Reflexiones sobre la construccion hegemonica de un poder disciplinario. El 30 de septiembre de 2010 como ejemplo

11 diciembre, 2014

Imagen-Ecuador: “Comision 30-S” instrumento de persecucion politica

La conflictividad y el 30 de septiembre

El 30 de septiembre encuentra movilizados a sectores de la policía y a una pequeña parte de las fuerzas armadas (en el ministerio de Defensa y en la Base Aérea); pero también estaban movilizados sectores de trabajadores públicos e indígenas.

Fue justamente esta coincidencia la que ha sido utilizada como argumento en favor de una supuesta conspiración. Nuestra reflexión va a tomar otra vía: indagar en los conflictos.

El año 2010 fue un año conflictivo. En vísperas del 30 de septiembre se vivía un ambiente de agitación social. Durante ese mes, las líneas generales son bastante claras y no eran nuevas, después de todo. Criminalización de las protestas (acusaciones de terrorismo y sabotaje contra un periodista en La Concordia, y contra Pepe Acacho y otros 10 dirigentes shuar por expresiones vertidas desde la radio Voz de Arutam durante las protestas contra la ley de Aguas); reducción del ámbito la participación ciudadana (en septiembre, “regular” las iniciativas de revocatoria del mandato); despidos en el sector público (acá, los anuncios de lo que vendrá a cuenta de “reestructuración” de las entidades estatales); la reestructuración y el control de la educación superior (la LOES); la reducción de beneficios en los contratos colectivos de los trabajadores del Estado (a cuenta de “excesos”, alega el gobierno y repite la Corte Constitucional); las pujas de algunos asambleístas de Alianza Pais por mantener un espacio de criterio propio frente a las propuestas del Ejecutivo (en este caso, los vetos a las leyes de Educación Superior, Servicio Público y Ordenamiento Territorial); la represión a la minería informal; el retraso en el pago de sueldos a los maestros, especialmente; el incremento forzoso de la jornada laboral a trabajadores de la salud y maestros; la afirmación de la supeditación de todas las funciones del Estado al Ejecutivo.

Si retrotraemos la mirada a todo el año, la impresión es la misma.

Ahora bien, todos estos conflictos tienen su origen en la política del gobierno. A nuestro m modo de ver existe una particular combinación.

La protesta social tiene una línea de continuidad durante todo el año, una línea que, a su vez, sigue el trazado que se observa en 2009 e incluso parte de 2008.

En este trabajo, en primer lugar, realizaremos una discusión que ponga en diálogo instrumentos teóricos provenientes de tres visiones distintas sobre el poder: la de Gramsci, la de Foucault, la de Bourdieu; sostenemos que, aun distintas, son compatibles.

La relación entre ellas debe permitirnos comprender cómo se construye la hegemonía utilizando, entre otros instrumentos, el poder disciplinario; o, también, cómo un poder disciplinario puede, sin embargo, construirse y afirmarse como hegemónico, es decir, obteniendo “el consenso activo de los dominados”. En segundo lugar, tomaremos un ejemplo de la conflictividad sociopolítica reciente para ver cómo opera todo ello en la realidad: este es el caso del 30 de septiembre de 2010. Utilizamos la palabra “ejemplo” en un doble sentido: porque nos permite ejemplificar nuestros argumentos, y porque es un hecho ejemplarizador, esto es, que fue usado, de cara a la sociedad, para que sirva de ejemplo de los alcances que tendría la voluntad de poder disciplinador del correísmo.

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Gramsci, Bourdieu, Foucault. Para entender los intríngulis de la hegemonía de un poder disciplinario

Para esta reflexión nos proponemos realizar un diálogo entre Gramsci, Foucault y Bourdieu. El eje es cómo un tipo determinado de poder (en este caso, un poder disciplinario; o, mejor dicho, un tipo particular de régimen que utiliza el poder disciplinario como una de las herramientas centrales de su consolidación) construye la hegemonía. Para eso, utilizaremos dos obras de Foucault, El sujeto y el poder y Vigilar y castigar, una obra de Bourdieu, La violencia simbólica, y un conjunto de fragmentos de Gramsci, recogidos en los Cuadernos de la cárcel. La discusión propuesta tiene como eje la hegemonía; no se trata de que Foucault o Bourdieu pensaran el poder o el habitus en relación con la hegemonía, sino que nosotros tomaremos elementos de sus teorías para construir nuestra lectura de la hegemonía[i].

