Pedazos de Tiempo: No esperes que te olvide

19 noviembre, 2013

Imagen-No esperes que te olvide

¿Recuerdas cuando te quedabas a dormir en la vieja casa de la Rue Saint Antoine? Apenas había amanecido y el sol del verano al entrar por la ventana jugaba con pequeñas briznas de polvo.

Nos quedábamos mirándolas en silencio hasta que uno de los dos decidía levantarse para el refrescante baño matutino. Tú me decías que eran pedazos de tu alma que vagaban inquietas en busca de cariño. Me habría sonado cursi si una lágrima no hubiera brotado de donde nace la amargura. Tus expresivos ojos verdes se impregnaban de nostalgia. Sin saber muy bien a qué venía aquel comentario, sonreí. También tú sonreíste cuando te abracé acariciando tu largo cabello sedoso y claro, primero suave y después más fuerte.  Permanecimos así hasta que sonaba el aromático silbido de la cafetera. ¡Te gustaba tanto el café!

Desayunábamos como si nada ocurriese, como si el movimiento se hubiese llevado el polvo y todos nuestros problemas. ¿Aquellos días por qué no sacaste a pasear tu amargura, tus dudas, tus recelos? Cómo cuándo discutíamos por tonterías y decidíamos que llevaríamos días sin hablarnos  y te ibas a donde fuera. Andábamos y andábamos por aquel barrio bohemio, por la concurrida Rue Saint Paul Ouest de Montreal… y no regresabas hasta que, de “acuerdo mutuo”, todo lo que pensábamos y sentíamos había salido a pasear con nosotros. “Acuerdo mutuo”, siempre intercalabas algún tecnicismo legal para recordarme que eras parte de la abogacía y ella de ti.

Hacía tiempo que habíamos perdido la comunicación. Yo olvidaba demasiadas veces decirte que te quiero. Las prisas, las interminables horas en el ordenador, yo mismo…tú no me lo decías porque no querías obligarme, además hacía poco habías terminado una relación de tantos años. Nada debe ser impuesto ¿recuerdas?  Todo lo nuestro era sin obligaciones, sin condiciones… tú lo propusiste, era nuestra máxima hasta que dijiste que te habías enamorado. Después…después todo cambió.

Tú y tus celos enfermizos. Ese afán de posesión que te dolía, que a la vez te alimentaba, que se había apropiado de cada uno de nuestros argumentos, de nuestros discursos. Era previsible que acabáramos así. Hacía tiempo esa silenciosa batalla a mí me hería y a ti te estaba agotando por dentro y por fuera. Pero, nos queríamos. ¿Por qué no me pediste alguna explicación? Yo no supe hacerte ver que no existía nada ni nadie que me importará tanto como tú. Pero ya era demasiado tarde. Ya no podía explicarte que lo que viste aquella noche, fue el desenlace de un mal entendido. Tendría que haberte dicho que el abrazo, que el beso que viste, fue la despedida de algo que nunca ocurrió. Podría haber ocurrido es cierto, pero si tú no hubieras existido, si no hubieras sido mi amante, y es que eras eso y mucho más.

No me dejes, no me dejes, te dije aquel día. Debimos hablar como siempre, sin angustias, sin prejuicios. ¿Por qué yo no me fijaría en la respuesta a la nota que te dejé antes de ir a la cama? Yo escribí con el deseo… deslizándose en el papel saliendo de la tinta que lo dibujaba: “No olvides que te espero”.

Te llamé un par de veces, pero no llegaste. Aquella noche leí hasta que el libro se me cayó de las manos. ¿Por qué no insistí una vez más?

En la mañana cuando oí el tumulto en la calle, noté el frío de la corriente que se llevaba las volutas del polvo. El silencio durmió plácidamente en la que fue nuestra cama. Se me heló la sangre. Corrí hacía el salón, vi la ventana abierta de par en par. Pegada al cristal mi nota y debajo tu respuesta como la voz que oculta una sentencia: “NO ESPERES QUE TE OLVIDE”.

Arturo Ruiz Sánchez /PEDAZOS DE TIEMPO Montreal, Cánada

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