¿Quien le teme a Rafael Correa? el problema (principal) no es la reeleccion indefinida, sino la poca preparacion de izquierda

15 septiembre, 2014

Imagen-¿Quien le teme a Rafael Correa? el problema no es la reeleccion indefinida, sino la poca preparacion de izquierda

Por Gerard Coffey

Es una creencia popular que las cosas viene de a tres. No sé si es cierto, pero la semana del 10 de agosto sí nos trajo tres importantes declaraciones relacionadas directo e indirectamente con la reelección indefinida del presidente.

Primero, el 10 de agosto, escuchamos la aserción de Rafael Correa de que no se escondería si la oposición reuniera las firmas para llamar a una consulta; unos días después llegaron las declaraciones de Jaime Nebot quién se mostró cauteloso opinando que por las manobras de Correa la consulta podría salir mal para la oposición; y finalmente, el 15 de agosto nos enteramos de que Jorge Glas había decidido no presentarse para las elecciones del 2017: se iba a casa, dijo.

Tres declaraciones que enturbian las aguas y cuatro preguntas que se desprenden de ellas: ¿Correa se postula al presidencia en el 2017 o no? Sí se va a casa ¿quién la reemplazará? ¿La consulta sobre la reelección indefinida sería una trampa para la oposición? Y para la izquierda, ¿vale unirse con la derecha con la intención de impedir la reelección de Correa?

 ¿La consulta es oportunidad o crisis?

La respuesta depende en gran medida de la posición que uno o una ocupa en el espectro político. No hay duda alguna de que a la derecha le caería de perlas la oportunidad de parar a Rafael Correa a través de una consulta antes que con una elección presidencial, y por eso hemos presenciado el espectáculo de viejas hienas políticas como Lucio Gutiérrez saliendo de sus cuevas, olfateando el viento, y circulando de nuevo en las sombras del palacio de Carondelet.

Mientras tanto, los comentaristas de los medios tradicionales que padecían palpitaciones debido a la enmienda constitucional bajo consideración de la Corte Constitucional, ahora respiran más hondo y Diego Oquendo ha dejado de lado sus pastillas anti depresivas. Las mentes turbias se han esclarecido, puestos más lúcidas y se han esforzado a sacar argumentos en contra de la reelección indefinida.

Alteraría la estructura del estado dicen unos, y por tanto solo se puede aprobar a través de una consulta popular. La opinión está dividida incluso entre gente que no es necesariamente amigo del gobierno, como Farith Simón. Otros sentencian que lo fundamental de la democracia es la alternabilidad. Tampoco estoy de acuerdo. La posición carece lógica: lo primordial de la democracia electoral es que los representantes y líderes sean escogidos por la población y no por poderes fácticos. La alternabilidad es secundaria y depende de cómo cada país decida definir los límites al poder de su presidente o primer ministro. Y existen múltiples variaciones . Declarar, como lo hizo César Montufar en su momento, que los países que permiten la reelección indefinida no son democráticos es, digamos, difícil de tomar en serio. Y, al final, es importante distinguir entre la posibilidad de la reelección indefinida y su ocurrencia en la práctica. No es lo mismo, definitivamente.

No es difícil, sin embargo, entender la resistencia a la reelección indefinida en una región donde en el pasado los dictadores abundaron. El temor es real. Pero si bien en teoría la reelección indefinida permitiría que un Presidente se quede para siempre, la experiencia de las democracias parlamentarias, que también cuentan con sus líderes fuertes, nos muestra que esto nunca sucede en la práctica. Y no sucede porque todo proceso político tiene su desenlace, y todo político, sin importar lo poderoso que se parezca, al fin se desgasta: la economía se cae, la corrupción le hunde, o la gente simplemente se molesta y se cansa de él o ella.

¿Había sobrevivido otra elección Hugo Chávez? Es de dudar. El PT en Brasil está al borde de la derrota, cosa impensable hace cuatro años. Todos ya no quieren ser Lula. Incluso aquí en el Ecuador, Alianza País padece fisuras serias, y cada vez más evidentes, que podrían llevarle al naufragio.

