China: Los migrantes clandestinos del interior

16 mayo, 2014

Imagen-Los migrantes clandestinos del interior

Trabajador Mingong

[Reseña del libro La Chine et ses migrants. La conquête d’une citoyenneté, Rennes, PUR, 2013, 388 p., de Chloé Froissart, en el que la autora expone un estudio a fondo de uno de los fenómenos más importantes de la China de las reformas: el acceso diferido a la ciudadanía de cientos de millones de obreros procedentes de las zonas rurales con el fin de garantizar una mano de obra barata para la industria.]

En China hay unos 240 millones de migrantes internos de los casi 740 millones que hay en todo el mundo; un número equivalente al de la totalidad de migrantes internacionales del planeta. Entre estos migrantes internos, alrededor de cien millones son clandestinos en su propio país debido a la existencia de un pasaporte interior, el hukou, que vincula los derechos sociales al lugar de nacimiento y bloquea de este modo la libre circulación de los trabajadores chinos en su propio país. Son pocos los países del mundo que todavía tienen un sistema de pasaporte interior, pero la pervivencia de este régimen favorece la competitividad de los productos chinos en el mercado mundial y atrae la inversión extranjera gracias al bajo coste de la mano de obra china clandestina. El libro, que desarrolla la tesis de Chloé Froissart, se centra en la definición y el funcionamiento de la ciudadanía en el régimen político chino. Es fruto de un minucioso trabajo de campo, llevado a cabo en particular en la región de Shengdu (Sichuán), y constituye uno de los análisis más profundos de un sistema, el hukou, que hace que trabajadores chinos de procedencia rural sean migrantes clandestinos en su propio país.

¿Cuántos son? No hay registros, pero diversos datos permiten cifrar en 240 millones el número de migrantes internos en China, es decir, tantos como el total de migrantes internacionales en todo el planeta, y entre ellos hay de 90 a 100 millones de clandestinos, migrantes interiores que carecen de los documentos que les autorizan a circular dentro del país en busca de empleo. ¿Cómo se ha llegado a esto? La autora explica, en esta obra apasionante y muy documentada, que la separación fundamental del estatuto legal entre los residentes de las ciudades y del campo se instauró en la década de 1950, y que se mantiene igual, o casi, hasta nuestros días, mediante un pasaporte interior. Todos los chinos son ciudadanos, pero algunos son más iguales que otros, pues sus salarios difieren radicalmente según la procedencia urbana o rural, una discriminación difícil de admitir teniendo en cuenta, además, que en la era de Mao Tse Tung fueron los campesinos quienes financiaron con su trabajo la industrialización del país, permitiendo que el Estado se hiciera cargo de los obreros y empleados urbanos desde que nacían hasta que morían.

Los mingong: campesinos convertidos en obreros urbanos clandestinos

Con la industrialización galopante de las ciudades en los últimos treinta años y el proceso de urbanización masiva asociada a la entrada en la economía de mercado apareció una nueva categoría de ciudadanos de segunda, los mingong (obreros migrantes de origen campesino), que poseen un hukou agrícola, pero que se han ido a trabajar a la ciudad. Este sistema, que se ha vuelto hereditario, bloquea la movilidad territorial y social y profundiza la distancia entre su situación de hecho (trabajadores rurales que desempeñan oficios urbanos) y su estatuto legal (debido a que los derechos sociales están vinculados en China al lugar de nacimiento). Esta distancia se ve incrementada por el hecho de que China ha conocido durante este periodo el éxodo rural más vasto de la historia mundial y de que la población urbana es hoy más numerosa que la rural (690,8 millones de urbanos de un total de 1.350 millones de habitantes en 2011). El 32% de los habitantes urbanos carecen de un hukou urbano en la ciudad en que residen.

Chloé Froissart explica en la primera parte de su libro cómo Mao creó, con el hukou, una sociedad de castas en lugar de una sociedad sin clases. Este sistema de registro y control de la población, que definió las relaciones entre el Estado y los ciudadanos chinos y se concibió con el fin de impulsar la industrialización del país sin urbanizar a la población, se aparta de la concepción occidental de la ciudadanía surgida de la Ilustración confiriendo un carácter dual a la sociedad china. Inspirado en la propiska soviética instaurada en 1932 y abolida en 1994, el hukou se mantiene sin muchos visos de desaparecer, pues permite conciliar más o menos la economía de mercado (con trabajadores clandestinos privados de derechos y muy mal pagados, y por tanto muy competitivos a escala mundial) con la estabilidad del Estado comunista que sobrevive, controla y sanciona de la manera que analizó Michel Foucault, a quien se remite la autora. Así se profundiza la discriminación entre una minoría de privilegiados que gozan de un hukou urbano y la mayoría de los ciudadanos chinos, que viven en la ciudad, pero solo disponen de un hukou rural, lo que no solo merma sus derechos, sino que también los expone a controles de identidad, a la detención y a veces incluso a la muerte a palos. En efecto, desde 1958 se puede “descender” en la escala legal, pero no “ascender”, o muy difícilmente. Estos migrantes interiores desempeñan el papel de los gastarbeiter, los temporeros que son devueltos a su país una vez finalizada la tarea. Pagan sus impuestos como residentes de la zona rural, sufragando así los subsidios a una población urbana que en muchos casos ha abandonado la condición obrera.

