Ecuador: Sobre el 15 de Noviembre de 1922

16 noviembre, 2014

Imagen-Ecuador: Sobre el 15 de Noviembre de 1922

Por Francisco Perrone Coronel

La pregunta que me asaltó cuando, hace mucho tiempo atrás, tuve conocimiento del hecho histórico del 15 de noviembre de 1922 fue: ¿Por qué mataron a tantas personas? ¿Qué inmensa justificación podría invocarse para que la sangre de tantos seres humanos fuera regada? Realmente son muy pocas las respuestas que puedan justificar tales cruentos hechos que solo nuestra especie los realiza: la destrucción de la vida y la muerte en masa.

Gobernaban el país de aquella época banqueros que se etiquetaron de liberales usurpando las conquistas de la revolución alfarista después de la muerte de Don Eloy. Era un gobierno de la plutocracia costeña, cuyo centro económico era la ciudad de Guayaquil, puerto por el que se exportaba el único producto que generaba el mayor porcentaje de divisas para el estado, las que ingresaban a través de los giros bancarios que llegaban del exterior por la venta de nuestra “pepa de oro”, reconocida internacionalmente.

En aquellos años no existía un Banco Central por lo que los bancos estaban autorizados a emitir papel moneda respaldado por un valor en oro que debía reposar en sus cajas fuertes. Muchos de los banqueros eran también exportadores cacaoteros y todos los giros de moneda extranjera eran negociados a través de los mismos bancos. El sector importador, compuesto en una gran mayoría por emigrantes italianos y españoles, evidentemente dependían del valor del cambio para sus importaciones.

Varias cosas habían variado después de la I Guerra Mundial: 1) El centro de operaciones financieras se desplazó de Londres a Nueva York. Ahora el Tío Sam era quien imponía las condiciones económicas de intercambio, mucho más severas que las que se tenía con Gran Bretaña. 2) Los ingleses exportaban cacao desde Costa de Marfil empujando el precio internacional a la baja. 3) Nuestras plantaciones fueron afectadas por dos plagas que bajaron los rendimientos en la producción de las plantaciones. 4) La revolución rusa era el acontecimiento político de la época que se erigía como faro para los pobres del mundo y emitía sombras dantescas en los caserones burgueses que diariamente conjuraban el fantasma de “los rojos” que veían por doquier.

La difícil situación económica que pesaba sobre el sector exportador, especialmente a la hora de hacer frente a sus obligaciones crediticias contraídas con importantes bancos neoyorquinos, hizo que los banqueros-exportadores trasladaran su carga a los hombros del pueblo, especulando con el cambio de los giros bancarios, emitiendo a la vez más billetes que los respaldados por el oro en caja, devaluando al sucre que sufrió una pérdida de alrededor de un ciento por ciento de su valor en el lapso de dos años.

En los años veinte del siglo pasado nuestra soberanía alimentaria era muy poco soberana. El esquema colonial de la economía había cambiado muy poco y todo se reducía a importar las manufacturas que requeríamos a cambio de las exportaciones cacaoteras, esquema que, dicho sea de paso, se mantuvo casi invariable hasta nuestros días en los que se nota una nueva tendencia al cambio de la matriz productiva, a lo que se oponen los grandes importadores que insisten en volver al pasado.

Como casi todo lo que consumía el hombre común de aquellos años era importado, su economía se veía afectada gravemente cuando su escuálido salario de un sucre diario se reducía a la mitad. ¿Cómo podía sostener a su numerosa familia si una libra de arroz costaba alrededor de veinte centavos y la libra de carne pura alrededor de ochenta? La realidad de la pobreza sobrepasaba los límites de la imaginación, pero una muestra aparece cruel e inhumana en las fotos que se tienen de la época en la que era común el ver a la gente pobre descalza y vestida con verdaderos andrajos, con la mirada perdida por la desnutrición crónica, viviendo con la certeza que nunca saldrían de ese estado de miseria.

No es de extrañar que muchos de los pomposos inmigrantes que desembarcaban con su soberbia euro-céntrica dominante se sintieran superiores a estos súper explotados seres que ni siquiera contaban con el derecho a la vida digna, peor a la salud o a la educación. Es importante reflexionar en el gran avance que desde esos tiempos a esta parte se ha dado en el campo de los Derechos Humanos, no como dádivas, sino como conquistas de la lucha de ese amplio sector de trabajadores que para poder vivir él y su familia sólo cuentan con la venta de su fuerza de trabajo.

