Stephane Hessen y su sueño de una juventud indignada y militante de su propia dignidad

7 agosto, 2013

Imagen-Stephane Hessen y su sueño de una juventud indignada y militante de su propia dignidad

Stéphane Frédéric Hessel fue un diplomático, escritor y militante político francés


Stephane Hessen no ha muerto. Su indignado grito contra la deshumización continua, contra la manipulación de la cotidianidad, contra el espionaje masivo de la intimidad personal y la voracidad de los mercados.

La indignación prende fuego en todas partes. En Turquía, en Brasil, en Egipto, en China, en Estados Unidos, en Perú, en el Catatumbo colombiano. Este anciano padre de los Derechos Universales de la Humanidad de la Organización de Naciones Unidas, con sus 93 años a sus espaldas, salvado dos veces de la pena la muerte en las dos guerras grandes, decepcionado por el deterioro de la vida humana y su indignidad, decidió lanzar un salvavidas a los jóvenes del mundo: la Indignación Activa y Militante.

Lanzó el grito y la juventud escuchó esto: “tomad el relevo, no permitáis que la brecha entre ricos y pobres siga creciendo, luchad por que los logros de la Declaración Universal de los Derechos Humanos se mantenga”. Si, el Derecho a la educación, a la vivienda, a la salud, a los alimentos básicos, a la dignidad humana.  A quienes no tengan un motivo para indignarse, los Exhortó a buscarlos: la defensa de unos árboles en Estambul, el gasto excesivo en las celebraciones deportivas en Brasil, la recuperación de las tierras en Colombia, la defensa de la dignidad del presidente de Bolivia secuestrado en Europa. Pretextos que nos lleven a una indignación digna, con Derecho, por Derecho. Esa indignación que conlleva a la militancia, a la lucha.

Entonces la indignación se hizo visible en Europa, tronando en la Plaza de Sol, en Madrid. El grito no era el primero. Ya había recorrido el mundo árabe y sacudido telúricamente los cimientos de sus estructuras estatales desde Rabat hasta Manama, pasando por Túnez, El Cairo, Damasco, Trípoli, Riad, Bagdad, Yemen, entre otras regiones, dejando fuera del poder a dos dictadores históricos y echando abajo el mito de la pasividad árabe.

La indignación se hizo visible en España el 15 de mayo de 2010 y después en todo el mundo. Poco a poco se ha ido llenando de contenido. Antes, los medios de comunicación, la crítica social, los análisis sociológico se preguntaban el porqué de la pasividad juvenil frente a la incertidumbre del futuro que depara un sistema caduco generador de toda clase de violencia, desde la racial a la económica, desde la violencia pasiva a la violencia activa: la violencia ejercida por la dictadura de los mercados al mando de una casta financiera y política carente de la más elemental solidaridad social.

En el mundo árabe, las dictaduras tenían, y tienen, nombre propio: Hosni Mubarak, El Abidine Ben Ali, Mohamed VI, Gadafi, Hassan II, etc. Y contra ellos la indignación se hizo verbo y el verbo violencia política, pasiva o activa, con la que lograron los derrocamientos, la misma suerte que corren otros dictadores. En occidente, en cambio, la dictadura sanguinara del mercado es invisible. Los circuitos del gran capital, el manejo de la bolsa, los especuladores financieros, los usureros bancarios no tienen rostro. Quienes los representan, un Obama, una Ángela Merckel, un Enriko Letta, un Francois Hollande, un Vladimir Putin, un Xi Pinping se cubren con la máscara de una democracia que los legitima junto a sus crímenes de Estado. Son los sirvientes de la dictadura del mercado.

De allí que los indignados brasileños hayan interrumpido el histórico silencio con la consigna de basta de despilfarro en las construcciones deportivas y los españoles hayan trinado contra la democracia de pacotilla, que es una simple caricatura de sí misma. Con seis millones de desempleados, 40% de ellos jóvenes, cientos de miles de familias sin vivienda, sin alimentos, una clase media abocada a la precarización de sus vidas, la congelación de sueldos y el aumento de la edad de las jubilaciones y carcomido por la corrupción galopante, no queda ni rastro del sistema del bienestar europeo que pretendieron los padres de la declaración de Derechos Humanos de la ONU. De estos quijotes, solo Hessel estaba vivo. Y para él, la única esperanza es la juventud.

