Estados Unidos: Cazadores de migrantes

7 agosto, 2014

Imagen-Estados Unidos: Cazadores de migrantes

Mientras Washington se empantana en el tema de la inmigración, algunos rancheros de Texas han tomado la ley en sus manos.

El rancho de Michael Vickers, 112 kilómetros al norte de la frontera entre Estados Unidos y México, en el condado de Brooks, Texas, está cerca de un puesto de control de la Patrulla Fronteriza estadounidense. Los migrantes indocumentados caminan a través de un área cubierta de áspera maleza en su propiedad para evitar ser capturados. Una cerca eléctrica rodea los casi 1000 acres; sus 220 voltios, dice Vickers, un veterinario local y ávido cazador, “no los matarán, pero harán que mojen sus pantalones”.

 Antes de guiar a una reportera por un recorrido en su rancho, Vickers toma una docena de fotografías ampliadas de migrantes que murieron o han sido detenidos en su propiedad. En una de ellas, el cuerpo de un hombre sin camisa está tumbado contra un árbol; su cabeza cuelga sin fuerza sobre un hombro. El hombre no tiene ojos y varios hilos de sangre salen de las cuencas vacías. Hojeando un libro de identificación de aves, Vickers se detiene en una página que muestra al caracara coronado. “Esta es el ave que se comió sus ojos, probablemente mientras el hombre aún vivía”, dice, mirando fijamente la ilustración del ave de rostro amarillo y afilado pico.

 En 2006, Vickers y su esposa, Linda, fundaron los Voluntarios de la Frontera de Texas, el cual actualmente cuenta con unos 300 reclutas que visten en ropa de faena y patrullan ranchos privados en el sur de Texas. Suelen usar anteojos de visión nocturna y equipos de obtención de imágenes térmicas para seguir a las personas en la oscuridad. Cuando descubren migrantes, dicen, alertan a la Patrulla Fronteriza. Las instrucciones escritas para los voluntarios les ordenan no acercarse a más de 10 metros de un supuesto migrante, excepto en casos de emergencia “extrema”. Aun en esos casos, dice Vickers, les advierten a los voluntarios que proporcionan primeros auxilios que estén alertas, pues muchos migrantes llevan cuchillos.

 En su casa, Linda distribuye un vaso de agua de fresa, pepino e infusión de menta, moviéndose ágilmente por toda la cocina con sus pantalones cortos de gimnasia, chaleco beige y botas vaqueras hasta la pantorrilla. En un pasillo cercano, una placa colgada en un muro dice: “Premio Superestrella 2012 entregado al equipo B.E.S.T. —119 inmigrantes ilegales denunciados, 101 detenciones de la Patrulla Fronteriza”. La placa honra a los perros de Linda, Blitz, Elsa, Schatten y Tinkerbell, tres de ellos pastores alemanes, que han sido entrenados para detectar migrantes.

 “Es imposible esconderse de estas narices”, dice Linda, añadiendo que sus perros pueden olfatear a migrantes a una distancia de hasta 500 metros en la dirección del viento. Una fotografía de ellos en su vehículo todoterreno fue la tarjeta de Navidad de los Vickers hace dos años, señala.

 Linda, jefa del Estado mayor de los Voluntarios de la Frontera de Texas, pasa la mayor parte de su tiempo en casa y afirma que frecuentemente ve migrantes indocumentados cerca de su propiedad. Sus perros, a quienes habla amorosamente en alemán básico, la alertan sobre ellos, dice. Pero no tiene miedo; en estas tierras, “una tiene que ponerse las pantaletas de niña grande”, dice con una sonrisa que revela sus dientes impecablemente blancos. Siempre va armada con un Colt .45 de cañón largo, la clase de arma que se utiliza para cazar patos, dice su marido. Su trabajo le da una gran satisfacción, señala.

 “Una se siente bien cuando la Patrulla Fronteriza atrapa a un grupo que una ha reportado”, dice. Las paredes de la oficina de los Vickers están cubiertas de cabezas de venados cuidadosamente ordenadas. Algunas más están tendidas sobre el piso. Linda casi nunca pasa el tiempo ahí, prefiere relajarse en la “habitación de estrógeno”, un área de la casa con cama de bronceado y sauna y que da a la piscina exterior de color zafiro.

