Una noticia inesperada

24 enero, 2014

Imagen-Una noticia inesperada

Aquella mañana cuando llegó la noticia a la oficina, “nuestra oficina”; de que no llegarías porque estabas postrada en el hospital de la ciudad. No lo podía creer, si tan sólo hace unas horas habíamos estado cenando en el “Teimoso” nuestro restaurante favorito.

Llegó la noticia como quien oculta un informe, como si se tratara tal vez de minimizar la gravedad de la circunstancia. El guardia de seguridad se acercó pausadamente, con cara de desasosiego me dijo:

-  “Va a tener que suspender todo el trabajo, jefe”.

 Los compañeros no se dieron cuenta de lo que había pasado hasta mucho después. Tampoco el resto de nuestros colegas pudo adivinar que la palidez de mi cara no era únicamente de sorpresa e incredulidad por aquello que tenia a toda la oficina convulsionada. Nunca había pasado algo como eso, en una ciudad tan tranquila como la nuestra.

Cuando la oficina quedó vacía, sin que nadie pudiera verme, repetí tu nombre bajito, muy bajito, exclusivamente para mí. Tuve que sentarme un momento en la primera fila, en el escritorio de Beatriz, la secretaria que nos resulta tan simpática. No creo que alguien te lo diga, porque me aseguré de estar solo, pero es cierto: Lloré.

Lloré con la desesperación de recordarte como la última noche, cuando me diste un beso, así nomás. Claro, quien iba a saber que podía ser el último. Sabes que no soy de fijarme en la ropa que usas, pero esa vez, si me di cuenta que tenias un vestido nuevo, azul, que te quedaba naturalmente perfecto.

¿Será que ahora mi mente trabaja sola, quizá para recuperar cada uno de los momentos que pasamos juntos?

Todavía faltaba más de media hora para terminar la jornada laboral, pero ya nadie pudo seguir trabajando.

No sé si hacía frío, pero cuando caminé hasta la parada del tren estaba tiritando, quizá eran asomos de la aproximación del desabrido otoño. Temblando, tal vez nervioso, dudando no volver a verte, además, sin poder comentar de estos temores que me envolvían, invitándome a reflexionar.

¿Por qué no lo contamos? ¿Por qué no fui capaz de asumir que eso que comenzó casi como un juego me cambio la vida?

Era nuestra complicidad callada, una relación sin condiciones, sin exigencias; decías que estaba prohibido enamorase, sin embargo, nos enamoramos…

Ya sé que yo fui el más reservado. Tímido a más no poder, diriás, tú. Me daba vergüenza, lo admito, haberme enamorado tan tontamente de una mujer como tú, que parece que tiene al mundo a sus pies. Me sonaba raro que después de tantos años compartiendo el mismo lugar de trabajo, de golpe pasáramos a ser amantes, casi al mismo tiempo, novios, porque pensabas que no estabas de acuerdo con lo de “amantes furtivos” y una tristeza se dibujaba en tu mirada.

Sabias que me conmovía en grado sumo verte tan apenada por la situación, no esperé más, lo recuerdo como si fuera ayer, después de hacer el amor en la cocina de tu departamento una de aquellas noches de nuestros encuentros, te pedí que fueras mi novia. Reíste, reímos como locos, dijiste que si…

Tuve que mentir en el hospital para que me dejaran entrar a la sala de cuidados intensivos. Viste como se ponen de estrictos estos, justamente cuando uno menos lo necesita. No me animé a decirles que era tu novio, me pareció imposible hablar de eso si tú no estabas ahí para sostener mi timidez con una de tus sonrisas despampanantes. Por suerte me creyeron lo del compañero de trabajo, les dije que venía en nombre de todos los colegas de “SUR SRL” a darte un poco de aliento. Me miraron raro, porque de tanto ver pacientes en coma no creen que haya aliento que valga.

Los médicos dicen que hay posibilidades de que te recuperes. Que hay que esperar, que habrá que ver las secuelas, pero que es probable que finalmente te despiertes.

Te prometo que voy a estar acá, esperándote.

También, que voy a ser menos tímido, que voy a dejar que le cuentes a todo el mundo que te pedí que fueras mi novia, como se usaba antes. Si quieres, también que le cuentes a tus amigas alguna de nuestras anécdotas de cama.

Como la de esa vez cuando fuimos al hotelito barato en Elizabeth, New Jersey y de golpe el cabecero de la cama se nos vino encima de tanto zarandearnos. Nunca me voy a olvidar que de tanto reírte te saltaron lágrimas.

Pero ahora eso no importa, tú quédate allí, tranquilita. No pienses en nada que yo ya me encargué de hablar con la Policía. Dicen que a tu ex marido no lo sueltan más, que cuando lo agarraron, todavía tenía en la mano la pistola de cazador. Y que mencionó tu nombre llorando, mientras repetía: “¿Qué hice por Dios?”.

Arturo Ruiz-Sánchez/PEDAZOS DE TIEMPO.

Elizabeth, NEW JERSEY

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