La semiotica del discurso politico

11 septiembre, 2014

Imagen-La semiotica del discurso politico

Por Tomas Rodríguez León

“Desde el discurso del poder, sus significantes y sus significados, se presenta a escrutinio las palabras de una comunidad cultural, me refiero tanto a la comunidad política como a su audiencia «la ciencia la vida de los signos en el seno de la vida social”

(Saussure).

Los signos clínicos y lingüísticos revelan interpretaciones ideológicas. El médico y el político proponen discursos e imponen verdades, tienen la discreción del diagnóstico y del pronóstico.

La aceptación del veredicto estará siempre mediatizada, pasiva o grácilmente, por el grado de confianza; la “rehabilitación” es el fin sentido por el paciente subordinado o la clase subalterna. Pero en el discurso del poder político, casi siempre la propuesta se orienta más al pronóstico, pues es en lo prospectivo donde encuentra insumos secuenciales para ser creíble ahora y en el futuro.

En su propia racionalidad, todo político trabaja por la posteridad, por su inmortalidad, la vanidad política asocia siempre el bienestar colectivo con su bienestar postrero (imagina el futuro con su monumento venerado). Los gobernantes autoritarios obsesionados por el mando, con alegorías lingüísticas racionalizan los tiempos verbales de su pretendida eternidad.

La poética de la política está en la demagogia y en sus efectos ilusorios, solo en la palabra adquiere su sustento. Los significantes idiomáticos no requieren más de lo necesario para ser vehículo de ideología, por ello su limitación al estructurar comunicación, advierte que no es su preocupación la interlocución, le basta el monologo. Innecesaria la interlocución, peligrosos los interlocutores, calificarlos e invalidarlos será una urgente necesidad política que busca hegemonía.

Al efecto, son útiles los mecanismos de intimidación o los procedimientos sin decoro. El derecho de mirar y no ser mirado es otro más de los afanes panópticos, quien mira y habla es el gobernante, el resto debe callar y bajar la cerviz.

La proliferación léxica permite ver la actitud del líder graficando referentes: “partidocracia” “pelucones” “somos la inmensa mayoría”, ejes de una semántica que siembra estereotipos. La utilización de recursos retóricos reemplaza toda metáfora y la misma se acompaña del acto gestual (romper un diario, decir que tal comunicador merece ser golpeado a patadas) donde ya no se escatiman esfuerzos por retener la vulgaridad agresiva. La palabra y la mímica se juntan.

El circunloquio, la polifonía cansina, la victimización, la exclusión del otro, posicionan el YO necesario que para suerte de todos debe prorrogarse como poder, deslegitimando al oponente del pasado que pueda proyectarse en el futuro, y para proteger al futuro se debe dar continuidad al presente (sic). El recurso empleado parte de una misma didáctica: hablar y no escuchar, buscar el aplauso comprensivo y hacer visibles a los opuestos solo para anularlos. Los mecanismos modernos de distribución de mensajes no por modernos construyen comunicación, pues no hay retorno, la interactividad es una falacia cuando la discrecionalidad del emisor preserva poder.

Las nuevas tecnologías multiplican la fragmentación que cultiva adherencias, replicando así fragmentos convenientes para afectar sentires. Y para configurar la pseudo comunicación se intercalan actividades – discursos, teatro, música, espectáculos – que bifurcan y unifican aplausos y magia. También, los medios a conveniencia contextualizaran o descontextualizaran a su manera.

Otros circunloquios que causan prurito a los intelectuales se repiten “no seamos ingenuos…prohibido olvidar…nadie se engañe” resultando útiles para la masa subordinada con objetivaciones simbólicas que posicionan la bondad del mandatario presente versus la maldad de los mandatarios pasados. Siempre la moral desde el poder trabaja a la inversa de la conciencia. Se concreta el encuadre en marcos cognitivos de actitudes profesorales sin interloquio; el profesor manda a escuchar y a hacer silencio, el poder se afirma no en aprendizajes sino en la dirección de la enseñanza intencionada y no deliberante.