Hessel nos alertó que los grandes mercados fabricarían una crisis mundial para atracar a los pueblos. Y en esta estafa los saqueadores no ha dudado en utilizar a los ejércitos de desempleados, a las mujeres, a los niños, a los inmigrantes como monedas de cambio, como consumidores de sus empresas y como legitimadores de sus acciones a través del voto.

La irrupción de la indignación en todo el mundo en días importantes en cada país son el síntoma de que la juventud está dispuesta a tomar el relevo de las luchas por la dignidad humana que reclamaba Stephane Hessel. En Brasil, por ejemplo, se rebelaron por los gastos excesivos en estadios mientras la población pobre, hacinada en chabolas, sobrevive ignorante y desnutrida. En algunos países, cuando se acercan las elecciones y se percibe la falta de diferencias entre las derechas y las izquierdas, ambas al servicio del gran capital: se ha acuñado la afortunada frase de que “Nuestros sueños no caben en sus urnas”.

A Egipto le han robado la revolución y la indignación a vuelto a plaza  Tharir de El Cairo. Y a no hay resistencia pacífica. El robo a mano armada de la revolución, de los unos y los otros, se cobran ahora con miles de vidas y con una seria amenaza de guerra civil. La resistencia pacífica del Cairo, que dio al traste con Hosni Mubarak, sin embargo, se agiganta en Estambul, en Rio de Janeiro, en Lima, en la original Plaza de Sol de Madrid.

Ya era hora. Se habló mucho, se escribió mucho, se exhibió mucho sobre la indiferencia juvenil frente a los candentes problemas sociales, económicos, políticos y culturales de Europa y del mundo. Se habló hasta la saciedad de la Generación NI – NI: ni estudia ni trabaja. Se estudió y diagnosticó mucho los motivos del silencio de una generación sin horizonte, sin imaginación, sin porvenir.

Era una farsa. Aunque los motivos para la indignación estaban allí, hacía falta la mecha. Y esta llegó cuando el joven tunecino Mohamed Bonazizi se prendió fuego en una plaza pública y desató la ira en Túnez y el mundo árabe, y con la publicación de !Indignaos!, de Stephane Hessen. Entonces la semilla creció.

Hoy, al acercarse a la Plaza de Sol, se siente un aire de rebeldía. Algo se está moviendo, es lago hermoso. Algo cambia. Se ha dado la voz de alerta al mundo. Son las juventudes, también, las que hoy buscan formas alternativas de lucha como la protesta a través de las redes sociales, arma indispensable e indiscutible para del éxito de estos movimientos, para su masificación y concienciación. De ellos son las iniciativas de  “Toma la plaza”,  “Toma la playa”, o “Esta plaza es nuestra”. Caminatas desde distintos puntos del planeta para alimentar la indignación activa y militante que les legara Hessel. En su recorrido, las caravanas informan a los pueblos cómo es posible una verdadera democracia.

La indignación es hoy el motor de la rebeldía europea y del mundo. Ya era tiempo. No solo el mercado tiene derecho a la globalización. Hoy, la indignación recorre el mundo para orgullo de muchos y miedo de pocos. Es el espíritu de la acampada de Sol, ese espíritu que no se amilana ante el anuncio de que nos están vigilando a través de las redes, de los satélites, de las máquinas registradoras de los mercados. Esa indignación que ya deja sus brotes verdes en todas partes a pesar del espionaje masivo y los ejércitos imperiales que siempre estarán dispuestos a mutilar las alas la humanidad con tal de mantener sus privilegios.

Stephan Hessel no ha muerto, su salvavidas sigue amenazando a la esencia del capitalismo mundial: su criminalidad.

Por: Arturo Prado Lima

@arturopradolima

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