9 horrores para ciclistas promedio en la calle

11 febrero, 2014

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Soy una chica que anda en bicicleta por las calles de Santiago de Chile. Acá “Mi lucha” por escoger el pedaleo como medio de transporte.

Soy mujer. La determinación biológica me dio un cuerpo frágil y una motricidad que sirve para el baile pero no para los deportes ni los combos, aunque podría hacerle empeño si me la buscan. Aún así, siempre fui “aturdía” para correr, tomar y tirar la pelota con las manos, peor aun si era con los pies, y del maldito volleyball ni hablar, me disloqué el dedo pulgar y las muñecas me quedaban moradas. Pero había algo que me encantaba y era nadar y andar en bicicleta.

Con mucho esfuerzo bajaba mi Oxford chiquitísima, tres pisos del edificio fiscal y pedaleaba chocando mis rodillas con el manubrio. Un día una amiga que siendo más baja que yo andaba con una imponente bicicleta de montaña, me la cambió por un rato. Me subí a este coloso de dos ruedas y como era de esperar, me desplomé de bruces sobre la tierra del parque. Fueron varios meses de esfuerzo para lograr un pedaleo seguro e incluso lograr trayectos largos.

Por esa historia quizás hoy día encuentro una verdadera hazaña transportarme por las calles de Santiago, la capital de Chile, en bicicleta. Un desafío cotidiano que requiere de paciencia, concentración, estoicismo y destreza. Las complicaciones son tan grandes como los beneficios, es por eso que hoy voy a enumerar las que más me han marcado en estos dos años de ciclismo amateur urbano como medio de transporte.

  1. Partamos por las ciclo-rutas: Primero que nada son pocas y es difícil tirando para imposible encontrar una ciclovía que tenga cercanía con tu lugar de inicio de recorrido y coincidencia con tu destino final. No hay continuidad y algunas francamente caen en el ridículo. Tramos cortos que son una verdadera ofensa para quienes optamos por este transporte, angostos, que sirven también para peatones, coches, estacionamientos, y si no tienen una buena separación, también vehículos motorizados, haciéndolas sumamente inseguras.
  2. Si ya te bajaste a la Calle: Las groseras irregularidades del asfalto, los “eventos” u hoyos en el camino, los vidrios molidos, los aspersores de agua que mojan la calle y llenan esos baches y te dejan toda embarrada.
  3. Taxis: Uno de los dueños indiscutidos de estas calles. Tienen chóferes que simplemente se sienten incomodados por la presencia de ciclistas. Es común que te reprendan, te griten, te peguen bocinazos. Definitivamente su territorialidad es abrumadora como sus paradas abruptas e inesperadas que pueden hacerte quedar ensartado en la puerta que se abre para que baje o suba un también imprudente pasajero. Secos para el viraje en doble fila, hacen que tu trayecto sea una película de acción.
  4. Los ciclistas engrupidos: Esos chicos que creen que están en el Tour de Francia. Tan ataviados como un bombero, estos “profesionales” despliegan sus habilidades en la ruta rayando en lo psicokiller, enrostrándote lo perna y poco deportista que eres. Sus leyes son la velocidad y las temerarias maniobras que van desde andar en contra del tránsito hasta adelantarte a una velocidad superior a los 100 kilómetros por hora, desestabilizándose en un aterrador tiritón general, bicicleta incluida.
  5.  Las 4X4: Anchos. Ese es el adjetivo. Obesos de las estrechas alamedas de Santiago. Avenidas que no soportan tanto petrolero piloteado por una solitaria señora bien, o un señor entrado en carnes. Nunca he visto una 4×4 con más de un tripulante y la verdad es que te dejan con un espacio vital igual a cero. Una vez un tipo me tiró una moneda de a cien pesos en la cara. Iba montado en una “todo terreno”.
  6. Los “galanes”: No es que me ponga feminista y comience con el discurso de que no soy un pedazo de carne, aunque estoy en todo mi derecho. Es una cuestión de seguridad. Los gritos, bocinazos e inclusos intentos de tirar las manos, es lejos lo más desconcertante que existe. Puede provocar un grave accidente por uno de estos arrebatados y imprevistos gestos de “cariño” masculino.
  7. Los Peatones: Como si se tratara de un videojuego, aparecen entre las ligustrinas que separan las calles o en las rejas o de la nada y se cruzan en medio de las avenidas. Al igual que cualquier vehículo, respetar las leyes del tránsito  es “vital”, literalmente. Ignorar los semáforos o los lugares habilitados para el cruce es un seguro problema para los ciclistas, que no son considerados peligrosos, siendo que el impacto sería igualmente violento, o peor aun, ante el intento de hacer el quite, y me ha pasado, puedes ser atropellado por un automóvil.
  8. La polución: El aire que respiras en medio de tanto tubo de escape de coches, carros, autos, o como quieras llamarlos a diesel, es un asco. Y esto científicamente comprobado por un estudio del Centro de Sustentabilidad de la U. Andrés Bello (Unab).
  9. Los Transantiago: Éstas anacondas furiosas que doblan de forma intempestiva, si llegan a salirse del recorrido son uno de los monstruos más temibles en la selva de cemento. La guadaña de la muerte te roza cada vez que uno pasa por tu lado. Sus alienados choferes con suerte aún coordinan empatía con el entorno y es posible que ni se interesen por tu existencia.

Pero no todo es tan malo. Te ahorras el estrés del transporte público, las aglomeraciones, los tacos, el tiempo de espera y por supuesto vences el sedentarismo y contribuyes a descontaminar y descongestionar tu ciudad. Montado en bicicleta eres un agente de la revolución.

Estos “horrores” espero que poco a poco desaparezcan por medio de un cambio cultural. Ciertamente, todos debemos poner de nuestra parte. Partiendo por nosotros los pedaleros, tomando la decisión de andar por la calle, para no hacer lo mismo que criticamos a los transeúntes.

Fuentes: veoverde.com

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