Las dimensiones léxicas bipolarizadas se ponen de manifiesto, los “otros” son connotados negativamente y el “nosotros” es valorado de manera positiva (el nosotros es extrapolación del YO). Los recursos de la ontología del lenguaje, atravesaran desde el emisor la perspectiva del triunfo de la palabra lograda para hacerle entender al público la verdad y solo la verdad. El verbo se hará carne en la noción de algo que debe hacerse sentir como una entidad humanizada excepcional y sin reparos, al unísono. Por ello, todo lo que no coincida con el criterio del líder debe ser satanizado, y si es una disidencia interna será calificada de traición.

El reduccionismo conceptual, la estrechez del glosario y la reiteración de lexemas circulares son poco menos que consignas. Dos lexemas siguen marcando el proceso: revolución y ciudadanía, lexemas que ilustran todo el discurso en relación inversa a la realidad que es regresiva, faltan esquemas de pedagogía social, sobran discursos. La acción educativa como metodología que propicia cambio cultural da paso a la creencia que se vale incluso de la pedagogía del escarnio, recordando los relatos de Folcout donde vigilar, castigar y sembrar escarmiento son una enseñanza singularmente eficiente. El objetivo es claro lo que se busca es que se acepte las propuestas y pretensiones, convencer es la palabra clave en la acción comunicativa.

Una dimensión temporal de la palabra, emerge como noticia perenne, esta notica es el cambio que aunque no se percibe en la realidad se escucha en la cotidianidad. No solo que no se generan modificaciones sino que se retrocede desde la referencia ideológica matriz y desde la germinal plataforma que impulsó este proceso. Reaccionaria es la política ecológica y laboral, pero la palabra sigue decorando la fraseología revolucionaria.

Solo para citar ejemplos:

”Este es uno de los gobiernos más populares. De la historia de este país; “hoy más unidos que nunca…” “Insisto, hay que cambiar este país…“Apaguemos el televisor y tengamos la mente limpia”. “No es necesario leer periódicos” “Que no nos roben la esperanza”.

El discurso para las masas, afirma una actitud conservadora, se estructura como un lenguaje para oprimidos, en la misma morfología del poder anterior; sumisión, silencio, dominación e inaccesibilidad cultural. El que gobierna reitera siempre que los subordinados son vulnerables, son menores “no sean ingenuos, no se dejen engañar” o peor aún “no se dejen usar por la derecha y a los jóvenes “no se dejen manipular por el MPD” Se trata a las masas en la concepción panadera de la acepción y groseramente se le niega su capacidad de reflexión, critica y autonomía.

Pobreza de comunicación, todo es una brevedad, unos hablan, muchos callan y otros asienten u otorgan. Las masas, ausentadas en la interlocución, son receptoras que aplauden los saberes ajenos y supremos. Lo moderado y conservador se afirman, los cambios se expresan con una nueva realidad política y jurídica. Se fortalece el estado capitalista en una rara versión de liberalismo económico y totalitarismo directivo que exige silencios, mientras la aburrida palabra del poder continua en su monologo. Y al monologo de la gobernabilidad asfixiante se suma la desmovilización social ¿revolución?… mucha agua ya ha entrado al cántaro.

Cuando la comunicación alternativa se está volviendo subversiva, soez y multiplicadora, porque el fastidio de la consigna mil veces repetida no funciona (en fin de cuentas Goebles vivió en época de comunicación escasa, no tenía Facebook ni internet) el control se dificulta y el rol gendarme desordena la vigilancia. Todo indica que los escenarios contraculturales de la comunicación advierten nuevas realidades que coinciden con un poder que, aun sembrando imagen de energía, no puede negar su declinación en tobogán.

La gente termina hablando lo que quiere.

Fuente: lalineadefuego.info

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