Inicio de un sueño

31 marzo, 2014

Imagen-Inicio de un sueño

Una mañana cualquiera de inicios de la década del noventa mi mamá nos llamó a mi hermana mayor y a mí, estábamos haciendo oficio en la casa y lo dejamos por un momento para ir con ella que estaba en el patio, nos dijo que nos sentáramos sobre una de las tablas, con esas tablas habían fundido las columnas de la casa y las colocábamos sobre bloques y eran nuestras sillas porque no teníamos amueblado de sala ni de comedor. Ya éramos cuatro crías, los cumes uno de un año y la otra de semanas. Nos los poníamos en la espalda envueltos en un perraje, así los arrullábamos para que no lloraran y se durmieran y en las mismas no perder el tiempo y hacer oficio.

El piso era de talpetate que regábamos con panas de agua para que no se levantara el polvo y ellos pudieran jugar, con el tiempo a punta de piocha y chuzo logramos aplanarlo para que anduvieran en sus arañas. Pasarían muchos años para que ese suelo tuviera piso, piso de granito color blanco.

Nos sentamos sobre las tablas viendo hacia el milpal del patio, ya teníamos los marranos, las cabras, las gallinas, los conejos y las patas, también un loro. Mismo que se angustiaba cuando pasaba la parvada todas las mañanas surcando el horizonte en busca de las montañas verde botella que tanta vida dieron a mis andanzas de niña. El pobre estaba dentro de una jaula espaciosa pero, jaula al fin. También estaba la Canela una perra sabuesa que por su color la nombramos así.

En el patio de la casa ya teníamos la huerta y los dos jardines, guías de ayote y güisquil. Un limonar, gladiolos, dalias, rosales, cebollas, cebollín, culantro, varitas de San José, tomates, rosales, lirios, pascuas, que yo era la encargada de cuidarlos.

Apenas recién habíamos cumplido dos años de haber llegado a vivir a Ciudad Peronia. Eran esos días en que comíamos tortillas con sal y las sopeábamos con caldo de frijol que hervíamos todos los días en el fogón, una libra nos alcanza para una semana porque solo el caldo nos tomábamos para dejar los granos y poder agregarle agua todos los días. Para el invierno variaba el sustento porque yo me iba a la arada a buscar quilete y chipilín. Aprendí a cocinar iguashte lo combinábamos con flor de izote, flor de pito, güisquil y papas. La carne era un lujo que no nos podíamos dar.

No había para comprar aceite entonces íbamos a la marranería a comprar manteca, no había forma de aburrirse ni de pedir variedad de comida porque de sobra sabíamos que no había cómo; nos acostumbramos a comer a las carreras, de pie y con el plato en una mano y con la otra haciendo oficio. Hábito que me ha costado dejar, -ese de comer de pie y con el plato en la mano- recién estoy aprendiendo a comer despacio, sentada y saboreando los alimentos.

Cada quién comía por su lado cuando el tiempo alcanzaba y si no de largo pasábamos porque el trabajo, el estudio y las crías no daban ni para respirar mucho menos para comer.

Nos sentamos en la tabla y vimos a mi mamá con el rostro desencajado nos dijo que ella no había tenido la oportunidad de pasar de tercero primaria porque tuvo que trabajar desde que tenía cinco años de edad. Mi madre a esa edad se levantaba a cocer el máiz, lo molía en la piedra y torteaba. Su primer par de zapatos lo tuvo cuando cumplió 14 años. Tenía solo un vestido de manta que mi abuela le hizo en la máquina de coser, mismo que lavaba en la quebrada y se quedaba esperando ahí mismo a que se oreara y se lo ponía húmedo porque no tenía otro. El que sus hijos tuvieran un par de zapatos y dos mudadas de ropa era una emoción que no le cabía en el pecho.

Nos dijo que el sueño de su vida era que sus hijas estudiaran que no se quedaran como ella que apenas podía escribir su nombre y hacer su firma; por esa razón había decidido agarrar camino con nosotras lejos de la finca algodonera La Pangola, donde trabajaba cortando algodón y mi papá en uno de los tractores. Llegaron a la capital sin conocer a nadie y fueron a rentar un cuarto en una de las vecindades que la circundan. La Terminal ha estado en mi vida desde siempre.

Debido a la miseria que vivíamos no podía hacerlo sola porque lo que mi papá ganaba como policía de Alarmas de Guatemala no le alcanzaba más que para pagar la mensualidad del terreno y la luz. Nos dijo que habían hablado mi papá y ella con mi tío Jorge, uno de los hermanos mayores de mi papá que vivía en Teculután y que tenía una tienda, él ofreció darles uno de los congeladores que tenía ahí y también que se lo pagaran cuando pudieran.

