Ecuador: El paso a la eternidad, el paso mas serio. Sobre la muerte de Don Juan Montalvo

30 enero, 2014

Imagen-Ecuador: El paso a la eternidad, el paso mas serio. Sobre la muerte de Don Juan Montalvo

Don Juan Montalvo

por Marcelo H. Andocilla L.

“Como las cosa humanas no sean eternas, yendo siempre en declinación de sus principios hasta llegar a su ultimo fin, especialmente la vida de los hombres… llegó su fin y acabamiento cuando él menos lo pensaba…se le arraigó una calentura que le tuvo seis días en la cama…”1 Así inicia Cervantes, el capítulo LXXIV de Don Quijote de la Mancha.

Diríamos, es como inicia el fin de este ilustre manchego. Total, luego sus amigos llamarán al médico y este le tomará el pulso haciendo un gesto de descontento aconsejando “por sí, o por no” mejor atendieran la salud de su alma, por que la de su cuerpo al parecer ya no tenía cura. Miguel de Cervantes relata que Don Quijote “oyole con el ánimo sosegado” y pasaría a dormir por seis horas, luego de lo cual despertó como Alonso Quijano… “para morir cuerdo y vivir loco”. Así es como Don Quijote vivió para siempre.

Y si en verdad a Cervantes se le olvidó capítulos, fue el ilustre ambateño Don Juan Montalvo quien los escribiría dándole vida con su pluma y con su misma vida de destierro en destierro; particularmente con su muerte hidalga, tras combate y combate, que aun vibra en toda América2.

En el primer destierro de Ipiales hubo de escribir la “imitación de un libro inimitable” donde dejó claro, en el penúltimo capítulo, que este Don Quijote, en América, luego de haber ido sembrando ideales y enderezando entuertos, abríase de negar rotundamente a dar por concluidas sus aventuras bajo la insinuación hecha por Sancho, respondiéndole “Ahora que todo está hecho quieres que nos volvamos a vivir como unos guardamateriales, o como poetas compungidos que pasan la vida mirando estrellas, ¿Es cosa mala ser poeta? Pregunto Sancho. No digo eso; lo que digo que es malo ser de los insignificantes e inútiles; de esos

majaderos que no sirven ni a Dios ni al Diablo. Mas ojala que la poesía no faltara de ninguna de las profesiones, como no falta de la caballería andante…”3 Y en estado de Quijote, es decir con su claridad meridiana que da la locura a sus actos, dicta el testamento donde destaca a su fiel bestia Rocinante: “Tomad, hombres, el ejemplo/ desta incomparable bestia;/ grandes sed, pero sufridos;/sacad fuerza de flaqueza.”

Y así Don Juan Montalvo habría de seguir el ejemplo y ser, él mismo, un Quijote.

Un dolor profundo de muerte penetró entre las entrañas desgarrando la pleura de sus pulmones. Los vientos fríos de la primavera de 1888, los mismos que ondean las aguas del imponente Sena y que en los jardines parisinos de alcurnia obligaban a inclinarse a la más aristocrática de las flores, la Flour de lis, trajeron la lluvia en medio de un ambiente onírico y de inmensa soledad. Montalvo habría salido de la imprenta, presuroso, realizando las últimas correcciones de “El Espectador”4. Ya congestionado días antes, llegó ésta vez completamente húmedo a su departamento ubicado en la rué Cardinette No. 36 y cayó gravemente enfermo. De las recomendaciones realizadas por el Dr. León Labbe, su médico, sobre “extraer por medio de punsaciones un licor ceroso de la pleura” puede confirmarse que se trató de un cuadro neumónico, una pleuritis neumónica.

Para entonces Fleming aún no había descubierto la penicilina, en realidad éste habría cumplido apenas siete años de edad, aunque ya se conocía el origen bacteriano de la enfermedad. La bacteria, el ambiente y su estado de inmunodepresión, propia de las limitaciones económicas en que vivió y se alimentó, desencadenaron semejante estado de condena mortal.

La culpabilidad fue decidida por doscientos ochenta votos contra doscientos veinte. Sócrates, condenado, planteó él mismo la pena con paradójica ironía.

Acusaron al filósofo de negar la existencia de los dioses, obrar contra sus leyes y subvertir a la juventud5. Fue encarcelado y pocas semanas después debió beber una copa que contenía un alcaloide de nombre conina, un derivado de la piperidina extraída ésta de la planta silvestre llamada Conium maculatum, una

umbelífera más conocida como cicuta. Debió haber causado graves efectos neurotóxicos, debilidad muscular, incoordinación, temblor, agitación nerviosa,

adormecimiento de extremidades, anestesia y finalmente muerte por depresión respiratoria. Sócrates en prisión, habiendo transcurrido treinta días desde el juicio, se niega a aceptar los planes de huida que le proponen sus seguidores. Jenofonte cita que, ante las lágrimas de sus amigos, les respondió: “¿Qué es eso? ¿Es ahora cuando os ponéis a llorar? ¿Acaso no sabéis que desde que nací estaba condenado a muerte por la naturaleza (…) Se encontraba presente un tal Apolodoro, amigo apasionado de Sócrates, pero por lo demás persona simple, que dijo: “Pero es que yo, Sócrates, lo que peor llevo es ver que mueres injustamente”.

Y entonces Sócrates, según se cuenta, le respondió acariciándole la cabeza:

“¿Preferirías entonces, queridísimo Apolodoro, verme morir con justicia que injustamente?”6 y al mismo tiempo le sonrió.

Sócrates ingiere la cicuta dando muestras de una serenidad absoluta ante la consternación y dolor de los amigos que le acompañaban…

Más Información: ecuadorlibrered.tk

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