El detonante que hizo explotar un siglo de promesas incumplidas fue la especulación cambiaria ya mencionada. Primero los obreros del ferrocarril y en seguidilla los obreros de los Carros de Transporte Urbano tirados por mulas, de los Tranvías y de los obreros de la Empresa de Fuerza y Luz que alimentaba energía a la ciudad, quienes unidos en la Gran Asamblea de Trabajadores, el miércoles ocho de noviembre dieron un ultimátum a los gerentes de sus respectivas empresas para que atiendan sus peticiones en el plazo fatal de veinticuatro horas.

Los propietarios hicieron una mueca de desprecio a las mismas y movilizaron en la madrugada del jueves a la fuerza pública para que ella impida que los obreros se tomen las fábricas y los talleres, forzando así el paro de los obreros, el que inició cuando sonó el pito de la fábrica de gas, señal convenida entre los obreros. Como éstos no pudieron ser sacados de la Empresa de Fuerza y Luz, controlaban la energía de la ciudad en vista de lo cual el gobernador tuvo que negociar con la Gran Asamblea para que no corten el suministro y dejen a oscuras a la ciudad, a lo que accedieron previo un acuerdo para iniciar conversaciones.

En las peticiones los obreros del transporte subrayaron que se oponían a un aumento en las tarifas del transporte público, pues también defendían el bolsillo del pueblo, sugiriendo que la mejora de sus remuneraciones debería salir del bolsillo de los dueños de las empresas. Los abogados Julio César Trujillo y Carlos Puig fueron los síndicos que iniciaron las negociaciones del pliego de peticiones.

Por otro lado, aprovechando las circunstancias, sectores importadores avivaron mediáticamente los acontecimientos bombardeando diariamente en sus editoriales que el problema no era el miserable sueldo que percibía el obrero sino el incontrolado sistema de cambio, sugiriendo que el gobierno emita un decreto de Incautación de Giros con el que se pondría fin a la anómala situación y con eso el valor del dólar volvería a niveles anteriores con lo que el obrero recuperaría la capacidad de compra perdida.

Mientras proseguían las conversaciones en la Gobernación, ocurrían dos hechos paralelos de engrosamiento de fuerzas: Por arriba los empresarios “sugerían” al jefe de la II Zona, general Barriga, que movilice de urgencia al Batallón Marañón acantonado en el interior de la República (lo que muestra una clara intención represora) y por abajo los obreros engrosaban sus filas con multitud de adhesiones de todas partes de la ciudad y de la provincia, con la presencia de  organizaciones sociales de todo tipo: mutuales, asociaciones de artesanos, clubes barriales, gremios, niños, mujeres y hombres del pueblo que se identificaban con LA GRAN CAUSA PROLETARIA , titular a ocho columnas del El Telégrafo, que sin duda atizaba leña al fuego.

Hasta el sábado por la tarde las negociaciones avanzaban por buen camino. Sólo faltaba la Empresa de carros Urbanos que argumentaba pérdidas mientras que las otras habían cedido a los requerimientos obreros, sin embargo, se mantenían solidariamente unidos y esperanzados que se resolviese la situación satisfactoriamente para todos, esperanza que se esfumó por la noche en que circuló el rumor que el Cabildo condicionaba el alza del transporte urbano para la solución del conflicto, lo que puso en alerta a la Asamblea. El rumor se hizo realidad hacia el mediodía del domingo en que los obreros rompen las negociaciones y decretan el Paro General. Hacia las tres de la tarde brigadas de obreros recorran la ciudad tomando posesión de la misma y se preparaban a su vigilancia nocturna pues desde esa noche Guayaquil quedó totalmente a oscuras, iluminada por los reflectores de los barcos anclados en la ría, dándole un aspecto fantasmal que sumaba al miedo pelucón de un levantamiento violento de los “rojos” adueñados de la ciudad.