 Gato y ratón

 El Condado de Brooks atrajo la atención de todo Estados Unidos en junio pasado, cuando los restos de docenas de migrantes no identificados fueron descubiertos en un cementerio local, enterrados en cajones de leche y bolsas de plástico. El condado tiene la mayor cantidad de muertes de migrantes en Texas: 129 en 2012, 87 en 2013, y 42 en lo que va del año, y se esperan muchos más durante los ardientes meses de verano. Es la sede de uno de los puntos de control con mayor actividad de la Patrulla Fronteriza. “En cierto sentido, lo que tenemos son dos fronteras”, señala Raquel Rubio-Goldsmith, coordinadora del Instituto Binacional de Migración de la Universidad de Arizona. “Tenemos una frontera real y la frontera establecida por los puntos de control”.

 El presidente Barack Obama se encuentra bajo una creciente presión política provocada por una reciente oleada de niños migrantes provenientes de Centroamérica, impulsados por los rumores de que su gobierno es más cordial con los migrantes que los gobiernos anteriores. Obama ha pedido al congreso US$3.7 mil millones en fondos de emergencia para afrontar la crisis, mientras que el gobernador de Texas, Rick

Perry, ha pedido el envío de soldados de la Guardia Nacional a la frontera.

Una de las principales promesas de campaña de Obama fue aprobar un exhaustivo proyecto de ley de reforma migratoria, pero hasta ahora sus esfuerzos han rendido pocos frutos. El Congreso está estancado, pues los republicanos conservadores rechazan cualquier cosa que no sea el endurecimiento de las medidas represivas contra las personas que entran ilegalmente a Estados Unidos. Mientras los políticos de Washington discuten sobre las causas de la crisis y lo que debe hacerse al respecto, los estadounidenses que viven en los estados fronterizos y más allá se encuentran cada vez más polarizados.

 Texas está especialmente dividido. Demográficamente, está convirtiéndose en un estado más hispánico, lo cual incrementa las posibilidades de que los demócratas obtengan ganancias en ese estado si pueden presentarse como más comprensivos hacia las preocupaciones de los migrantes. Al mismo tiempo, residentes como los Vickers enfrentan de primera mano los problemas causados por el influjo de migrantes indocumentados.

 Los migrantes que llegan hasta el condado de Brooks generalmente son adultos, ya que los menores que cruzan la frontera suelen entregarse a las autoridades estadounidenses, confiando en que no serán deportados de inmediato. Los rancheros del condado de Brooks se quejan de los daños materiales y la basura que dejan los migrantes, a quienes se les llama en estas tierras “ilegales” o “mojados”.

 Un día, a principios de julio, dos hombres y dos mujeres de Guatemala que parecían tener poco menos de 20 años fueron descubiertos y denunciados a la Patrulla Fronteriza. Sus ojos estaban hundidos, y su piel, calcinada por el inclemente y agobiante sol que los persiguió mientras caminaron durante tres días a casi 40 °C de temperatura. Cuando los agentes llegaron, los cuatro parecían resignados; caminaron y se sentaron en el pequeño triángulo de sombra proyectado por la SUV de la Patrulla Fronteriza. Tres migrantes más salieron de entre los arbustos y se unieron al grupo.

 En el camino, una mujer se pasea cerca de la entrada de un rancho, con una camiseta verde militar apretando sus rollizas curvas y confundiéndose con el fondo.

B. J., como pidió ser llamada la mujer de 53 años, administra varios ranchos de gran tamaño en el condado de Brooks, con una población de 7237 personas. Dijo haber visto a los migrantes caminando por la autopista, por lo que notificó a la Patrulla Fronteriza.

 “Haré todo lo que esté a mi alcance para enviarlos de regreso”, dijo mientras se sentaba en una mesa de picnic de madera junto a la casa principal. Un par de esposas cuelgan junto a una chimenea cercana. Detrás de B. J. hay dos docenas de botellas de alcohol medio vacías y un letrero que dice: “Si la vida te da limones… Saca el tequila y la sal”.

 Los rancheros como B. J. se consideran ellos mismos como la primera línea de defensa contra los migrantes. Antes de llamar a “los chicos”, como llama a los agentes de la Patrulla Fronteriza que constituyen la mayor parte de su círculo social, B. J. continúa con la “persecución”.