¿Es buena táctica entonces, promover una consulta? Para la derecha la respuesta podría ser afirmativa dependiendo de la facción. Si bien Jaime Nebot parece haberlo pensado dos veces, Guillermo Lasso dice estar convencido de que esta sea su oportunidad de derrotar a Correa, aunque sus motivos reales podrían tener más que ver con la posibilidad de restablecerse al frente de la derecha, y relegar al pretendiente, Mauricio Rodas, a su apropiado lugar (según Lasso).

Para la izquierda, en cambio, es difícil discernir algo positivo en la consulta. La derecha es más fuerte, mejor organizada y, en el caso de una victoria, sería la fuerza que más se beneficiaría de una debilitada Alianza País. La izquierda ni siquiera tiene candidato.

 La derecha y la debilidad del correismo

Si bien la derecha económica sabe chillar – lleva mucho tiempo practicado – en realidad no ha sufrido durante la era Correa: aunque el control les fastidia, los banqueros mal pueden decir que sufren , les va muy bien gracias, mientras los empresarios tienen su TLC con Europa, más una economía boyante y aparentemente estable.

Sin embargo, no sufrir no es lo mismo que renunciar al sueño derrotar a Rafael Correa y regresar a la tierra prometida donde el tuerto que es el mercado (es decir, el dinero) es rey. Pero la derecha tampoco es perezosa, y tenga o no la razón Nebot, no va a gastar tiempo soñando en una victoria legal. Ya está fraguando sus estrategias, cuenta con sus planes y con posible contendores en Mauricio Rodas y Guillermo Lasso. La candidatura de Lasso es menos creíble que la de Rodas y, claro está, este no vencerá a Correa mañana, ni el día siguiente. Pero si el actual alcalde de Quito logra sostener su trayectoria frente a los golpes que el oficialismo le pretende propinar, será un candidato serio dentro de unos pocos años. Y tiene cierta ventaja. Como ha señalado Jorge León, el problema de Alianza País en Quito es que una oposición dura y frontal podría resultar un tiro por la culata. La gente de Quito espera una nueva dirección y una energía renovada, no una batalla ideológica campal.

No es que Rodas busca una batalla. Cuenta con buenos asesores políticos y tiene una estrategia sencilla y clara: ser amable, positivo, conciliador, además de animado y fotogénico (lo que Augusto Barrera nunca pudo). Permitirá que Correa caiga en sus propios errores, tarea en la que, por supuesto, la prensa tiene todas las ganas de ayudarle. Para Rodas no hay necesidad de confrontar, solo esperar.

La izquierda

Aquí, la coyuntura es claramente menos clara. Frente a las experiencias negativas de la campaña de Alberto Acosta en el 2013, el centrismo extremo de Alianza País y Rafael Correa, y el desastre de la alianza con Lucio Gutiérrez, apenas sorprende que exista una falta de apetito por más aventuras electorales. El MPD ya no existe como partido político y Pachakutik es una cuantidad desconocida: ¿es de izquierda (pensar en Lourdes Tibán) o la manifestación de demandas étnicas que forman solo una parte de una agenda mucho más extensa? Sea lo que sea, Pachakutik es apenas el vehículo ideal para una izquierda amplia y renovada.

Por supuesto, nadie está obligando a la izquierda participar en la lid electoral. Se podría trabajar en las calles y en el campo (presumiendo que la lucha armada ya queda descartada, porque no funcionó) y luchar para un mundo ideal, para el Buen Vivir. Por desgracia esa opción no es lo que era en los años setenta u ochenta: el campo y la calle ahora son espacios distintos, mayoritariamente integrados a través de la televisión y el internet, llenos de consumidores, de gente ansiosa de formar parte del mundo moderno, gente que mira películas y programas de televisión de EE.UU. y que busca Vivir Bien, mejorar su nivel de vida y crear oportunidades para sus hijos a través de escuelas y universidades modernas. Es gente que siente que Correa hace un buen trabajo . No sé si es el resultado del individualismo promovido por el neoliberalismo o, más probable, si corresponde a la pirámide de necesidades de Maslow , al deseo largamente reprimido de satisfacer a las carestías más básicas: alimentos, vivienda, salud. Pero sea lo que sea, la lucha de la mayoría no parece tener que ver con el ‘buen vivir’ ni el socialismo, mucho menos la constitución – cosa que sospecho cae en la categoría de estratosférica – sino algo mucho más personal, más familiar, más básico.