Gramcsi. El consenso activo de los dominados

Antonio Gramsci desarrolla su reflexión sobre la hegemonía pensando en una situación “donde las estructuras sociales eran muy capaces de convertirse en fortificaciones muy bien armadas” (Anderson, 1981:43). Distingue condiciones distintas en la relación entre Estado y sociedad civil en “Oriente” y “Occidente” (y de ellas se desprenderán también estrategias diferentes y ritmos de dispares de los procesos político-sociales, especialmente de las revoluciones). Mientras en Oriente la sociedad civil es primitiva y gelatinosa, y el Estado tiene una presencia preponderante (toda la política se resume en él), en “Occidente” la sociedad civil es robusta y desarrollada, y el Estado es equilibrado, es decir, hay “un equilibrio entre sociedad política y sociedad civil” (Anderson, 1981:8). Es decir, en donde el dominio de clase no se ejerce (fundamentalmente) sólo a través de la coerción, sino (también) a través del consenso, y es esto justamente lo que permite velar el carácter mismo de la dominación.

Es menester recordar que esta lectura gramsciana está construida sobre los debates en torno al frente único. Estos debates se desarrollaron en el tercer y en el cuarto congresos de la Internacional Comunista, en 1921 y 1922, en los cuales se analiza la nueva situación creada por el retroceso de los movimientos revolucionarios y la estabilización capitalista. La restauración capitalista puede asumir la forma del dominio liberal, con la complicidad de la socialdemocracia, pero también comienza a asumir formas que luego devendrían en fascistas. Muchas veces se olvida que el fascismo no es solamente una política (o un régimen) extremadamente represivo y sanguinario, sino un régimen con esas características que cuenta con un amplio respaldo de masas. La disputa es por la conciencia de las masas, y eso requiere una política para “ganar a la mayoría”, es decir, “a la mayoría de la población trabajadora y explotada”, lo que no puede hacerse “en unas pocas semanas”. En lo concreto, era unificar a las masas trabajadoras para luchar contra el fascismo (Anderson, 1981:43-52).

En estas discusiones, el término hegemonía tiene claramente el significado de dirección, de dirección política, podríamos añadir. Pero la reflexión de Gramsci en los Cuadernos irá un poco más allá: esa dirección política es al mismo tiempo una dirección cultural y moral; podríamos decir que, para ser dirección política, debe ser (primero) necesariamente dirección cultural y moral, es decir, debe estar antes en la conciencia de la gente.

En tanto dirección, la hegemonía se relaciona con el consenso (con la construcción política de consensos). Y para conquistar la hegemonía el grupo aspirante a hacerlo ha tomar en cuenta los intereses y expectativas, temores y esperanzas de los grupos sobre los cuales se busca lograr la dirección política y cultural. De manera que hay que procurar, dice Gramsci, “un cierto equilibrio de compromiso –en otras palabras, que el grupo dirigente debe hacer sacrificios de tipo económico-corporativos”, pues “aunque la hegemonía es ético política, también debe ser económica, debe basarse necesariamente en la función decisiva ejercida por el grupo dirigente en el núcleo decisivo de la actividad económica”.

Según Anderson, se trata de una “irradiación moral y cultural”. Una irradiación que es lucha cultural. “Las ideologías previamente desarrolladas se transforman en «partido», entran en conflicto y confrontación, hasta que sólo una de ellas, o al menos una sola combinación, tiende a prevalecer, imponiéndose y propagándose a través de la sociedad. De este modo, consigue no sólo una unificación de los objetivos económico y político, sino también la unidad intelectual y moral, planteando todas las cuestiones sobre las que surge la lucha no en un plano corporativista, sino universal. Crea así la hegemonía de un grupo social fundamental sobre una serie de grupos subordinados” (Gramsci, en Anderson, 1981:15).

