Descalificar pero no convencer

1 octubre, 2014

Imagen-Descalificar pero no convencer

Por Marco Villarruel *

“Antes de la noche de Tlatelolco (1968), la sociedad mexicana recibió a través de los medios de comunicación constantes e intencionados mensajes consagrados a descalificar al movimiento estudiantil de 1968. Una de las acusaciones era la de que el movimiento estudiantil era alentado por agentes extranjeros que manipulaban a los jóvenes con propósitos de sedición política. A fuerza de repetirla cotidianamente se convirtió en una versión extendida aunque no unánime”, dice la revista mexicana Zócalo.

Esa retórica terminará justificando la acción armada contra el movimiento estudiantil.

Han pasado 38 años y muchas de las situaciones se repiten ahora en el escenario ecuatoriano. Un presidente que se anticipa a los hechos descalificando a los estudiantes y a varios dirigentes populares, indígenas, del magisterio ecuatorianos. Un presidente que analiza los hechos ocurridos en la marcha de los trabajadores exclusivamente con descalificaciones que van de lo político a lo cómico-trágico, pero que justifica y ampara un operativo jurídico-policial calculado y premeditado.

Ciertamente que las proporciones no son las mismas, pero el siniestro procedimiento es muy conocido y gastado. Es decir, acusar a los estudiantes de rebelión política, asalto a la propiedad privada, actos de vandalismo, para lanzar a la fuerza policial contra los jóvenes que tenían únicamente sus libros, eso es persistir en la vieja política de anticiparse en el ataque y la provocación para después justificar la represión.

Cierta prensa privada y la totalidad de los medios públicos han caído en la trampa y tras obedecer la orden de Carondelet siguen la saga de la descalificación a cuanto líder popular se ponga al paso, inventando para ello cualquier historia no importa si es de aquellas que estaban de moda en los años 70 y que fueron elaboradas en los laboratorios de la CIA.

Y es que el directivo máximo de la represión en el Ecuador, José Serrano, que la goza con sus mediáticas apariciones anunciando operativos contra las droga o cualquier otro acto delincuencial, no tuvo obstáculo alguno para acusar a los profesores y a los estudiantes de tener materiales propagandísticos del Fondo de Cesantía del Magisterio o materiales para fabricar bombas molotov. El mismo discurso, las mismas artimañas de los gobernantes burgueses de todas las ápocas para desacreditar la legitimidad de la protesta popular.

A los mentalizadores de ese bodrio indigerible desde la teoría política que se llama Revolución del siglo XXI, les cabe sin embargo la audacia suficiente para tratar de legitimarse históricamente mediante la organización de un inmenso circo de ideas socialdemócratas llamado Encuentro Latinoamericano Progresista, donde la idea predominante del caudillo de moda es “la restauración conservadora de la derecha”.

Lo hicieron con banquetes, bailes, viajes pagados, entrevistas en la prensa gobiernista. El moderador fue Guillaume Long, un dandy de la Revolución Ciudadana, que estigmatizó al marxismo y olvidó recordarles a sus invitados de lujo que las cárceles del Ecuador están repletas de luchadores populares. Ahí El Aparato no descalifica, sino que busca legitimarse.

Las medidas sociales y económicas han pasado a la refrigeradora. Ya se actualizarán los códigos laborales, financieros, reformas al IESS para hacerse de los fondos de cesantía, aumento de las tarifas en el transporte público. Por ahora hay que ganar el tiempo perdido y frente al desgaste de los primeros juramentos es menester actualizar el arsenal de ideas y bombas de racimo ideológicas y para ello está el contrato con una manga de pensadores mimados de la gran prensa, viejos funcionarios internacionales, eternos animadores de las farsas electorales en sus países, cuyo discursos son descalificar a la izquierda revolucionaria y olvidarse que en América Latina el falso progreso de la izquierda está adornado de pobreza, inequidad, dependencia y represión.

Como es necesario apuntalar de alguna manera la identidad con la izquierda condenan al imperialismo pero se cuidan muy bien de llevar buenas relaciones económicas con él, allí donde son gobierno. Como se sabe, a los gringos les importa un comino que les insulten si sus oponentes hacen buenos negocios, piden préstamos y mantienen a la raya a los dirigentes populares y de izquierda.

Así que descalificar se ha convertido en el arte de gobernar.

* Docente universitario y periodista.

Fuente: ecuadorlibrered.tk

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