizabas, cuéntanos cómo fue eso…

El reto que tiene un privado de libertad, y en este caso un preso político, es ocupar su tiempo y su mente en lo que mejor y más pueda. Tienes que escapar de esos barrotes, haciendo que tu mente escape de ese sitio.

Tenemos que hacer de todo, lo que sea, para evitar caer en situaciones depresivas, porque los encierros provocan situaciones psicológicas complicadas, yo conocía personas que llevaban 10 ó 20 años encerradas y era gente con muchos problemas. Entonces, el reto era hacer actividades permanentes, así que empecé a trazarme una rutina de cualquier situación.

En la cárcel de Quito me metí en todos los cursos que había: pintura, literatura, carpintería; aprendí a hacer manillas, cuadros, toda clase de trabajos manuales. Ahora tengo una colección de trabajos manuales. Leía bastante, devoré los libros que me trajeron, uno a continuación de otro. Por las mañanas siempre salía a trotar, de 06h30 a 07h00. Cuando hacía esto alguna gente me quedaba mirando y gritaban cosas como: ¡Acá vienes a hacerte el que trotas!, me decían en broma: ¡prepárate terrorista! (se ríe). Yo solo escuchaba. Y después ya era otra persona al lado mío. ¿Puedo acompañarte?, me dijo un compañero.

Claro, le contesté. Luego ya eran cinco acompañándome. Después ya era un tren largo de 15 personas dando la vuelta a la cancha. Un día, cuando terminamos de trotar(…) Ellos se sentaban alrededor siempre, como para que les diga algo. No sé, creo que querían que les diga alguna cosa. La pregunta que rondaba era: ¿y ahora qué hacemos? Entonces les dije: ¿qué les parece si hacemos una lista, tomo lista cada mañana y pasamos esto al Departamento Educativo, para que esto sea tomado como rehabilitación? Incluso podemos pedir que nos den un certificado… Y todos estuvieron de acuerdo. Por ahí empezó todo.

Abrimos el acondicionamiento físico en el Centro. Luego, un día mientras estudiaba, porque me tocaba estudiar en el piso, y escribía, en fin, y supongo que eso llamaba la atención, se me acercó un interno, le decían el “Macho man”, era un colombiano muy alto, negro, con algunas cicatrices en el rostro, era muy temido ahí y me dijo: licenciado: ¿qué hace? Me asusté al inicio, pero con calma le dije: aquí, estudiando. Se sentó y cogió los libros. Le dije: claro, lea nomás, y me dijo: es que no sé leer, ¿sí me puede enseñar a leer?

Le dije claro, ahorita mismo, y empecé a enseñarle, al otro día trajo a otro interno más, luego ya eran cinco.

Llegamos a ser 20 y ya no alcanzábamos en mi celda, por lo que tuvimos que trabajar en el pasillo. Estas iniciativas que surgían de este modo, yo las presentaba al director del Centro, claro que al comienzo ponían trabas, cortapisas, como que no nos permitían trabajar en las aulas, que sí había, todo básicamente por los cucos que el gobierno construyó sobre mi imagen, pero no nos detenían, trabajábamos en el patio, en el corredor.

Hasta que se dieron cuenta de mis reales intenciones y me dieron el aula, y poco a poco me fui abriendo camino. Ahora ya hay tres personas privadas de libertad que obtuvieron su bachillerato, y unas 15 concluyeron la escuela.

Me causa mucha alegría, porque por ejemplo las personas que se graduaron del bachillerato me decían: y Marcelo ¿cómo es esto de la universidad? Entonces, te das cuenta que ya piensan en otra cosa. Eso es rehabilitación y eso es lo que no hay. …Continúa en la siguiente edición

 

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