En síntesis, “la hegemonía es el consenso permanentemente organizado” (Anderson, 1981:52). Ahora bien, cuando Gramsci extiende el ámbito del concepto hegemonía a las relaciones entre clases dirigentes y clases subalternas, entiende que toda fórmula de dominación (la expresión es de Agustín Cueva) conlleva la unidad de consenso y de coerción, de dirección y de dominio. Hegemonía es solamente una cara de la medalla. Pero tanto el consenso como la coerción son funciones estatales (funciones del mismo dominio de clase), y se expresan (preferentemente)en instancias estatales específicas. El dominio lato en la sociedad política, es decir, en el conjunto de instancias estatales que unen la ejecución gubernativa y la capacidad represiva, como parte inseparable de ella. El consenso, en la sociedad civil, es decir, el conjunto de instancias en apariencia privadas que aseguran la construcción y la circulación de los sentidos comunes sobre los que se construye la hegemonía de la clase dirigente. El estado es justamente la unidad de sociedad política y sociedad civil, es decir, esa capacidad de articular consenso y coerción.

Las teoría gramsciana de la hegemonía se sitúa en varios planos al mismo tiempo: en el plano del Estado, en tanto unidad política de las clases dominantes y unidad de sociedad política y sociedad civil, es decir, de coerción y de consenso; en el plano de la construcción hegemónica, del “consenso activo de los dominados” como equilibrio contingente y cambiante; en el plano de la correlación de fuerzas, que opera entre la coyuntura y los procesos estructurales, de larga duración; en el plano de la constitución y des constitución de las clases subalternas como sujeto, esto es, de su transcurrir entre la subalternada y la autonomía.

La hegemonía es una categoría relacional. Lo que une a los concurrentes, dominantes y dominados, es el conflicto. Pero lo que une a la teoría es la apuesta por la autonomía de las clases subalternas, por su capacidad de desestructurar la hegemonía dominante y construir una sociedad nueva. La perspectiva analítica de Gramsci en su teoría de la hegemonía tiene por punto de partida la condición de las subjetividades subalternas (Modonesi, 2011) (Concheiro, 2011).

Tres señalamientos al respecto: primero, a pesar de lo que a veces puede parecer, creemos que la propuesta de Gramsci se aleja de las versiones mecanicistas del poder; eso es, al menos, lo que está en el espíritu de varios trabajos suyos (por ejemplo, en Notas críticas sobre una tentativa de “Ensayo popular de sociología”), pero señala con claridad la vinculación existente entre economía y política, entre poder y clase. Segundo, de igual manera, creemos que la relación entre sociedad política y sociedad civil no debe plantearse como entre pares excluyentes (sociedad civil = sólo hegemonía; sociedad política = sólo coerción); por el contrario, una y otra son funciones, no lugares (al modo como Freud entendía el yo y el ello en la psiquis humana). En tercer lugar, retomamos la idea de Zavaleta (2009) de que el primer “aparato ideológico” es el propio mercado y, en seguida, el Estado en sentido restringido, por el carácter de fetiche que adopta el estado en nuestras sociedades.

Gramsci. El “cesarismo”

En seguida retomamos otro concepto gramsciano: el “cesarismo”. Para Gramsci (1975), el “cesarismo” es producto siempre de una determinada relación de fuerzas, del resultado de la lucha social, en especial la lucha entre las clases fundamentales, pero de una particular situación en la relación de fuerzas, que puede caracterizarse como de “equilibrio catastrófico”: “el cesarismo expresa una situación en la cual las fuerzas en lucha se equilibran de una manera catastrófica, o sea de una manera tal que la continuación de la lucha no puede menos que concluir con la destrucción recíproca”.

