Ciudadania y Derechos Humanos

29 mayo, 2014

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Por Fernando Armendáriz

El concepto de ciudadanía viene desde lejos. Siempre estuvo ligada a la posesión de derechos .

En la democracia ateniense la “polis” o ciudad otorgaba los derechos a participar en la vida política y social a sus ciudadanos pero excluía de esta consideración a las mujeres, niñas y niños y metecos (extranjeros libres con permiso de residencia). Ya entonces “tener papeles” era importante.

La definición que adquirirá la palabra persona será equivalente y sinónima de la de ciudadano. Servirá en el futuro para designar a los seres humanos como seres inteligentes y libres. Inteligente se entiende que es la persona capaz de distinguir entre el bien y el mal, lo digno y lo indigno y por tanto con una capacidad ética. También es un ser racional, capaz de distinguir entre lo verdadero y lo falso. Ylibre; esto es, que será dueño de su comportamiento y responsable de sus actos. Dicho así, en masculino, porque no se reconocía en aquel tiempo a las mujeres como poseedoras de cualidades ni atributos que sí se le otorgaban al hombre.

Este discurso filosófico sobre la persona–ciudadana incorpora elementos fundamentales en la naturaleza de los Derechos Humanos: dignidad y libertad, aunque aún no se perciba en ese momento histórico.

En la Francia revolucionaria de 1789 se promulga la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano. En ella se inspiran los Derechos Civiles y Políticos que recogerá la primera parte de la Declaración Universal de 1948. Pero aquí la ciudadanía también se niega a los esclavos y judíos y, de nuevo, a las mujeres. Sin embargo, la revolucionaria y defensora de los derechos de las mujeres Olympe de Gouges proclama y reivindica  la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana. Acabó en la guillotina.

No estamos ante una discusión novedosa ni moderna pero sí ante un tiempo nuevo. El mundo se ha hecho más cercano, la comunicación más global y los valores y derechos más universales. Al menos esta es nuestra aspiración.

Por tanto, debemos proclamar una ciudadanía universal. Que sea inclusiva, transversal y respetuosa con la diversidad y que se vincule al disfrute de los Derechos Humanos y se globalice en su vigencia y desarrollo.

De esta manera, hablar de ciudadanía supone consecuentemente hablar de Derechos Humanos y también de los deberes que conlleva su cumplimiento. No existen fronteras para los derechos ni particularidades que los restrinjan.

Todo ciudadano y ciudadana por el hecho de constituir un ser humano nace libre e igual en dignidad y derechos y forma parte de esa comunidad global que es el mundo que habitamos y ante el que adquirimos responsabilidades. Debemos preservarlo, como nueva polis donde ejercer nuestraciudadanía global hoy. Asimismo, como herencia que ejercerán las personas que lo habiten en el futuro.

Una ciudadanía global en un espacio local

La ciudadanía es una cualidad, una condición de las personas que se hace efectiva en las prácticas que definen a estas como integrantes de una sociedad, en relación con otras personas, y con los Estados. Los Derechos Humanos funcionan, precisamente, como marco ético que rige estas relaciones. Los derechos son inalienables e indivisibles y en su desarrollo van enriqueciéndose al incluir nuevas dimensiones y sujetos. Primero fueron los Derechos Civiles y Políticos, luego los Económicos Sociales y Culturales. Los han completado otros, como el derecho al medio ambiente o los derechos sexuales y reproductivos.

Al mismo tiempo, que todo ser humano es titular de derechos lo es también de responsabilidades y deberes. El Estado lo es de obligaciones y, así debe velar en los mismos términos de igualdad por el cumplimiento de los derechos de toda la ciudadanía sin discriminación por etnia, sexo, color o procedencia y con especial atención a los sectores más débiles de la sociedad.

Hannah Arendt define la ciudadanía como “el derecho a tener derechos”. Sin embargo – como es bien sabido – los derechos humanos no siempre se aceptan, ni se cumplen, ni están reconocidos como condición de la ciudadanía. Precisamente, la validez de los Derechos Humanos se pone de manifiesto por su violación y cuando esta ocurre es la propia ciudadanía la que lucha por su cumplimiento.

En lo local y lo global contemplamos una profunda restricción de derechos. Primero, fueron los Derechos Económicos Sociales y Culturales: después de los rescates bancarios no había con que pagarlos. Luego, ante las protestas cada vez más numerosas de la ciudadanía se comenzaron a limitar gravemente los Derechos Civiles y Políticos.

Ahora los gobiernos democráticos se ven obligados a seguir las instrucciones de entidades que ninguna urna eligió y las medidas para salir de la crisis, siempre cargada sobre las espaldas más frágiles, se dictan desde los centros financieros o los bancos centrales.

Parlamentos y gobiernos, locales, autonómicos o estatales imponen decisiones cada vez más draconianas, que dejan desprotegidos a los sectores más vulnerables de la sociedad; personas desempleadas, pensionistas, jóvenes, personas migrantes… El Estado cada vez se hace más pequeño como garante de derechos y aumentan, eso sí, los medios necesarios para controlar y reprimir las explosiones de protesta legítima que surgen. La seguridad se convierte en control policial y no deviene en la tranquilidad de disponer de recursos vitales para una vida plena. La democracia se transforma en un acto formal que ejercido, poco o nada sustancial puede cambiar.

La ciudadanía ha perdido el control de la “polis” porque se le han negado los derechos que por naturaleza le son intrínsecos. Esto sucede, aunque sea en distinto grado e intensidad en numerosos escenarios mundiales y locales.

Y si los Derechos Humanos se reducen, cuestionan o, simplemente, se niegan a escala global, la lucha por recuperarlos, defenderlos o ampliarlos también adquiere esa dimensión global.

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Fuente: espacio-redo.es

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