El colonialismo de un honoris causa

13 mayo, 2014

Imagen-El colonialismo de un honoris causa

Por: Franklin Falconí

La imagen del presidente Rafael Correa durante la ceremonia de entrega del doctorado Honoris Causa en Barcelona, España, el 23 de abril, desencadenó una serie de bromas en las redes sociales.

No era para menos: vestido como misionero religioso del siglo XVI (con toga, museta, puños y birrete), Correa se metió en el papel del civilizador llegado de las Indias que Colón había “descubierto” hace ya casi 522 años, y contó cómo es ahora ese salvaje país de los años previos a su elección como presidente. “Ecuador era el ejemplo de todo lo malo”, dijo.

La exposición del mandatario desde ese atril elevado del paraninfo de la Universidad de Barcelona, hacía imaginarse cómo fueron los primeros reportes de Cristóforo Colombo (más tarde autonombrado Cristóbal Colón) a los reyes españoles que habían financiado su loca expedición, de la cual no esperaba solo obtener oro, sino, sobre todo, ganar nuevos fieles a la religión católica, pues consideraba que esa era su misión divina.

Así hablaba Colón en sus primeras crónicas: “Y los árboles allí diz que eran tan viciosos, que las hojas dejaban de ser verdes y eran prietas de verdura… Vino el olor tan bueno y suave de flores o árboles de la tierra, que era la cosa más dulce del mundo. Dice que es aquella isla la más hermosa que ojos hayan visto” (Diario. 20.10.1492). Y así habló Correa: “Permítanme contarles sobre un país fascinante, el país megadiverso más compacto del mundo…

En Ecuador tenemos cuatro mundos en un mismo día: el turista que nos visita podrá desayunar en la playa, con frutos del mar recién pescados en las costas del Pacífico; luego almorzar en las faldas del Cayambe, un soberbio glacial en la línea equinoccial; y más tarde cenar en plena selva amazónica. Al día siguiente, a una hora de vuelo, nuestro asombrado turista estará en las Islas Galápagos, una de las siete maravillas naturales del planeta”.

Ambos, Colón y Correa, resultan promotores de la belleza natural de estas tierras y convencidos de que tienen encargada una misión divina: salvar de la herejía a América Latina y convertirla a la racionalidad española, europea, occidental, primer mundista. “Ingresamos a PISA, programa internacional para la evaluación de estudiantes, de la OCDE… Con la European Foundation for Quality Management estamos iniciando un proceso de largo plazo, para calificar la calidad de todos nuestros establecimientos educativos. No le tenemos miedo a la evaluación, es más buscamos la evaluación, y si es externa mucho mejor. Aquí sí creemos en la globalización y en estándares internacionales”, dijo el mandatario. Como antes hizo Colón, Correa habló del Sur con el lenguaje del Norte, miraba al Sur parado en el Norte… Según lo analiza Tzvetan Todorov, en su libro “La Conquista de América, el problema del otro”, cuando Colón llegó a este continente lo vio tratando de confirmar sus ideas preconcebidas sobre Las Indias, nunca pensó en que la realidad de estos lugares era propia, diferente a lo que en su pensamiento estaba esquematizado. El navegante

El navegante hablaba de los habitantes de esas tierras como si hicieran parte del paisaje, no entraba en su lógica la posibilidad de que fueran seres humanos con un destino que debían labrarse con sus propias manos: “Siempre en lo que hasta allí había descubierto iba bien en mejor, así en las tierras y arboledas y hierbas y frutos y flores como en las gentes” (Diario. 25.11.1492). Y la percepción sobre esas gentes variaba, según Todorov, de posturas condescendientes a denigrantes y llenas de odio, dependiendo de cómo se ajustaban esas gentes a sus proyectos civilizatorios: “dice el almirante que no puede creer que hombre haya visto gente de tan buenos corazones… Son sin armas y tan temerosos que a una persona de los nuestros fuyen cientos dellos, aunque burlen con ellos” (Diario. 21.12.1492). Pero, según cuenta Todorov, “Colón deja tranquilamente a una parte de sus hombres, al final del primer viaje, en la isla española; y, al volver un año más tarde, le es forzoso admitir que fueron asesinados por esos indios miedos e ignorantes”.

Ahora escuchemos la descripción de las nacionalidades y pueblos que el presidente Correa realizó: “Más del 20% de nuestro territorio está protegido en 49 reservas y parques nacionales, entre ellos el parque Yasuní, un tesoro de la Amazonía y reserva de la biosfera. También la diversidad de nuestras culturas es impresionante: además de una mayoría mestiza, tenemos 14 nacionalidades indígenas con sus correspondientes lenguas ancestrales, incluyendo a dos pueblos no contactados, que han preferido el aislamiento voluntario en el corazón de la selva virgen. Nuestra nueva Constitución define al Ecuador como un Estado unitario, pero plurinacional y multicultural”. Es decir, los Tagaeri y Taromenane, que en la Asamblea se empeñaron en invisibilizar, ahora son mencionados como un producto turístico, parte del entorno natural. Internamente, esos atractivos turísticos son tratados despectivamente como “emplumados y emponchados”, “indios roscas”, entre otros calificativos.

Y esa Constitución, que tantas molestias le causa al proyecto político del Presidente, es exhibida afuera como una de las principales pruebas de que en Ecuador se vive una revolución. Como lo señala Raúl Moscoso: “se dice que la Constitución ecuatoriana es la más garantista de la Tierra, mediáticamente se pregona como la más progresista, pero solo es un producto de exportación, para proyectar una imagen progresista, porque al final es una farsa en la aplicación diaria, no solo en lo penal sino en todas las acciones jurisdiccionales”.

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