La triste realidad es que abandonar el campo a AP y a la derecha no traerá mucha alegría: las críticas de la izquierda hasta ahora no encuentran eco y como están las cosas los únicos escenarios electorales son: cuatro años más de Rafael Correa; Alianza País con otro líder; y el centro derecha (pensar Avanza) o la derecha pura con el retorno a los valores del ‘mercado’, es decir los caprichos de los ricos. Puede que un gobierno de derecha unifique en oposición a las ahora fracturadas izquierdas, incluyendo a aquellos que aún siguen en el gobierno. Quizás conllevaría un renovado sentido de misión, pero no necesariamente mejoraría las posibilidades de mejorar las políticas socio-económicas del país.

 La praxis

En un interesante artículo publicado hace poco en gkillcity.com, Mathew Carpenter-Arrevalo habla de la estrategia política de Mauricio Rodas, y de lo que la oposición no capta. Habla de la necesidad de ser positivos , de reconocer la futilidad de pretender convencer al público, a los votantes no militantes (la clave de una victoria electoral), que Rafael Correa y Alianza País sean los malos de la película, cuando la gran mayoría de población está convencido de que no es así. El apoyo a Correa es alto porque la gente ve los hospitales, las universidades, las carreteras, las hidroeléctricas; vislumbra mejores oportunidades de ganarse la vida; vive una estabilidad política y económica casi sin precedentes; y son más orgullosos que nunca de ser ecuatorianos.

Es un escenario bastante complicado para cualquier opositor político. Y para la izquierda hay un complicación más. En su artículo Carpenter Arrevalo compara el escenario actual con la situación retratada en la película NO, donde la izquierda chilena es retado a decidir (entre mucho debate rencoroso) si está dispuesta a dejar de enfocarse en las más que válidas recriminaciones hacia Pinochet y su dictadura, para enfocarse en una campaña cuyo objetivo principal es convencer a la gente de que con ellos las cosas irán mejor. Al final decidieron ir por la ruta positiva, y ganaron.

A pesar de las evidentes diferencias, tanto en el tiempo como en el espacio, la situación ecuatoriana actual tiene algo de parecida. Carpenter-Arévalo especula que la estrategia ganadora aquí no sea “insistir en que la población vea la realidad que uno quiere, sino aceptar y entender que la realidad desde el punto de vista del ecuatoriano promedio – que sufrió diez años de gobernanza al estilo ‘Banana Republic’…” La observación parece tan lógica para apenas merecer discusión. Sin embargo, la necesidad de debatir y luego decidir, como los chilenos de la película, si vale constreñir las críticas, por lo menos ponerlas en segundo plano, para enfocarse en lo positivo y jugar para ganar, sí existe.

Es evidentemente una estrategia pragmática, pero ser pragmático y enfocarse en lo positivo no implica perder de vista una sociedad más igualitaria y menos injusta. Es ofrecer un correismo más equitativo, menos punitivo, menos represor, más conciliador, más eficiente. No será fácil construir una plataforma ganadora, todo lo contrario. No será fácil en la concepción ni la ejecución. Existen dificultades serias: la identificación de un programa conjunto; la concertación de una serie de políticas que se pueden promocionar sin que sean fácilmente tachadas de infantiles (y nada de veinte cinco puntos ‘claves’); definir una agenda y, quizás más complicado de todo, identificar a un candidato con credenciales: lúcido y, sobre todo, capaz de competir con la máquina publicitaria de Alianza País y el dinero de la derecha. Puede ser necesario formar otro partido. La ironía es que todo esto suena algo parecido al proceso de Alianza-Movimiento País del 2004-5. Puede que haya interrogantes y que no sea fácil, pero hay hacer algo. Y hay que hacerlo pronto.

 ¿Jugar para ganar?

La coyuntura política es familiar entonces, parecida a otros momentos, en otras izquierdas, en este y otros países. Y la pregunta clave es ¿jugamos para ganar o para concientizar? Y si la respuesta es para ganar, la siguiente interrogante es ¿estamos dispuestos hacer lo necesario?