Sobre esta base, diferenciará dos tipos de cesarismo: progresivo y regresivo: “es progresista cuando su intervención ayuda a las fuerzas progresivas a triunfar aunque sea con ciertos compromisos y temperamentos limitativos de la victoria, es regresivo cuando su intervención ayuda a triunfar a las fuerzas regresivas, también en este caso con ciertos compromisos y limitaciones”.

Gramsci considera que Julio César o Napoleón Bonaparte (Napoleón I) son ejemplos de cesarismo progresivo, mientras que Luis Napoleón o Bismarck son en cambio casos de cesarismo regresivo. Y señala (como lo hace también respecto de otros fenómenos de la política y de la revolución) que las condiciones históricas con las que él se enfrenta, distintas de aquellas en las cuales Marx actuó y reflexionó, han generado modificaciones también en las condiciones de posibilidad y de realización de los cesarismos y de los bonapartismos.

En la época moderna (es decir, contemporánea a él), dirá, los conflictos no se dan únicamente entre facciones que finalmente representan dos posiciones y dos propuestas de la misma clase y que, “en última instancia pudiesen fundirse y unificarse, aunque fuera luego de un proceso fatigoso y sangriento”. El desarrollo del capitalismo y de la sociedad burguesa han fortalecido la posición de fuerzas que resultan (o pueden resultar) antagónicas con el capital en su conjunto, de manera que los equilibrios no pueden darse sino “entre fuerzas cuyo contraste es sanable [solamente] desde un punto de vista histórico”. De allí que, en su opinión, los cesarismos tiendan a tomar más su forma regresiva. Y de allí, también, que sus “posibilidades de desarrollo ulterior y de sistematización organizativa pueden basarse en la relativa debilidad de la fuerza progresista antagónica, por la naturaleza y el modo peculiar de vida de la misma, debilidad que es necesario mantener”. Y un poco más adelante lo pondrá de un modo más claro todavía: “Lo que las torna históricamente eficientes es la debilidad constructiva de la fuerza antagónica y no una fuerza íntima propia, de allí entonces que estén ligadas a una determinaría situación de equilibrio de fuerzas en lucha, ambas incapaces de expresar en su propio campo una voluntad propia de reconstrucción”. “Por ello se ha dicho”, concluirá, “que el cesarismo moderno más que militar, es policial”. ¿A qué alude Gramsci con el carácter policial del cesarismo? “¿Qué es la policía? Sin duda no es sólo la organización oficial reconocida y habilitada jurídicamente para la función de la seguridad pública, como se entiende habitualmente. Este organismo es el núcleo central y formalmente responsable, de la ‘policía`, que es en realidad una organización mucho más vasta, en la cual, directa o indirectamente, con vínculos más o menos precisos y determinados, permanentes u ocasionales, participa una gran parte de la población de un Estado”.

Resaltaremos aquí que, para Gramsci, el bonapartismo (en el sentido que le da Marx) correspondería a uno de los dos tipos de cesarismo, el regresivo. Los cesarismos modernos tienden más al tipo regresivo, sostiene, y nos parece que aquí tiene por referencia las reflexiones de Engels sobre la pérdida del carácter revolucionario de la burguesía, menos interesada en deshacerse de la carga de formas económicas y políticas preburguesas que aterrorizada por el avance (potencial) de la lucha de los trabajadores. Podríamos añadir otra situación que puede provocar el mismo efecto: el cesarismo regresivo (es decir, los bonapartismos) tiende a volverse conservador porque se genera en condiciones de crisis de hegemonía: un empate catastrófico, o quizás mejor para nuestro caso, un equilibrio inestable.

Esto supone, en cualquier caso, una potencia de las clases populares que pone en cuestión la dominación; como el cesarismo es una respuesta a dicho equilibrio, sólo puede imponerse desestructurando los elementos de autonomía que había desarrollado antes el movimiento popular y, en consecuencia, a los sujetos portadores de estos elementos autónomos. En consecuencia, vamos a entender el carácter policial como el énfasis en la función de normalización autoritaria, es decir, de control, represión y reducción de la indocilidad social.