“Es un juego del gato y el ratón”, dice B. J. con una sonrisa, mientras conduce por los senderos del rancho. Su pistola Heckler & Koch P2000 descansa en el portavasos junto a su rodilla derecha. Empieza buscando huellas de pisadas: son más perceptibles en los caminos de arena que ha puesto junto a los senderos que alisa arrastrando neumáticos. Cuando ve un nuevo conjunto de huellas, conduce a toda velocidad por los senderos, encuentra a los migrantes, los persigue hasta que se cansan, los acorrala y luego grita en español, “Pa’bajo”.

  “No puede decirme que esto no es divertido”, dice, mascando tabaco y escupiendo el jugo en una botella de plástico vacía. “Más divertido que ir de compras y mirar los sitios”. Mientras se acerca a un letrero amarillo que dice “Precaución”, señala a varias personas corriendo a quienes había conducido hasta allí para hacer reír a sus amigos.

 ¿Qué pasa si los migrantes se resisten cuando ella los acorrala? Sonríe y dice que ya son demasiadas preguntas.

 La maleza por la que cruzan los migrantes en esta zona está formada por árboles de roble y mezquite. Por todas partes hay semillas diminutas con espinas irritantes que se pegan a la ropa y a la piel, y son tan abundantes como las serpientes venenosas. En amplias zonas de las propiedades que rodean al puesto de control, los agentes de Policía han colocado sensores.

Cuando no persigue migrantes, B. J., que es de ascendencia irlandesa, dedica varios días a la semana a reparar la cerca que los coyotes (traficantes de personas) dañan y recogiendo las botellas de agua que dejan los migrantes. También trabaja como valuadora de pérdidas de cosechas para el Departamento de Agricultura de Estados Unidos.

 B. J. vive sola con Wilson, una roca a la que dibujó un par de ojos, una nariz y labios fruncidos. Durante un reciente paseo en su vehículo, colocó a Wilson en el asiento trasero, envolviendo cuidadosamente con una toalla las partes posterior e inferior de la roca.

 “Nadie muere en mi rancho”

De octubre a mayo este año, 323 675 personas han sido detenidas a lo largo de la frontera sureste de Estados Unidos, un incremento de 15 por ciento en comparación con el año fiscal de 2013, de acuerdo con la Patrulla Fronteriza. Más de 52 000 de ellos son menores no acompañados provenientes de Honduras, Guatemala y El Salvador, que huyen de la violencia en la región, provocada por el narcotráfico, y atraídos por los rumores de amnistía en Estados Unidos.

 Agobiados, los agentes de la Patrulla Fronteriza situados a lo largo del Valle del Rio Grande han entregado a varios de estos migrantes un boleto de autobús hacia su destino final, junto con un citatorio ante el tribunal de inmigración. Sin embargo, para aquellos que continúan hacia el norte a través de la 281, la autopista antigua más larga de ese país, el viaje por el sur de Texas puede ser más traicionero que la frontera misma.

 Dieciséis kilómetros al norte del rancho de Vickers se encuentra Falfurrias, Texas, la ciudad más grande del condado de Brooks, llamada “La tierra del deleite del corazón”. Sus edificios, principalmente de un solo nivel, lucen descuidados, y muchos de ellos están abandonados. El sitio más destacado del pueblo es un Walmart, conocido tanto por su venta de artículos al por mayor como por la maleza detrás de él, un improvisado punto de descanso para los migrantes que han burlado el puesto de control, esquivado a los agentes de la Patrulla Fronteriza y se han ocultado de los vigilantes. Para ellos, la pregunta es si los coyotes que los dejaron antes del puesto de control pasarán a recogerlos en el momento y lugar en que dijeron que lo harían.

 Cerca de ahí se encuentra el Centro de Derechos Humanos del Sur de Texas. Es dirigido casi sin ayuda por Eduardo Canales, de 66 años, quien ha recaudado unos US$12 000 en donaciones privadas desde agosto pasado. Una mañana reciente, Canales se sienta frente a su computadora, se inclina sobre un mapa sencillo en blanco y negro que recibió vía fax de un hombre cuya hermana no sobrevivió al viaje. Sus líneas fueron dibujadas con una regla: la carretera 281 está arriba, dibujos rudimentarios de un rancho, un molino de viento, un tanque de agua y estaciones de caza debajo de ella. En el centro, justo encima de un alambre de púas dibujado cuidadosamente, un árbol. Junto a él, el dibujo de una persona con el nombre “Silvia”.

“Es muy raro conseguir un mapa así”, señala Canales, maravillándose ante sus detalles. El hermano de Silvia convenció a una de las personas que viajaban con ella, antes de que el grupo la dejara, de que dibujara el mapa, y luego lo envió a Canales.