Ya había hablado con doña Betty y don Romeo que también alquilaban en la vecindad de la zona 8, un matrimonio con una hija que es uno de mis entrañables amores de mi nostalgia por la zona 8. Pasados los años la volví a ver en la Escuela de la Policía Nacional, hecha toda una mujer recuerdo ese instante nosotras fuimos a visitar a una tía hermana de mi mamá que estaba estudiando ahí y caminando en los corredores la vi aparecer, vestía el uniforme tenía ese cuerpo de atleta de Juegos Olímpicos, alta, esbelta, con su mirada de niña y su cuerpo de mujer. La había dejado de ver cuando nos mudamos a Ciudad Peronia, ni los ocho años habíamos cumplido. Somos de un edad.

Yo ya era maestra los años ya habían dejado huellas. Corrí como desquiciada y me lancé sobre ella, cuando vio que me acercaba extendió los brazos y vi sus ojos bañarse en lágrimas igual que los míos. Salté y enrollé mis piernas en su cintura y nuestros corazones se acariciaron una vez más. Estaba ahí mi amiga de infancia, un de las dos con quienes trepamos techos y comimos tierra y mocos y nos raspamos las rodillas dentro de la cárcel de una vecindad. Una mujer de una hermosura física que deja sin aliento a quien se topa con ella en la calle. Alta, morena bronceada, ojos verdes y una humildad de alma que hace que cualquiera se enamore de ella.

Los padres de Nancy vendían helados y mi madre les pidió la receta, ellos le prestaron algunas bandejas mientras hacíamos las nuestras y le enseñaron el procedimiento, no son helados en bolsa ni los que hacen de sombrilla, ni en vaso. Son helados que se hacen en una bandeja de 54 espacios cuadrados. Aunque ya varias personas les habían pedido la receta ellos nunca la compartieron solo lo hicieron con mi mamá por la amistad y por las vivencias de la vecindad. No es cosa de otro mundo, el ingrediente principal es el amor. Como en todo.

Esa mañana sentadas sobre la tabla mi mamá nos dijo que lo único que nos podía dar en la vida y que nadie nos podría quitar eran dos cosas: la independencia y la escuela. Nos explicó cómo había sido su infancia y quería algo distinto para nosotras. Cabe decir como en un paréntesis que la frustración más grande en la vida de mi mamá es que sus dos hijas mayores estén en Estados Unidos limpiando casas cuando ella las soñó graduadas de la universidad. La vida también tiene sus recovecos y sus azares. Yo a la limpieza de casas le debo que me quitara lo soberbio y que justo cuando limpiaba un baño la agonía y añoranza por mi tierra me hiciera escribir mi primer relato. Tomé una hoja de papel de la oficina de mi jefa y un lapicero y lo escribí de un tirón, la doblé, la guardé en la bolsa de mi pantalonera y seguí limpiando el baño y así hasta el día de hoy.

“La escuela no se las puedo dar serán ustedes las que tengan que trabajar para pagarse sus estudios y además ayudarme con la crianza de los cumes, yo les estoy dando la oportunidad de decidir si quieren tener mi futuro o uno distinto.” Las dos niñas sentadas en la tabla aceptaron estudiar y trabajar. Así comenzó nuestra historia de niñas vendedoras de helados.

Mi madre no falló porque nos hizo independientes desde niñas. Nos pagaba cinco centavos por cada helado vendido, decía que desde esa edad teníamos que aprender a manejar nuestro dinero para que de grandes si decidíamos casarnos no aguantáramos a ningún marido abusador y nos viéramos obligadas a estar ahí, en cambio con estudio e independencia podríamos salir adelante solas.

Nunca nos prohibió ningún noviazgo siempre a dicho que con el hombre vamos a vivir nosotras no ella, entonces que nosotras lo escojamos y si sale ruin pues para eso nos dio herramientas, para no quedarnos ahí por necesidad, para eso nos enseñó un oficio y dos dio una profesión, para eso nos hizo independientes desde niñas. Siempre nos imaginó casadas y con una familia grande, se soñó rodeada de nietos y nietas. No le cae para nada en gracia que yo esté haciendo todo lo contrario de lo que ella imaginó. No es cosa nueva yo toda mi vida he hecho mi santa y pulcra voluntad. Efectivamente mi madre me hizo autónoma.

Así comenzaron mis idas a La Terminal, yo me ofrecí a ir a hacer la compra de las frutas para los helados conocía el mercado porque vivimos cerca y porque iba con mi papá a comprar patas de vacas para su caldo de todos los sábados cuando él visitaba a sus amigos en las hueseras de la zona 8. En la casa había mucho trabajo y mi mamá no podía ir y a mi hermana mayor le daba miedo y a mi papá que lo veíamos muy poco por su trabajo días al mes nos visitaba.