Entonces, para cumplir su función básica de asegurar el orden y la estabilidad del dominio del capital, el cesarismo recurre a un conjunto de dispositivos de control y de vigilancia sobre la sociedad, algunos de los cuales pueden ser empuñados por instancias de la propia sociedad civil; dicho de otro modo, utiliza a una parte de la sociedad para controlar y reprimir a aquella otra que (aún no) se somete a sus normas. Es evidente que, en este punto, enlazamos con la noción del poder disciplinario de Foucault. Pero también con la noción de hábitus de Bourdieu, pues el segmento de sociedad que se deja utilizar como mazo contra otra parte de las clases subalternas acepta ese papel en la medida en que se activan en él disposiciones que lo llevan a aceptar como natural, como necesario, más aún, como vital, ese tipo de comportamientos.

Dicho esto, pasamos a revisar las propuestas de Bourdieu y de Foucault, relacionándolas con la problemática de las construcciones hegemónicas.

Bourdieu. El habitus y las disposiciones como la base profunda del consenso de los dominados

Para los tres autores, el poder es una relación. Bourdieu lo entiende como dominación que funciona (y se activa) “mágicamente”. Esa magia está construida por la adquisición de hábitus y de “disposiciones específicas” que requiere un campo para su reproducción. El habitus es “fruto de la incorporación de una estructura social en forma de una disposición casi natural, a menudo con toda la apariencia de lo innato,  es la energía potencial, la fuerza durmiente y el lugar de donde la violencia simbólica deriva su misteriosa eficacia. Las disposiciones, para Bourdieu, son resultado de una “implantación en el cuerpo de una relación de dominación”, y llevan, por tanto, a “aceptar tácitamente, por anticipado, los límites impuestos” y adquieren a veces la forma de “emoción corporal”. Son una forma de “sometimiento al juicio dominante”. Ha de entenderse que son el resultado de un proceso largo, persistente, que se confunde con la vida misma, o con la historia de la vida de cada uno, que inicia en la niñez como formas de socialización que favorecen la “transformación de los afectos socializados constituidos en el campo doméstico, de esa lívido original” a determinados agentes o instituciones que pertenecen al campo.

De allí proviene la violencia simbólica, es particular “coerción que se instituye por mediación de una adhesión que el dominado no puede evitar otorgar al dominante cuando sólo dispone, para pensarlo y pensarse , para pensar su relación con él, de instrumentos de conocimiento que comparte con él”. Esos instrumentos de conocimiento son, bien vistos, “la forma incorporada de la estructura de la relación de dominación”, por lo que se presenta como natural, de manera que “el efecto de la dominación simbólica no se ejerce en la lógica pura de las conciencias cognitivas, sino en la oscuridad de las disposiciones del habitués” que metamorfosea en ley de los cuerpos “la ley del cuerpo social”.

A nuestro modo de ver, sería necesario ampliar relativamente el área de funcionamiento de estos conceptos, para que no resulte en una situación sin salida, en un dominio total y completo del poder. La pista para esta ampliación la encontramos en el propio Bourdieu. Él habla del habitués como perteneciente a la esfera de lo inconsciente. Pero lo inconsciente es un océano lleno de componentes muy distinto. En principio, todo lo que no es inmediatamente consiente; con más precisión, todo aquello que ha sido interiorizado para asegurar la reproducción de lo dado, y que debe funcionar automáticamente para que podamos adaptarnos al mundo: el súper-yo de Freud, o el Gran Otro de Lacan, el policía de la conciencia o el poder que nos ha colonizado. Por otra parte, en lo inconsciente se encuentra todo aquello que ha sido y está reprimido: lo reprimido social, dice Erich Fromm. Lo que se reprime es aquello que, en un momento u otro, atenta contra el principio de adaptación, como recuerda Marcuse, es decir, aquello que se contrapone, de un modo o de otro, con el orden social en cualquiera de sus ámbitos. De allí podríamos deducir que en el inconsciente anidan tanto la disposición a la sumisión como los impulsos insumisos, tanto la subordinación a toda forma de poder (y la disposición a repetir la relación de poder cualquiera sea la posición que uno juegue en cada momento) como el rechazo a los poderes.

