Santos inocentes por Jose Arregi

5 enero, 2015

De la infancia de Jesús no sabemos casi nada: no nació en el año 0, sino hacia el año 5/6 antes de nuestra era, probablemente en Nazaret; era hijo de María y de José el carpintero, y tuvo al menos cuatro hermanos y dos hermanas; era de una familia pobre como tantas otras de una pobre aldea rural. Eso es casi todo, mucho o poco según se mire.

Pero 80 ó 90 años más tarde, los evangelistas Mateo y Lucas elaboraron unos relatos que se conocen como “evangelios de la infancia” y que han inspirado a infinidad de pintores y escultores, poetas y músicos, y que siguen inspirándonos a los creyentes: ángeles que anuncian el nacimiento de Jesús a José y María, y a unos pastores de las afueras de Belén, pastores y “magos” del Oriente –sacerdotes persas, iraníes, de la religión de Zoroastro– que visitan al recién nacido, estrellas que guían y coros de ángeles que cantan…“Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a todos los seres humanos, amados de Dios”. Paz en la tierra entre todos los seres nacidos del Amor, llamados a amar.

Son escenas infinitamente bellas, y nos siguen inspirando hoy tanto como ayer Sí, pueden seguir inspirándonos lo mismo que hace 50, 200 ó 2000 años, a condición de que sepamos leer. Que nadie nos estropee, en nombre del Evangelio, la belleza sublime de esos relatos, obligándonos a leerlos como documentos históricos o como revelación de dogmas a creer. Leámoslos como lo que quisieron ser y son en realidad: profecías y poemas. Leámoslos con nueva inocencia, con segunda ingenuidad, con alma de niño. Leámoslos como revelación del Misterio que mueve el corazón más allá de la palabra, más allá de las creencias. Tú eres José, tú eres María, tú eres Jesús. Tú eres ángel y estrella. Tú eres el pastorcillo de Belén, tú eres mago del Oriente, sabio y buscador.

Pues bien, en el “evangelio de la infancia” propio de Mateo –que, por cierto, no se parece en nada al de Lucas– encontramos el relato de una matanza horrible: Herodes el Grande, al oír a los magos que vienen a adorar a un “rey” recién nacido, se alarma de solo pensar que este niño acabe arrebatándole el trono, y manda matar a todos los niños de la región de Belén de menos de dos años. Son los “santos inocentes”. Nada sucedió así a la letra, pero sigue sucediendo cada día. El poder es presa del miedo, y el miedo lleva a matar. A más ambición, más miedo. A más miedo, más muertes. Por ejemplo, sabemos que aquel rey Herodes era muy cruel porque era muy miedoso; por miedo a perder el trono, mató a su yerno y a sus hijos Alejandro, Aristóbulo y Antípater, a su esposa Marianne y a muchísimos más, y ordenó que en cuanto él muriera se matara a numerosos personajes judíos, para que hubiese muchas lágrimas y sollozos en los funerales del rey. La historia está llena de santos inocentes, víctimas del poder.

La historia está llena también de otros santos inocentes, los que vencen al poder y salvan a las víctimas con la fuerza del bien. Así, cuando el faraón de Egipto quiso exterminar a los hijos de los hebreos, Moisés fue salvado por su madre, su hermana, la hija del faraón y dos parteras egipcias. Cinco santas inocentes que defienden la vida y liberan al que luego será liberador. Esta historia del faraón y de Moisés sirve justamente de modelo al relato de Mateo, invirtiendo la geografía, eso sí: Moisés y los hebreos huyeron de Egipto para ser libres; María y José, por el contrario, huyen de Palestina a Egipto para poner a salvo a Jesús, Mesías salvador de la vida. La geografía de la crueldad y de la inocencia se invierten, al igual que sus nombres propios –mirad lo que pasa hoy–, pero son siempre los inocentes quienes salvan la vida y recomponen la historia.

Es nuestra historia. Solo la inocencia la podrá salvar. No la inocencia entendida como candidez ni como pureza moral o legal. In-nocens significa en latín quien no hace daño. Inocente es quien tiene el corazón indemne, entero y sano, a pesar del daño sufrido y del daño infligido, pues todos hemos hecho daño y nos lo han hecho. Inocente es quien reconoce y siente el daño infligido, y está dispuesto a excusar el recibido. Inocente es quien sigue creyendo en la bondad ajena y propia como la verdad más profunda, a pesar de todo. Inocente es la persona buena que no mide méritos ni controla resultados.

Así fue Jesús. Así encarnó a “Dios”, bondad feliz, Plenitud de la vida sin miedo y sin daño. Esa inocencia divina es nuestra verdad primera. Esa es también tu vocación. Eso eres también tú.

José Arregi

Fuente: Fernando Armendari (Espacio REDO)

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