Una ventaja, y lo digo pensando en la frase ‘no hay bien que por mal no venga’, es que hay menos partidos, (algo promovido en la constitución de Montecristi) y con ello una oportunidad de forjar un frente unido. Lo que pasó con el MPD fue un atropello, sin duda alguna, pero sus militantes deben reconocer que no es solo la gente de Alianza País que les odia; están pagando los platos rotos de las décadas anteriores y su hasta brutal injerencia en los espacios políticos, además del error garrafal de apoyar a la policía el 30 de Septiembre del 2010. Pero la ausencia de ese partido radical, cuya actuación en el parlamento no siempre ha sido exactamente radical, ahora ofrece la posibilidad de renovación. Si la actual dirigencia del MPD – que también, hay que decirlo, falta de renovación – está dispuesta a buscar la mejor forma de unir fuerzas y dejar de ser sectarios, cosa que en el pasado ha sido visto con mucho recelo pero que ahora se ve más como una responsabilidad, una nueva fuerza de izquierda podría emerger, una fuerza con opciones verdaderas de triunfar. Es una oportunidad de oro.

 Alianza País y la falta de institucionalidad

Que la reelección ponga a temblar a la oposición, no implica que dentro del oficialismo todo sea un lecho de rosas. El lado negativo es que Alianza País podría perder la oportunidad de convertirse en un partido (perdón, movimiento) verdadero: más sólido y mejor estructurado. Así obligando a los demás, se espera, hacer algo parecido, nada malo en un país cuya institucionalidad es, digamos, bastante débil. Hecho que no ha cambiado bajo Rafael Correa.

Hay también claras divergencias dentro del oficialismo respecto a la reelección indefinida, y puede que la posible continuación de Rafael Correa al frente de la agrupación no corresponda, necesariamente, a las ínfulas de poder del Presidente, sino a la necesidad de mantener una cada vez más frágil unidad interna. Una unidad que para el oficialismo resulta indispensable para seguir trabajando en temas no necesariamente muy populares como la ley de tierras y, tal vez más importante, para no permitir que se abra una batalla campal respecto al sucesor, batalla que podría fácilmente rendir Alianza País en varias facciones.

Es posible que Rafael Correa se vaya a casa, pero aun así, luce probable que Alianza País tenga la fuerza electoral para ganar otra elección presidencial, quizás con Jorge Glas en la proa de la nave pero con Correa en el timón. Lo desconocido en el caso de Glas es sí su ‘decisión’ de no postularse es real o simplemente una maniobra para fortalecer su posición interna. Interesante, en cualquier caso, que la noticia difundida en El Universo no haya provocado mayor comentario, lo que lleva a conclusión de que su renuncia es más ruido que nueces. Pero sea quién sea el o la candidata de Alianza País, ganar otra vez la presidencia no será garantía de nada: parece casi inevitable que en la Asamblea no haya mayoría, por lo menos de Alianza País. Y si bien el hiper-presidencialismo de la Constitución de Montecristi conlleva cierta zona de amortiguamiento, no será suficiente para evitar el desgaste del oficialismo.

Si Rafael Correa se queda, hay también dos posibilidades: podría ser para postularse de nuevo en el 2017, lo que no alterará el escenario para el partido, (a menos que pierda) o retirarse para no desgastar su imagen y manejar las riendas de una nueva administración liderada por un personaje joven y limpio, por ejemplo Gabriela Ribadeneira, para luego, siguiendo el ejemplo de Vladimir Putín, regresar renovado a la presidencia en el 2021.

 No hay por qué temer a Rafael Correa

A final de cuentas no hay que temer a la reelección, ni a Rafael Correa: más tarde o más temprano toda carrera política llega a su fin. La derrota del 23 de febrero en los comicios seccionales, la emergencia de posibles contrincantes capaces de unir a la derecha, la evidencia de las encuestas que señalan que una mayoría se opone a la reelección inmediata, y las ‘discusiones’ dentro de Alianza País son señales claras que el contexto ha cambiado, que Alianza País y Rafael Correa no son la fuerza de antes. El problema para la izquierda es posicionarse para aprovechar el desgaste, ofrecer una opción creíble, abrirse al público y no dejar el campo abierto a la derecha. Caso contrario, todos perderemos.

Fuente:  lalineadefuego.info

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