Pero, además, sería necesario introducir una corrección materialista a la idea de los habitués y las disposiciones, en dos sentidos: por un lado, porque el ambiente de reproducción social (por ejemplo, y singularmente, el mercado) sobre determina condiciones y posibilidades de que tales disposiciones se asientes, se “despierten” o actúen. Como dice Zavaleta (La autodeterminación de las masas), el mercado es el primer productor de ideología. Por otro lado, en el sentido de que se activan más fácil y naturalmente aquellas disposiciones que sean más concordantes con las condiciones materiales de existencia y con los requerimientos de estas condiciones para su continuidad (o para su modificación, según cuál sea el caso) (Marx, El 18 brumario).

Nos parece que esto puede ser de mucha utilidad para una aproximación más compleja a la cuestión de la hegemonía, que se resuelve en relación con el campo cultural. El “consenso activo de los dominados” es un asunto de concesiones hechas por los grupos de poder, en donde por lo tanto están en juego los intereses tanto de los grupos dominantes como de los subalternos, pero también es el resultado de los movimientos de expansión mercantil, una base material, pero que opera en el nivel del inconsciente; y, por último, del modo en los “afectos socializados” se transmutan en sensaciones relativas al devenir y a la organización de la sociedad.

Foucault. El poder disciplinario: enderezar conductas y construir los cuerpos dóciles como modo de asegurar la afirmación hegemónica

Para Foucault, el poder son relaciones “enraizadas en el sistema de las redes sociales” y existe siempre junto a la resistencia, intentos de “disociar” las relaciones de poder. El poder es una forma de “actuar sobre las posibilidades de acción de los otros”, por lo tanto, dirigir las conductas de los otros. Así, el poder aparece como “gobierno de la individuación” que “determina quién es uno”; combina, pues “técnicas de individuación” y “procedimientos de totalización”.

El Estado es uno de estos poderes individualizadores y totalizadores, que integra a los individuos a condición de que estos sean moldeados “de otra forma”. Pero no es solamente una forma de ejercicio del poder, pues “todas las demás relaciones de poder deben referirse a él”. Ahora bien, en el corazón de las relaciones de poder se encuentra también la insubordinación, la posibilidad de fuga.

En este punto pasamos a considerar el poder disciplinario.

Recuerda Foucault que el tránsito del suplicio a la disciplina, del cuerpo martirizado al cuerpo dócil, ocurre en un período relativamente largo que ocurre a fines del siglo XVIII, en cierto sentido relacionado con las grandes modificaciones políticas y culturales de la época. Una nueva forma de poder comienza a tomar forma. El cuerpo supliciado ofrecido en espectáculo al escarnio público es reemplazado por formas técnicas, jurídicas, humanísticas incluso, de la ley y del derecho, y “el castigo tiende a convertirse en la parte más oculta del proceso penal” (p. 17). Pero aquí bien podríamos añadir la consideración que hace Foucault sobre el Estado en “El sujeto y el poder”: no es una cuestión de consensos, aunque no los excluya, pues el castigo sólo puede ejercer un efecto pedagógico en la medida en que su gravedad se haga más o menos visible, lo que no puede dejar de relacionarse con la implantación de la disciplina.

En cualquier caso, lo propio del poder disciplinario que caracteriza a la nueva época es que no busca únicamente aniquilar el mal anulando a sus portadores, sino, por el contrario, “enderezar conductas”, “fabricar individuos” con un tipo de comportamiento que resulte funcional a la reproducción del poder (pp. 173 y ss.). Y es exitoso gracias a “instrumentos simples”, sobre todo tres: la “inspección jerárquica” (o “vigilancia jerárquica”), la “sanción normalizadora” y la combinación de ambos en el “examen”, instrumento que, según Foucault, es “propio” del poder disciplinario.

