Ecuador: La dignidad gana, el miedo se aleja

19 septiembre, 2014

Imagen-Ecuador: La dignidad gana, el miedo se aleja

Por Franklin Falconí

La lucha social asciende en magnitud, contenido y dirección. ¿Números? La disputa política no está únicamente en comparar números de personas presentes en las manifestaciones gubernamentales y de oposición, aunque esa sea la forma de razonar de un gobierno de tecnócratas que lo piensan todo en medidas numéricas, especialmente cuando se trata de evaluar las capacidades de los ecuatorianos.

Y por eso mismo les preocupa tanto haber perdido en términos cuantitativos; en Quito, por lo menos, fueron muchos más los que marcharon en una actitud de rechazo a las políticas gubernamentales que los que asistieron a la “fiesta” en la Plaza Grande (que, si uno mide espacios físicos, es realmente chica). Y ni qué hablar si se suman todas las personas que participaron en las marchas contra el gobierno en Quito, Guayaquil, Cuenca, Latacunga, Lago Agrio, Riobamba, Machala, Portoviejo…

El real trasfondo político que queda luego de la masiva movilización de ayer en gran parte del país, es que existe un gobierno fuertemente golpeado en su imagen, que ha sido cuidadosa y persistentemente construida como imbatible y de casi absoluto respaldo popular. Queda claro que la mayoría de la población en el país se opone, o está inconforme y molesta, con la serie de medidas anti populares aplicadas en los últimos tiempos, como la elevación de los impuestos y el anuncio de otros más; la pretendida elevación de los pasajes, del precio del gas de uso doméstico, de las compras por internet, de la energía eléctrica, de productos importados… de todo.

Está opuesta a que se cobre un impuesto a la plusvalía de la tierra; a que se eche mano a recursos privados como los de los maestros, para colocarlos en una institución controlada por el gobierno; a que se les quite sin más ni más las utilidades a determinados trabajadores, bajo absurdos argumentos que no resisten el menor análisis; a que se impongan leyes, como la de Comunicación o el Código Orgánico Integral Penal (COIP), con la anuencia ciega de funciones del Estado como la Asamblea Nacional y la Corte Constitucional, convertidas en tapete de Carondelet.

La gente, los ecuatorianos de a pie, aquellos que ayer se sumaban espontáneamente a caminar junto a la clase obrera, o que desde los balcones, las aceras o desde su casas mandaban sus voces de respaldo a los manifestantes, tuvieron en la marcha un espacio vivificante de libertad para expresar su indignación, para gritar por sus derechos.

Lo que está ocurriendo en el Ecuador de hoy no solo es una especie de competencia atlética o de pulsación entre oficialismo y oposición, sino un retorno a la dignidad, una pérdida del miedo cada vez mayor. Ocurre que el movimiento social recupera confianza en su fortaleza, que está aprendiendo a enfrentar los golpes con respuestas aún más contundentes. Lo que está ocurriendo es aquello que muchos comentaban mientras caminaban hacia San Francisco, en Quito: se está comenzando a voltear la tortilla.

El ánimo de las manifestantes, sus consignas, pensadas en ese momento, dan la medida de la calidad de la jornada de ayer. Muchos se atrevieron a gritar, venciendo el miedo a ser etiquetados como “golpistas”, “desestabilizadores”, o “terroristas”: ¡FUERA CORREA! Consigna que ha hecho temblar a varios gobiernos desde el retorno a la democracia; consigna que más allá de no tener un asidero en un razonamiento objetivo en las condiciones actuales, expresa que esa característica de la lucha popular en el Ecuador sigue vigente: el convencimiento de que es posible obtener triunfos políticos de esa magnitud.

El otro aspecto que da trascendencia a esta jornada es su carácter unitario: diversos sectores sociales, diversas expresiones culturales estuvieron juntas y van integrándose en un todo común: un proyecto de recuperación de los derechos democráticos, de defensa de los intereses de los trabajadores.

Y es altamente significativo el hecho de que ahora sean las centrales sindicales las que evidencian un poder de convocatoria como el que ayer se hizo evidente; algo que no había ocurrido desde hace varios años; su dirigencia se pone a la cabeza y comparte ese protagonismo con las organizaciones sociales, de maestros, estudiantes, indígenas, de comerciantes minoristas, colectivos culturales, defensores de la naturaleza, de los derechos humanos, etc.

El asfalto de las principales ciudades del país ya extrañaba el caminar de los luchadores, en esas magnitudes; Quito, por ejemplo, lucía vivo, colorido, alegre, irreverente, rebelde como siempre ha sido.

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