Una mano de obra sin derecho a la movilidad

¿Ha supuesto la reimplantación de la economía de mercado una gestión flexible del hukou? Antes que nada ha dado lugar al resurgimiento de migraciones espontáneas en las décadas de 1980 y 1990, liberando a una parte de la población agrícola de sus tareas tradicionales, pero desligándola del lugar que ocupaba en el sistema de producción y del lugar de residencia. Aunque –como escribe Chloé Froissart en la segunda parte de su libro– la agricultura china tenga un bajo nivel de productividad, los agricultores chinos alimentan sin embargo a más de una quinta parte de la humanidad, a pesar de no explotar más que el 7% de las tierras cultivadas. La economía de mercado es sobre todo urbana, y la ciudad atrae a los campesinos gracias a los salarios más elevados y a un mayor bienestar con acceso al consumo y a las actividades de ocio. Así, entre 1980 y mediados de la década de 1990, una población “flotante” de 80 millones de personas abandonó el campo, al precio de la pérdida de sus derechos sociales. Se trata sobre todo de jóvenes (23 años en promedio), escolarizados, solteros, que nunca habían cultivado la tierra y que en muchos casos se criaron o nacieron en la ciudad, pues el hukou se hereda de la madre, ya que al principio las mujeres eran menos móviles que los hombres. A través del hukou, el Estado trata de “controlar de cerca el desarrollo de las grandes ciudades, desarrollar racionalmente las ciudades medianas y promover con fuerza el desarrollo de las ciudades pequeñas” (p. 99). Mientras que el Estado frena de este modo la movilidad, las provincias pobres tratan, por el contrario, de favorecer las migraciones para aligerar el peso de la población sobre la tierra y mitigar la pobreza.

Este sistema sumamente burocrático, aplicado a una población de 1.300 millones de ciudadanos, es poco eficaz, pues da lugar a toda clase de sobornos y corruptelas con respecto a los permisos de residencia y a campañas de “limpieza” de los “sin papeles”, que se ven privados del acceso a la educación y a la sanidad, del derecho de voto, del crédito bancario, del derecho al segundo hijo, carentes de contrato de trabajo y sometidos a la represión cotidiana, despedidos en caso de recesión económica y que en muchos casos realizan trabajos sucios, peligrosos y penosos. Las mujeres están todavía más discriminadas que los hombres, pues han de soportar horarios interminables en los que la vida laboral por cuenta de familiares venidos también del campo a la ciudad se confunde con la vida privada. Con la economía de mercado, el sistema se ha adaptado, formando un muro invisible entre urbanos y rurales que se han trasladado a la ciudad, pero sin poner en entredicho el hukou, salvo entre los académicos y las ONG o con ocasión de una huelga masiva. En efecto, son muchos los obstáculos que se oponen a la toma de conciencia generalizada: la tierra no deja de ser un seguro en caso de crisis y muchos rurales urbanizados no quieren renunciar a esta válvula de seguridad; la relación de los migrantes con el Derecho se explica en parte por la desconfianza de los campesinos con respecto al Estado, frente al que prefieren los lazos de solidaridad familiares y relacionales; saben que recurrir a los sindicatos, a los patronos y a las instituciones locales no suele servir de mucho.

La cuestión de la integración

Ya en el nuevo milenio, Chloé Froissart expone, en la cuarta parte del libro, un cuarto reto que se plantea ahora para las políticas públicas, nacionales y locales: la integración de los migrantes en la ciudad, pues esta mano de obra barata se ha convertido en el pilar de la economía china y de su competitividad en virtud de su bajo coste, haciendo que China sea el primer país beneficiario de la inversión extranjera directa del mundo. Se han creado escuelas paralelas para evitar una nueva generación de analfabetos entre los hijos de los primeros migrantes, lo que supone una toma de conciencia mediatizada del desfase existente entre la urbanización de China y la inadaptación del sistema político-administrativo a las necesidades de la economía liberal. Ciertas reformas superficiales han permitido a quienes tienen dinero o una licenciatura demandada comprar un hukou urbano (aunque tan solo con un “sello azul” en vez del “sello rojo” que le confiere carácter hereditario), pero el hukou desempeña una función demasiado importante para que sea abolido.

El movimiento de defensa de los derechos, al que está dedicada la quinta parte del libro, sigue estando dividido a pesar de la movilización que se produjo a raíz del asesinato de un joven en 2003 (Sun Zhigang), pero el poder político suele desentenderse pese a algunos avances (especialmente la evolución de los contratos de trabajo) y a la gran oleada de huelgas de 2010. La autora concluye que la ciudadanía china está estratificada: los trabajadores migrantes han sustituido a la antigua clase obrera de la época del maoísmo, ya que los proletarios urbanos provenientes del campo siguen siendo los más marginados. Escribe que “las posibilidades de que la profundización de las reformas económicas y la continuidad de las migraciones puedan conducir finalmente a la democratización del régimen chino son escasas, ya que es poco probable que se produzca una radicalización repentina y una politización de los trabajadores, debido a que los migrantes se han visto promovidos a la categoría de nueva clase obrera” (p. 376). El hukou sigue siendo el pilar del régimen autoritario chino: es un obstáculo a la libertad de circulación interior, pero mantiene un equilibrio precario que garantiza la permanencia del partido en el poder y el atractivo económico del país, lo que explica que las reformas del hukou apenas hayan avanzado en los últimos años. ¿Para cuándo la igualdad de derechos de los ciudadanos? Gracias a esta obra notable podemos calibrar el camino que queda por recorrer para hacer que las normas se ajusten a la realidad.

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Traducción: VIENTO SUR

Más Información:  vientosur.info

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