La inspección se despliega a través de una serie de “pequeñas técnicas de vigilancias múltiples”. Se trata de una “vigilancia continua y jerarquizada” repartida en diversas funciones: administrativas, económicas, policíacas, de control, de verificación y de dirección; capaz, en consecuencia, de formar “en torno de los hombres un aparato de observación, de registro y de encauzamiento de la conducta” que, finalmente, “coacciona por el juego de la mirada”. El trabajo y la enseñanza son dos ámbitos en donde se ha perfeccionado la vigilancia como instrumento de poder. Respecto al trabajo (ejemplo que resaltamos porque tiene que ver directamente con el objeto de nuestra reflexión) señala Foucault que “la vigilancia pasa a ser un operador económico decisivo, en la medida en que es a la vez una pieza interna en el aparato de producción y un engranaje especificado del poder disciplinario”.

Foucault defina la sanción normalizadora como “un pequeño mecanismo penal” que funciona “en el corazón de todo sistema disciplinario”. Señala “micro penalidades” del tiempo de trabajo, del cuerpo, de la sexualidad, de la palabra; en fin, “se trata a la vez de hacer penables las fracciones más pequeñas de la conducta y de dar una función punitiva a los elementos en apariencia indiferentes del aparato disciplinario; en el límite, que todo pueda servir para castigar la menor cosa”. Castigos, privaciones, humillaciones, todo sirve. Pero lo propio de la penalidad disciplinaria es que apunta a la “inobservancia” de las normas: lo “que no se ajusta a las reglas”, lo que “se aleja de ellas”; podríamos agregar: las normas de la Constitución, de códigos orgánicos, de leyes particulares, de ordenanzas, de reglamentos internos, todo fundido y confundido. A fin de cuentas, “es punible el dominio indefinido de lo no conforme”. Así, el castigo disciplinario tiene por objetivo “reducir las desviaciones”, corregir las conductas y (añadimos) es así no sólo para el infractor inobservante de la norma, sino para todos y cualquiera en el ejemplo del sancionado: cumple una función pedagógica social.

Ahora bien, el sistema disciplinario es doble “gratificación-sanción”, y es esa particular combinación la que “se vuelve operante en el proceso de encauzamiento de la conducta”. Y lo hace a través de la cuantificación de méritos y de deméritos que dan lugar al reconocimiento y al castigo, a los privilegios y al castigo (en el trabajo, por ejemplo, la cuantificación de las horas y de los minutos “no cumplidos”). Se trata de una “microeconomía de la penalidad perpetua”, una “penalidad jerarquizaste” que clasifica a las personas en buenos y malos, responsables e irresponsables, etc., en función su observancia a la miríada de normas con las que se las somete.

De este modo el poder disciplinario promueve o degrada, y así, al someter, normaliza y clasifica. Con todo ello, ejerce “una presión constante” sobre las personas, para someterlas a todas al mismo modelo, para que todas juntas estén obligadas “a la subordinación [y] a la docilidad”.

El examen, finalmente, es el instrumento que le permite al poder disciplinario revestirse de racionalidad, pretender objetividad, presumir incluso de cientificidad y legitimar así la violencia impuesta sobre los dominados, pues se trata de una “superposición de las relaciones de poder y de las relaciones de saber”. “Es una mirada normalizadora”, dice Foucault, que “permite calificar, clasificar y castigar”.

Y es así, entonces, cómo el poder disciplinario construye un tipo muy particular de producto social: los cuerpos dóciles.

