Ecuador, Elecciones: rechazo al disciplinamiento y al castigo

17 marzo, 2014

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EDITORIAL del Periódico Opción

La primera sabatina después de la derrota electoral (matizada como revés por el primer mandatario) se realizó en las afueras de Quito, en la parroquia de Cutuglagua, del cantón Mejía, donde según palabras de Rafael Correa, Alianza País “barrió” electoralmente.

Un taxista capitalino comentaba de este modo el suceso: “Tuvo que irse a llorar allá, fuera de Quito”. Significativo porque la sabatina anterior, en pleno silencio electoral, 24 horas antes de los comicios, se realizó en la Plaza Grande, a pocos pasos del edificio municipal, que desde mayo ya no estará bajo la dirección de Alianza País.

Y significativo por el cambio de discurso entre una y otra sabatina: la del 22 de febrero estuvo centrada en destacar las mega obras de la revolución ciudadana en la capital, ciudad a la que insistió en considerar clave para su proyecto político; y la del 1 de marzo que utilizó para intentar convencer a los ecuatorianos de que las demás ciudades, aparte de Quito, Guayaquil y Cuenca, son igual de importantes, por lo que haber perdido las primeras no es tan grave. “Ya basta de esa visión centralista”, dijo.

Los ajustes forzados del discurso presidencial fueron tan evidentes que muchos comentan que insistir en justificar lo injustificable, o en tratar de hacer menos graves los problemas que tiene Alianza País, lo único que logrará es restar credibilidad al primer mandatario. Estos acomodos del discurso se notaron desde el día mismo de las elecciones, cuando se conocían los primeros datos de los exit poll. Recordemos que la primera rueda de prensa del Presidente ese día fue escueta, con expresiones de evidente frustración, sin las acostumbradas tarimas y el ambiente festivo de otras ocasiones; en ese instante prefirió pasarle el muerto a Augusto Barrera, que tuvo que idear alguna justificación inicial para la derrota. Más tarde, luego de que el Buró Político se reunió, la respuesta fue más razonada (ya no estaba Barrera): el problema no era del proyecto político, el derrotado no había sido el Presidente de la República, los resultados eran fruto de los errores de los dirigentes de Alianza País, de su sectarismo. Y algo clave, que hasta ahora se maneja para evitar mostrar la derrota del 23 de febrero: ganó Avanza, una aliado del gobierno, así como ganaron otros aliados, por lo que “la izquierda” finalmente había salido triunfante. Se acomodaba así lo que Correa había sostenido en sus desesperados mensajes finales (19 de febrero) a su militancia y seguidores a través de Twitter: “¡Que nadie en el Ecuador se pierda! Solo la 35 es Alianza País, la lista de la Revolución Ciudadana (sic)”.

Muchos son los errores políticos que cometió Rafael Correa, aunque se rehúse a aceptarlos como tales. El primero fue anular a sus candidatos en las distintas localidades, convertirse en el candidato principal (y por eso la derrota le cae de manera directa), intentar obligar al electorado a que elija a determinadas personas, por más que no sean del agrado de la población. “No estamos eligiendo a mister simpatía, sino al alcalde de Quito”, llegó a decir en cierta ocasión.

La estrategia no fue diferente a la elección presidencial última: mostrar los logros de la revolución ciudadana, expresados en obras de cemento más que en mejoramiento integral de las condiciones de vida de las personas. Comunicacionalmente se actuó desde las concepciones funcionalistas, con teorías como la denominada aguja hipodérmica, que implica que el mensaje ingresa de manera directa en la conciencia para lograr determinada reacción, Rafael Correa era esa aguja, y el voto por las listas 35 la respuesta esperada. No se consideraron las particularidades de una elección local, se usó el mensaje nacional, de la obra gubernamental, para tratar de alinear a la población al proyecto general.

Los resultados evidencian que la población es diversa, que el electorado no es un todo homogéneo, ni manipulable cual perrito de Pablov. Demostraron que el imaginario que la “revolución” ha creado acerca de la imbatibilidad del proyecto político, de lo irreversible del proceso, del supuesto respaldo a la idea de progreso que ese proyecto vende, está hecho carne en los niveles dirigenciales de Alianza País, pero no necesariamente en la población. Y es que la dirigencia parece tan convencida de que los ecuatorianos aman al proyecto, que comete errores infantiles, como imponer la sabatina en pleno silencio electoral, pisoteando la autoridad del Consejo Nacional Electoral y exhortando al presidente de ese organismo a no exhortarlo. O errores tan ingenuos como la cadena de radio del alcalde encargado, Ernesto Albán, anunciando que se rebajarán las multas por mal parqueo, ya que fueron fruto de un error, así como la suspensión temporal del cobro de los peajes hacia los valles. Los comentarios de la ciudadanía quiteña eran: “¿será que nos creen tan ingenuos?, tratar de contentarnos con el no cobro del peaje solo mientras pasa la campaña”. O como aquel error del Presidente, de llamar a votar nulo a las personas que no quieran votar por Barrera.

El estar absorbidos por su propio discurso les ha impedido ver que la población sigue teniendo los graves problemas no resueltos de siempre: la inseguridad, el desempleo, la falta de vivienda, que esta vez se manifestaron en rechazo a los candidatos oficiales a nivel local; pero también les ha impedido ver que la ciudadanía está cansada del disciplinamiento, de la vigilancia, la persecución y la sanción, que quiere espacios democráticos, que necesita participar. Y, por último, les ha impedido ver que la gente ha comenzado a transformar el temor en rechazo al castigador.

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