 Canales hizo algunas llamadas a la oficina del sheriff, tratando de reunir un equipo para encontrar los restos de Silvia. Al principio, creyó que sería un proceso fácil y corrió a llenar el tanque de gasolina de su camión. Pero la oficina no tenía personal suficiente y, en todo caso, todo el mundo esperaba que la Patrulla Fronteriza obtuviera la autorización para entrar en el rancho identificado en el mapa. La mayoría de los rancheros han dado a la Patrulla Fronteriza una clave o código para abrir sus puertas, pero casi todas las personas que participan en rescates y detenciones cumplen con la “etiqueta del rancho” y llaman al propietario antes de entrar.

“El mayor desafío es que hay propiedades privadas por todas partes”, señala Canales, subrayando la diferencia entre los retos que enfrentan los migrantes en el sur de Texas en comparación con Arizona. Recientemente, organizó un equipo civil de búsqueda y rescate con aproximadamente 10 voluntarios que trabajan con el departamento del sheriff, pero han tenido dificultades para tener acceso a los ranchos y ayudar a los migrantes que han hecho llamadas al 911.

 Luciendo derrotado, Canales se desploma en su silla de oficina. “Tenemos que hacer frente a muchos obstáculos para salvar una vida”, dice. Su oficina contiene una pila de barriles de plástico azules con la palabra “Agua” pintada en color blanco. Uno de sus proyectos actuales consiste en convencer a los rancheros de poner estas estaciones de agua en sus propiedades. Las estaciones son sencillas y móviles, y los barriles están llenos de botellas de un galón de agua que los migrantes pueden tomar furtivamente y llevarlas consigo.

 Ha sido una ardua batalla: B. J. y los Vickers, entre otros, se han negado a poner estaciones de agua en sus ranchos, diciendo que eso haría que las cosas fueran demasiado fáciles para los migrantes. En todo caso, dicen los Vickers, los molinos de viento suministran una fuente de agua que es segura para el ganado y, por lo tanto, para los migrantes. En cuanto a B. J., expresa que cuando ve las botellas de agua dejadas por los migrantes regadas por todo el rancho, lo único que siente es un deseo de “ahorcarlos”.

 Algunos rancheros se han resignado. Raúl M. Ramírez, el juez del condado, es uno de ellos. Durante una entrevista en su oficina, su voz parecía cansada y áspera tras varios días de reuniones y entrevistas después del descubrimiento de los restos de migrantes enterrados sin ninguna dignidad en el cementerio local. Ramírez dice que aceptó que Canales colocara una estación de agua en su rancho, ubicado a 32 kilómetros al sur de Falfurrias, porque “nadie muere en mi rancho”.

 Está familiarizado con la desesperación que la muerte acarrea a las familias de los migrantes muertos. Ramírez es convocado a menudo para declarar muerto a algún migrante. Recuerda particularmente una llamada que recibió en 2012, poco después de declarar muerto a un mexicano de 39 años que falleció cerca de un Walmart. La hermana del hombre “quería saberlo todo, dónde había muerto, si había sufrido, si había sido atacado por coyotes y gallinazos, qué ropas vestía”, recuerda Ramírez.

Lavoyger Durham dirige el rancho El Tule justo a las afueras de Falfurrias. Piensa que el gobierno debería cerrar la frontera. Pero hasta entonces, dice, quiere hacer lo correcto. “La deshidratación es una muerte terrible”, menciona, y añade que las estaciones de agua que ha colocado le han valido las críticas de otros rancheros, que lo acusan de ayudar e incitar a los migrantes.

 Kass Hernández, uno de los administradores de rancho más jóvenes de Brooks, permitió que Canales colocara dos estaciones de agua en su propiedad. Hernández está perpetuamente enfadado por los daños materiales y la basura que los migrantes dejan; camina varios metros junto a la cerca, recogiendo suéteres, frascos de aspirina y botellas de agua, visiblemente disgustado. Pero “pusimos estaciones de agua porque es lo más humanitario”, dice, midiendo el alambre de púa cortado.

 Hernández ha colocado algunas escaleras de mano contra la cerca, con la esperanza de que los migrantes dejen de cortar el alambre, pero afirma que ha tenido daños con un valor de US$80 000.