En la mañana del lunes, brigadas obreras cerraron a la fuerza los comercios y las fábricas. Una tensa calma flotaba en el ambiente mientras los síndicos buscaban destrabar la situación existente. Todo el día estuvo matizado con manifestaciones en las que coreaban el himno anarquista: “Hijo del pueblo/ te oprimen cadenas/ y esa injusticia/ no puede seguir.// Si tu existencia/ es un mundo de penas/ antes que esclavo/ prefieres morir. // Esos burgueses/ asaz egoístas/ que así desprecian/ a la humanidad. / Serán barridos/ por los anarquistas/ al fuerte grito/ de la libertad”. Lo que debió haber inquietado sobremanera a banqueros y grandes comerciantes que seguramente se sintieron amenazados por el giro no previsto que tomaban las cosas y la radicalidad que expresaban los obreros en sus demandas, pero por gusto, porque en la asamblea de la noche del lunes se produce un giro inesperado cuando los dirigentes pierden el control político de la Asamblea y ésta cambia el planteamiento original del movimiento de lucha salarial por el de una exigencia al presidente Tamayo para que firme un Decreto de Incautación de Giros, que ya estaba redactado,  y que sería telegrafiado al día siguiente a Quito, para lo cual se convocaba al pueblo a ser testigo de ese acto en el que le daba veinticuatro horas de plazo para su aprobación.

¿Qué ocurrió? Quinta columnas infiltrados por los sectores importadores, aprovechando las cargas de profundidad que la acción mediática de días anteriores había depositado en el subconsciente colectivo, hicieron su efecto previsto en el comportamiento de masas mediante un apropiado estímulo emocional con el que lograron el cambio de opinión de la Asamblea de Trabajadores. Si aún en la actualidad, con los niveles de escolarización que existen, los poderes mediáticos tienen una amplia influencia en las masas, no se diga en aquellos años en los que la educación era solo cosas de gente acomodada.

La manifestación del martes fue multitudinaria pero no tanto como la del miércoles quince de noviembre, en que se concentraron a esperar la respuesta presidencial mientras oían los encendidos discursos de los síndicos que jugaron un papel importante en el cambio de dirección que dio el movimiento; y aunque la situación de hecho persistía ya no marchaban los obreros por sus intereses propios de clase sino por los intereses de los importadores que salieron ganando con su maquiavélica jugada. Mientras eso ocurría en los alrededores de la vieja clínica Guayaquil, el general Barriga cerraba el cerco de muerte ubicando a los más de mil doscientos soldados, completamente apertrechados para la guerra, en todas las intersecciones por las que el pueblo pudiera salir. Y después de eso, los mataron.

Los mataron por miedo. Fue el miedo de clase a terminar como terminaron muertos el zar y la zarina ajusticiados por los bolcheviques de octubre; fue ese miedo a la revolución proletaria que la sintieron tan cerca como hoja de cuchillo cerca de la yugular; fue ese control obrero sobre esta centenaria ciudad de prósperos comerciantes que desató la paranoia; fue ese canto anarquista que envolvía una velada amenaza a su seguridad burguesa el que aceleró la adrenalina; y fue la soberbia propia de una oligarquía prepotente que tenía que dar una lección a esa “chusma de vagos” que se habían atrevido a tanto.

No hay otro motivo. Si fue, como dice la versión oficial, que algunos manifestantes fueron sorprendidos robando armas de los almacenes donde las vendían, pudo ser un hecho sofocado a tiempo. O que se dirigían en masa a sacar unos presos y a un nervioso soldado se le disparó un tiro, pero eso hubiera sido un acontecimiento aislado.

Puntual. En todo caso, si eso generó la masacre es que había una orden de disparar a matar sin preguntar primero. De eso no cabe duda como tampoco que fue una masacre premeditada desde el momento que se ordena movilizar fuerzas y se planifica una encerrona con tropas listas para la guerra que están especializadas en dar muerte.

Sí, con seguridad el motivo fue el miedo vestido de soberbia que debía dar una lección al aguerrido pueblo guayaquileño, cuna de todas las revoluciones que se dieron en el siglo XIX, que luego de esa dolorosa experiencia ha quedado como condicionado, traumatizado, sin capacidad de protesta ante el toletazo con el que la autoridad le recuerda cotidianamente lo que puede volver a pasarle si protesta demasiado.

Guayaquil noviembre 15-2014


* Las principales fuentes son: El Telégrafo, El Universo y El Guante. El mono cultivo en el Ecuador.

Fuente: ecuadorlibrered.tk

.

Compártenos y Síguenos en:
  • Bitacoras.com

Previous post:

Next post: