Violencia y contraviolencia

10 abril, 2014

 Imagen-Ecuador: Violencia y contraviolencia

Elementos para comprender el “affaire” Jiménez-René Báez (*)

Nadie es inocente cuando el culpable es el juez.

Lucano

El derecho solamente es válido entre iguales; entre  desiguales domina la razón del más fuerte.

Tucídides

La ideología de la modernidad capitalista, ahora mundializada con la incorporación del ex bloque soviético y China a ese régimen productivo, concibe a la violencia política como un comportamiento consustancial a una supuesta e invariable  “naturaleza humana”.

Esta comprensión de la violencia es cuestionable por varios motivos. Esencialmente  porque omite  que la agresividad de los seres humanos es un producto histórico y, por lo mismo, está determinada preponderantemente por las condiciones concretas de la producción y reproducción de la vida social. El homo homini lupus –el hombre es el lobo del hombre- de Hobbes no sería, en consecuencia, una constante de la conducta de los hombres y las mujeres,   sino por el contrario un correlato de sociedades antagónicas, competitivas, individualistas y hedonistas. En suma,  socialdarwinianas.

Expuesto de otro  modo, las formaciones sociales inspiradas  en los principios del capitalismo (propiedad privada, libertad de empresa, libre mercado,  libre contratación, precios monetarios), al tener como meta cardinal la apropiación y concentración en manos privadas de los frutos del trabajo colectivo,  presuponen, por  un lado, la dominación ideológico-política de las clases propietarias sobre el conjunto de la sociedad; y, por otro, la necesidad de preservar a como dé lugar ese orden desigualitario mentalizado en desmedro de “los de abajo”.  La vigencia de estas condiciones, imprescindibles para la existencia y reproducción del  régimen productivo de marras, constituye el compromiso mayor del Estado capitalista, sea este “central” o “periférico”.

Paul Baran analizó tales funciones estatales desde una concepción  maximalista,  condensada en la fórmula “soborno o represión”;  fórmula matizada por otros autores bajo la disyuntiva  “concesión o disuasión”.

En el siglo XX la humanidad fue testigo de la implantación de procesos y acciones de violencia gubernamental tan irracionales, oprobiosos y sanguinarios como el fascismo de Mussolini y Hitler, aupado por grandes trusts europeos y viabilizado en última instancia por “jueces del horror”; el estalinismo y sus gulags, en la práctica, no fueron otra cosa que un discurso y unos instrumentos útiles para la forja del capitalismo de Estado en la Rusia zarista y en algunas naciones aledañas, y, en modo alguno, medios para la cristalización de la utopía socialista con la que soñaron los espíritus más generosos del XIX; en fin, el lanzamienzo, en 1945,  de   bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki  no supuso ni remotamente una acción defensiva legítima de la Casa Blanca, sino la coronación simbólica y terrorista de Estados Unidos como monarca del “mundo libre”.

En esta misma línea de reflexión, conviene no olvidar que hace pocos lustros América Latina –específicamente naciones como Brasil, Bolivia, Chile, Argentina, Uruguay- devino teatro de ominosas dictaduras militares y policiacas cuya estrategia politico-económica no era otra que, a partir de la demolición  de las organizaciones de izquierda e incluso de las democráticas convencionales, avanzar en la  desprotección de la mano de obra y de los recursos naturales endógenos para colocarlos al servicio de intereses monopólicos transnacionales –particularmente de base norteamericana y europea-, así como de los apetitos subalternos de oligarquías, burguesías y tecnocracias criollas. (Ver a este respecto los trabajos de Agustín Cueva compilados en Autoritarismo y fascismo en América Latina, Cuaderno Político No. 2, Centro de Pensamiento Crítico, Quito, 2013).

El pensamiento de Hayek y Friedman, por un lado; el panóptico, la picana y las ejecuciones a sangre fría, por otro, devinieron los argumentos de ese “fascismo colonial” (Aníbal Quijano), eufemísticamente bautizado como Nuevo Orden Internacional, pero que, en rigor, no era otra cosa que la implantación manu militari del viejo “modelo inglés” de division internacional del trabajo. Un esquema –según el cual y como se ha dicho- unos países se especializan en ganar (los fabricantes de productos industriales) y otros en perder (los proveedores de bienes agrícolas, ganaderos, pesqueros, petróleo, minerales metálicos y no metálicos).

