Ecuador: La Chascona

24 noviembre, 2014

Imagen-Ecuador: La Chascona

Por Francisco Garzón Valarezo

Había un leve rocío en el aire, olía a lluvia. En las altas montañas debía estar cayendo una borrasca brava porque el río crecido bramaba. Ocurrió temprano aquella noche del 3 de diciembre de 1935 en Portovelo, cuando un grupo sigiloso burló la  guardia de la compañía minera que dirigía el gringo Andrew Tweedy y se metió a su oficina, una joven intrépida avanzó y le puso un 38 en la cabeza. Trémulo el yanqui preguntó.

-           ¿Qué haces Rosita?

-           Aquí, cumpliendo con mi deber de sindicalista.

Rodeado y encañonado por los intrusos, dirigentes del sindicato de mineros, el gerente fue obligado a firmar la aceptación de un pliego de peticiones de los obreros.

Meses atrás la misma joven encabezó a un grupo de  mujeres que agarraron del pescuezo unas botellas de vidrio y las quebraron contra las rocas, untaron ají en los filos cortantes y con esas armas y varios cuchillos de cocina se impusieron a los centinelas que protegían las compuertas del paso de agua y controlaban la electricidad.

La joven dirigente se llamaba Rosa Vivar Arias y su recuerdo vive mezclado en el aroma de los frutales de Portovelo. Le pusieron “La Chascona” porque llevaba el pelo revuelto, largo y enredado.

En esos tiempos, igual que hoy, las transnacionales hacían lo que les daba la gana en nuestro país. Prohibieron el paso por el campamento a los nativos del pueblo, crearon una guardia privada, no pagaban impuestos, tenían en la costa sub-puertos sin control del Estado y hasta crearon una moneda propia.

A los novatos en historia nos sorprende la cantidad de gobiernos revolucionarios que ha tenido el país. Velasco Ibarra se declaró antifascista y aglutinó a la tendencia socialista e incluso escribía para el semanario El Siglo del Partido Comunista Chileno. Federico Páez se decía “socialista a la europea”, Isidro Ayora, también de ínfulas revolucionarias reprimió con dureza al movimiento campesino. Al final, todos  resultaron en el peor de los fascismos. Igual que ahora.

Después de la acción relatada al inicio, Rosa Vivar y sus compañeros fueron acosados, perseguidos por el gobierno “socialista” de Páez que los llamó “sindicalistas forajidos, cuatreros, bandoleros, ladrones y violadores” llegando a desatar tanto miedo en la población rural que le negaba favores en la huida, pero esa joven de voz segura les ganó la partida. Nunca la apresaron.

La explicación al ocultamiento de la historia de esta mujer solo se debe al terror que despierta en la peluconada el conocer a los verdaderos líderes del pueblo, de aquellos que actúan y hablan claro y grueso y Rosa Vivar era de esas. Se la oyó “echar vuelo a las palabras ‘huelga’ y ‘compañero’ desde su garganta, como un par de mirlos, y cubrir con su vuelo todo el valle del campamento.”

Cuando se escriban biografías honradas que rindan tributo a su mérito, cuando se investigue su militancia firme, se probará que Rosa Vivar emerge a la altura de Dolores Cuaguango, Tránsito Amaguaña, Rosita Paredes y tantas mujeres que tienen su espacio en la historia de la lucha revolucionaria. En tanto su espíritu persiste en los socavones, en los mineros explotados, su voz retumba en los sindicatos que no existen y su cándida sonrisa alumbra la esperanza de la Patria Nueva.

Fuente: ecuadorlibrered.tk

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