Ecuador: Amazonia, Las violencias encadenadas del extractivismo

14 noviembre, 2013

Imagen-Ecuador: Amazonia, Las violencias encadenadas del extractivismo

Los luctuosos hechos acontecidos el  pasado jueves en la provincia sur-amazónica de Morona Santiago, en la parroquia Bomboiza del Cantón Gualaquiza, constituyen un doloroso nuevo hito en el calendario de las violencias que despliega el extractivismo a lo largo de los territorios de la amazonía ecuatoriana.

Infortunadamente, cuando advertimos en las calles que cuando fluye el petróleo – o en este caso, el oro – sangra la selva no expresamos una metáfora; esto es, como en el caso de Bomboiza,  una injusta y lacerante realidad.

Hacemos mal como sociedad cuando, tratando de evadir las evidencias que revelan la conexión entre extractivismo y violencia, aceptamos la simplificación oficial de la realidad que procura distinguir entre una minería <<mala>> (ilegal, contaminante y de pequeña escala) y una minería <<buena>> (auspiciada por el Estado, con tecnología de punta, de gran escala y trasnacional). En realidad, las violencias que despliega la actividad extractiva es una sola con diferencias de grado, escala y mecanismos.

La fiebre por los minerales como el oro, por los hidrocarburos como el gas y el petróleo que asola un mundo envilecido por la codicia y regido por las leyes de hierro que impone la acumulación de capital a escala trasnacional, termina infectando casi todos los tejidos de una sociedad. Aquellas necesidades ajenas a las nuestras, impuestas solamente por la demanda incrementada de un mercado mundial de consumo insustentable constituyen ya una violencia fundadora.

La fiebre por los minerales corroe los antiguos lazos sociales, irrumpe abruptamente en los territorios y despliega diversos tipos de violencias.

Unas son las violencias vinculadas a los circuitos ilegales de extracción del mineral, violencias de escopeta y plomo, economías criminales, y envenenamiento de las fuentes de vida que corren por la selva (el agua, los bosques, la biodiversidad) temor, empobrecimiento y corrupción que asola a las sociedades y pueblos indígenas.

Pero otra no muy distinta es también la violencia de la gran escala, de la corporación multinacional que cuenta con el concurso estatal, que simula someterse a las leyes nacionales, cuando ella mismo dicta su comportamiento a través del poder y la dependencia que impone con su dinero.

Hablamos de la violencia de los desplazamientos, la violencia de las consultas inconsultas y forzadas, de la manipulación, la compra de dirigentes, la devastación del tejido comunitario, la imposición de su poder en el  territorio y la contaminación y devastación ambiental acallada tanto por la publicidad como por el cinismo resignado con el que toleramos como sociedad los “daños colaterales” que nos trae el progreso.

¿Cuántos <<daños colaterales>> – es decir, ¿Cuánta sangre joven como la corrida en Bomboiza? ¿Cuánta desaparición silenciosa de pueblos indígenas? ¿Cuánta devastación y envenenamiento de nuestros ecosistemas? ¿Cuánto envilecimiento y destrucción de lo comunitario? – es tolerable soportar en nombre del progreso? ¿Cuántas vidas vale el oro? ¿Cuántas vidas vale el petróleo?

El doloroso espejo de Gualaquiza – pero también el de la noramazonía y la destrucción generada por Chevron y 40 años de actividad extractiva – debe hacernos despertar, debe hacernos reflexionar y transformar no sólo nuestra conciencia como sociedad, sino que debe conmovernos hasta la acción.

Defender la Iniciativa Yasuní ITT, mostrar nuestro desacuerdo activo con el destino que se le pretende dar al Yasuní, territorio megadiverso y hábitat  de pueblos indígenas aislados y no aislados, es una manera de enmendar el camino, dar un paso recto hacia una sociedad pos-petrolera.

Se trata ante todo de imaginar un horizonte más digno, un espejo construido con la imagen de una relación más armónica entre nuestra sociedad y su entorno natural, de aprovechar esas otras riquezas que existen en el territorio, que son principalmente respetuosas de la vida y que dibujan el tránsito a sociedades sustentables. No se trata de la naturaleza intocada, se trata de una relación soberana, consciente y que explora la riqueza de otros modos de producir, otros modos de construir saber, conocimiento y cuidar la abundancia de vida que tenemos en cada rincón de la selva amazónica.

Yasuní es un camino, una posibilidad cierta de replegar las violencias que se encuentra desplegando el extractivismo, extirpar la desolación, los asesinatos, las mentiras y las medias verdades. Sembrar de nuevo – o quizá por primera vez – la paz en los territorios amazónicos, imaginar una relación en la que nunca más el Estado tenga que estar presente para recoger cadáveres o constatar los hechos consumados de una devastación anunciada

La minería y el petróleo son muerte. He ahí las evidencias,  la selva viva es vida para los indígenas y para el conjunto de la  nación.

Fuente: yasunidos.org

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