En los albores del siglo XXI, a horcajadas de un parasitismo financiero cuyas dimensiones escapan a la imaginación más febril, el capitalismo ha evolucionado hasta consolidar un sistema  orgánico   mundial (no exento de contradicciones no antagónicas, conforme puede verificarse en el actual conflicto ucraniano). En este proceso, y desde la perspectiva de este análisis, conviene relievar un fenómeno asaz de peligroso y acelerado: la simbiosis entre capitalismo legal y capitalismo mafioso. Es decir, una suerte de corrupción sistémica con sus  inevitables reflejos autoritarios y represivos.

Este rasgo del capitalismo planetario habría avanzado tanto en los tiempos más recientes que un reconocido analista como  Carlos Fazio, particularmente a partir de una evaluación del México de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, escribía hace poco: “Vivimos en la era criminal, en democracias criminales o mafiosas. Las mafias se han  instalado en el corazón de nuestros sistemas politicos y económicos… Ejerce el poder quien puede dar  muerte a sus súbditos. O como dice Elías Canetti, el gobernante es el superviviente… Si el Estado como soberano puede decidir sobre la legislación, puede también dar muerte, en su nombre y en el de la ley, a muchos de sus ciudadanos, y hacer que consideren un deber el cumplimiento de ese acto de soberanía…  La historia actual exhibe que el Estado se permite todas las injusticias, todos los atropellos que deshonrarían a cualquier hombre de la calle”. (Mitos, crimen y política, México, 2014)

La lógica schmittiana del amigo-enemigo tan cara a los jerarcas nazis estaría de vuelta. El culpable siempre es  el otro o los otros.  Ya no serían únicamente los judíos, los católicos o los homosexuales las víctimas de esa aberración jurídico-política del delirante “Imperio de los mil años”. En los tiempos que corren,  el espectro de enemigos potenciales o reales del poder estatal ha crecido geométricamente y está constituido por los llamados disidentes de la globalización corporativa, una categoría política-militar-policial bastante laxa que puede incluir a campesinos organizados, líderes sindicales, comunidades indígenas o afrodescendientes, activistas de los derechos humanos, ecologistas, religiosos, intelectuales y periodistas no alineados, opositores democráticos, militares patriotas, jóvenes, niños de la calle… En pocas palabras, todos cuantos resistan a las reglas absolutistas del mercado, la competencia, la productividad, el saqueo y despilfarro de los bienes comunes, la calidad educativa conforme al diktat del hombre blanco (o amarillo)…

Estas crudas realidades de la modernidad capitalista ha nutrido una rica saga de libros-testimonio con títulos como Gomorra (Roberto Saviano), Mafia export (Francesco Forgione), Economía canalla.- La nueva realidad del capitalismo (Loretta Napoleoni), El capitalismo funeral (Vicente Verdú), Juárez en la sombra (Judith Torres), Drogas sin fronteras (Luis Astorga)…

Violencia y contraviolencia en Ecuador

A la luz de las anteriores aproximaciones teórico-históricas acaso puedan explicarse con mayor objetividad las sentencias a prisión dictadas por la justicia “correísta” contra Cléver Jiménez, un asambleísta coautor de un libro de denuncías titulado “Los secretos del feriado” (2014); Fernando Villavicencio, responsable de una investigación detectivesca sobre la venalidad del oficialismo publicada bajo el membrete de “Ecuador made in China” (2013), y Carlos Figueroa, un médico que a fines del año pasado lideró  jornadas de resistencia gremial al criminalizante  Código Orgánico Integral Penal (COIP).

Al cerrar esta apostilla, la moneda está en el aire.

Y esto porque al momento, y no precisamente por casualidad, “los tres más buscados por Carondelet” han encontrado solidaridad y abrigo entre los anónimos indígenas que pueblan la espesa amazonía ecuatoriana, compatriotas que acaso no se encuentren enterados que Ecuador cuenta ya con una universidad primermundista sarcásticamente nominada como Yachay y que, acaso, ni siquiera estén interesados en asistir a una escuela del milenio.

¿Quién dijo que la globocolonización siempre resulta  victoriosa?

 (*) Ex decano de Economía de la PUCE y miembro de la  International Writers Association. Autor de Antihistoria Ecuatoriana (2010).

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