En esas idas a La Terminal fue que un día mi mamá me dio por perdida pensó que me habían robado allí. Yo me iba todos los lunes -algunas veces los martes- en el primer bus que salía a las cuatro de la mañana, llevaba mi costal de manta hacía las compras y en el mismo bus me regresaba, pero ese día me tardé comprando el ramo de claveles rojos que siempre llevaba a la casa.

Es mi flor favorita y no porque la mata en el sitio de mi abuela estuviera floreando el día en que nací, sino porque de una de las mis partes favoritas de ese mercado fue la de la venta de flores, siempre que iba pasaba admirando tanta belleza. No tenía nada qué hacer allí porque lo que compraba estaba al otro lado el que colinda con la subida hacia la avenida Bolívar, pero yo esperaba ansiosa los días lunes para ir a ver las flores. Mi alma se llenaba de lluvia y de niebla.

Apenas ajustaba y pedía favor si me podían vender solo medio ramo porque no me alcanzaba para comprar uno entero. Me daban de diez flores y me hacían la niña más feliz del mundo. A veces por cincuenta centavos o un quetzal, no tenía más.

En ocasiones compraba la misma flor en color blanco. Son los dos únicos colores que tienen aroma no sé por qué pero los otros no huelen. No con la intensidad del rojo y del blanco.
Mi amor por esa flor se debe a los años que pasé admirándola en el mercado La Terminal, a mi bolsa de costal, a la urgencia para que no me dejara el bus, a la pena de llegar a la casa tomarme una taza de café frío e irme masticando un pan dulce cargando mi hielera hacia el marcado de Ciudad Peronia para comenzar a vender lo que a través de los años me daría la oportunidad de convertirme en Maestra de Educación Física.

Por alguna razón esa mañana me tardé más de la cuenta y me dejó el bus y me tocó esperar el siguiente. Para cuando llegué a Ciudad Peronia mientras la camioneta se acercaba a la parada del bulevar y la calle Éufrates vi a mi mamá muerta en llanto rodeada de las vecinas de la cuadra pensé que alguien de la familia había muerto.

Bajé con mi costal de manta y el ramo de claveles en mis manos, mi mamá al verme corrió a abrazarme con el amor y la ilusión con que nunca lo había hecho. No entendía qué pasaba solo escuchaba a mi mamá tancada en llanto y a la vez me pegaba a su cuerpo, a su regazo, me estrujaba con todas sus fuerzas y me decía: “mi muchachita , mi negra, mi niña,”. Nunca en su vida me había dicho ninguna de esas palabras. Fue tan sorpresivo para mí. Esa mañana escuché a mi mamá decir que me quería, pensé que realmente algo malo estaba sucediendo.

Desistió de mandarme a La Terminal pero como soy la más necia de las necias, le tocó aceptar que yo siguiera yendo y yo le prometí hacer todo lo posible por regresar en el mismo bus y así lo hice hasta el último día en que fui con mi costal de manta a comprar la fruta para los helados. Dejé de vender días antes de graduarme de maestra sin embargo cada vez que volvía a La Terminal daba el recorrido que hacía cuando la urgencia no me permitía comprar el ramo completo de claveles rojos. Muchas veces después del entreno en el Campo de Marte cuando era árbitra, me iba caminando y cruzaba el mercado y subía a la Avenida Bolívar, me iba por ahí por la pura fascinación de entrar a ese mundo, a ese mercado que brilla con luz propia.

Trato de imaginar qué sintió mi Nanoj cuando pasados los años después de 21 días sin saber de mi destino en la travesía migratoria que emprendí sin documentos, mi hermana la llamó en la madrugada que llegué a Chicago y le dijo: “mami ya vino la Negra”. Mi mamá le dijo que me quería escuchar. Mi voz cansada debido al viaje y al desvelo le dijo: “Nanoj ya estoy aquí crucé la frontera”. La escuché llorar con la misma sensación agridulce de angustia y felicidad como cuando me hacía perdida en La Terminal y aparecí. En esta ocasión no me pudo abrazar ni estrujarme en su regazo, ya no era una niña y estaba a miles de kilómetros de distancia.

Aquella tabla de madera puesta sobre unos bloques en el patio de la que fue nuestra casa, aquellas dos niñas sentadas frente a su mamá, es mi vida la imagen latente del inicio de un sueño. El sueño de mi madre: que sus crías aprendieran a leer y a escribir.

Ilka Oliva Corado.

Fuente: cronicasdeunainquilina.wordpress.com

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