 Cuando ve a varios migrantes juntos, llama a la Patrulla Fronteriza. “Es como si un perro defecara en el césped de la entrada”, dice acerca de los grupos. Pero afirma que siente compasión por los rezagados, aquellos que son demasiado débiles para aguantar el ritmo o están demasiado enfermos para seguir caminando. Si uno de ellos toca a su puerta, dice Hernández, lo invita a entrar, comparte su cena con él y permite que la persona haga una llamada telefónica a sus seres queridos en casa. Disfruta la compañía, añade, pero nunca baja la guardia. Durante una visita reciente a su casa, sacó una Uzi y una pistola .380 de detrás de los armarios de la cocina, y un rifle de asalto de un armario, y los colocó en la mesa de la cocina.

 Hernández dice que solía ir a las reuniones con la Patrulla Fronteriza, en las que los residentes del condado de Brooks presentan sus quejas. Una de las más frecuentes, de acuerdo con Hernández, es que cuando los agentes de la Patrulla Fronteriza entran en los ranchos, sus vehículos provocan incendios en la maleza.

 “Muchas personas han vendido sus propiedades y se han mudado a la ciudad con sus familias”, afirma Susan Kibbe, directora ejecutiva de la Asociación de Derechos de Propiedad de los Texanos del Sur. A los rancheros no solo les preocupan los asuntos de responsabilidad y los daños materiales, sino también su seguridad personal, dado el aumento en el tráfico de migrantes a través de sus propiedades, dice Kibbe.

 Hernández dejó de ir a las reuniones porque dijo que existe tensión entre él y otros rancheros que “hablan como si supieran todas las respuestas”.

 Pagar el precio

La mayoría de los residentes han encontrado puntos en común sobre un tema: la necesidad de convencer a Washington de que designe al condado de Brooks como un condado fronterizo, lo cual ayudaría a obtener recursos federales destinados a la seguridad de la frontera. Al condado le cuesta cerca de US$2250 manejar cada muerte de migrantes, y tales gastos han añadido presión a una economía local que ya se encuentra dañada debido a la reducción en los ingresos generados por el petróleo y el gas. El año pasado, el condado redujo la cobertura de salud y el sueldo de sus empleados.

 “Tenemos una crisis humanitaria, pero también tenemos un costo humanitario”, afirma Urbino Benny Martínez, ayudante principal del Departamento del Sheriff del condado de Brooks. Martínez afirma que los planes de aumentar el tamaño del puesto de control de tres a ocho carriles implicarían que el condado estuviera aún más abrumado por los gastos relacionados con la inmigración. Calcula que entre 300 y 500 migrantes atraviesan diariamente la maleza del condado de Brooks.

 Kate Spradley, profesora adjunta de antropología forense en la Universidad Estatal de Texas, forma parte del equipo encargado de identificar los restos de los migrantes encontrados en el condado de Brooks. “Uno puede comprender por qué se sienten abrumados. Están enfrentando un desastre masivo que crece lentamente”, dice.

 De acuerdo con Martínez, lo que el condado necesita es “más acción y menos palabras. Olvídese de los azules o de los rojos o de los independientes”. Mientras Washington se empantana en el tema de la inmigración, el condado de Brooks paga un alto precio, añade. Hace cinco años, su oficina tenía 10 asistentes de tiempo completo; ahora tiene cuatro.

 Elias Pompa es uno de esos asistentes. El padre soltero de 37 años complementa su sueldo base de US$24 000 anuales trabajando como mecánico. El hecho de ver constantemente restos de inmigrantes le ha afectado. En un cambio de turno reciente, recorrió las fotografías que tenía en su teléfono, buscando una en particular. Era la de una mujer guatemalteca de cerca de 20 años que había sido atropellada mientras cruzaba la autopista 281; sus destrozados restos quedaron esparcidos sobre el pavimento. Pompa dijo que el cadáver parecía “un pretzel”, y no pudo comer durante todo un día después de verlo.

De vuelta en el rancho de los Vickers, los perros de Linda caminan junto a uno de los charcos de agua del molino de viento, con algas flotando sobre su superficie rojiza.

 Mientras el anochecer se cierne sobre la maleza, Vickers conduce su vehículo todoterreno en silencio por los senderos zigzagueantes. Entonces, de repente, se detiene y busca sus binoculares. Los sostiene durante varios segundos frente a sus ojos entrecerrados, con una mirada de admiración en el rostro.

 Los venados le devuelven la mirada con sorpresa y luego, en un instante, vuelven saltando a la maleza.

Fuente: newsweek.mx

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