Quisiéramos hacer aquí, para terminar, un par de observaciones. Encontramos un punto de contacto entre el punto de vista de Foucault y el de Gramsci en la observación del primero respecto a que el poder no es un asunto de consenso, aunque no lo excluye; el poder disciplinario, aun autoritario, puede construir un “consenso activo” entre aquellos que están sujetos a él. El juego de gratificación y castigo es claramente un instrumento que apunta en esa dirección. Podemos entender las gratificaciones, más o menos, como las concesiones que, según Gramsci, requieren hacer los grupos que aspiran a la dirección política y cultural de la sociedad. Si bien en Foucault tiende a aparecer una identidad institucional entre quien castiga y quien gratifica, en nada cambia el mecanismo ni su contenido el hecho de que quienes lo hagan sean desdoblamientos del mismo poder, es decir, instrumentos que funcionen, unos, como sociedad política, y otros, como sociedad civil. Adicionalmente, Foucault sostiene que en donde existe poder saltar también la resistencia; esto nos remite a la lucha y, en consecuencia, a una determinada correlación de fuerzas, cambiante siempre, entre dominio y resistencia. Tales modificaciones pueden relacionarse -mas no identificarse- con la relación agónica postulada por Foucault entre el poder y la resistencia. (Como señalamos antes, se trata de una lucha que incorpora una disputa de los sentidos de la acción, constituida por la pugna entre dos tipos de habitués en el fondo antagónicos: la disposición a aceptar el sometimiento y la disposición a resistirlo.)

Por otro lado, encontramos un punto de contacto entre las propuestas de Foucault y de Bourdieu, en aquello que “vuelve operante” al poder disciplinario, es decir, también, a aquello que le permite ser aceptado como norma (y como normal) en una determinada sociedad. Este es un punto que Foucault no desarrolla, por cierto, pero que no por eso podría verse como antagónico con su propuesta. Nuestra idea es que resultaría de mucha utilidad pensar que lo que le vuelve operante no puede ser sólo la lógica de implementación de un tal poder, pues una interpretación así sería incluso extraña a la concepción foucaultiana del poder como relación. Así, el modo en que el poder disciplinario construye esa docilidad de los cuerpos puede (debe) relacionarse con la disposición de esos cuerpos a ser disciplinados, es decir, con un habitués que convoca y conmina a aceptar la disciplina y la normalización como naturales. Pero debe entenderse, igualmente, que esta disposición no es creada solamente por los mecanismos benignos de socialización, sino por el propio ejercicio de un poder que inscribe en los cuerpos la necesidad del sometimiento como garantía, en último caso, de sobrevivencia. Pero para que esto no se vuelva un callejón sin salida es necesario incorporarle la perspectiva de la lucha.

Gramsci, Bourdieu, Foucault

La hegemonía es la capacidad de los grupos dirigentes de atraer el consenso activo de los dominados y, en ese sentido, expresa la posibilidad de que ellos disputen el control del espacio nacional-popular, en donde el pueblo se constituye como sujeto político, sea como sujeto político autónomo, sea como masa de maniobra, es decir, como sujeto político despolitizado, valga la paradoja. La fuente del consenso pueden ser las concesiones a que se ve llevada la fracción de la clase dominante que aspira a conquistar o a retener la hegemonía, que generalmente aparecen bajo la forma de acciones redistributivas emprendidas por el Estado (reales o prometidas); puede ser el funcionamiento “normal” de un momento de expansión mercantil que, al ampliarse y dispersarse por todo el organismo social, genera o re-encuentra sentidos comunes organizados en torno a la lógica de la mercancía y del acceso al consumo; puede ser, en ciertos momentos, la implementación de mecanismos disciplinarios, propios de gobiernos autoritarios…, pero (porque) todo ello está unido en el inconsciente colectivo como un habitués sumiso, es decir, como disposiciones para adoptar como válidas y naturales las jerarquías y la disciplina, el orden y la sumisión a cambio de ciertos reconocimientos simbólicos o mejoras materiales. Si bien en un momento o en otro, puede una fuente de consenso predominar sobre las otras, debe ser usual que actúen varias de ellas al mismo tiempo, entre otras cosas por la misma diversidad de los grupos subalternos. Y eso mismo deja abierta la posibilidad de que el habitués de resistencia pueda ir encontrando resquicios por donde irrumpir y crear situaciones sociopolíticas nuevas.

Fuente: lalineadefuego.info

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