Rafael Correa bajo una lluvia de nueces

16 febrero, 2015

Imagen-Ecuador: No todo lo que se vende afuera se consume adentro

Por Roberto Aguilar

Rafael Correa ni se entera ni aprende. Ridiculizado sin piedad por el comediante británico John Oliver y aun más ridiculizado sin prudencia por sus propias desafortunadas declaraciones vía Twitter, el presidente fue un hazmerreír en las redes sociales de tres continentes. Pero ni entendió nada ni sacó lección alguna. El jueves pretendió dar por cerrado el tema con cuatro tuits en su mejor estilo: pedante y desconsiderado. “Asunto John Oliver: demasiado ruido para tan pocas nueces”, arrancaba diciendo, y concluía con un “No merece un segundo más de tiempo”. Caso cerrado. Error por partida doble: no sólo que las nueces fueron muchas y harto sustanciosas, como se verá en este artículo, sino que el propio desarrollo del “Asunto John Oliver” terminó por demostrar que el presidente, en las redes –esta nuez es gruesa–, no cierra nada. En las redes sociales Rafael Correa no tiene la autoridad para decir la última palabra. Si todavía él no se ha dado cuenta se debe a su preocupante incapacidad para entender la sociedad global contemporánea, cuya expresión más espontánea se canaliza en las redes. Incapacidad comprensible pues lo global, lo contemporáneo, lo expresivo y lo espontáneo no son su estilo.

La primera nuez golpea al presidente en plena jeta. “Nadie gana una guerra en el Twitter”, le había dicho Oliver en aquellos inolvidables cuatro minutos que le dedicó de su programa Last Week Tonight. Sus palabras se cumplieron al pie de la letra y, nunca mejor dicho, en el acto. Derrota del estado de propaganda en todos los frentes. Ya el primer día, el pueril intento de retirar el video subtitulado de Youtube (para ello posiblemente se movilizaron los perros de Ares Rights y se usó el pretexto de que las imágenes de la kermés de los sábados están protegidas por derechos de autor) se estrelló contra la multiplicación inmediata de segmentos iguales con subtitulados propios: esa fue una nuez que golpeó e inutilizó la mano izquierda. Luego, la pretensión de crear tendencias de Twitter en su apoyo se les volvió directamente en contra como un búmeran: nuezazo en el occipucio. La etiqueta #EcuatorianoHastalaMedula, lanzada por el secretario de Comunicación Fernando Alvarado para contrarrestar la arremetida de un “payaso gringo” y “los wannabes” que lo acolitan, se llenó de burlas en su contra. Lo mismo ocurrió con otras etiquetas que se situaron en el top 5 de la semana, como #JohnYouAreInvited y #TicoTico.

Y mientras todo esto ocurría, mientras el presidente de la República y su secretario de comunicación eran arrastrados y escarnecidos en memes y demoledores comentarios, algunos realmente muy finos, el famoso ejército de los diez mil trolls, digno de Jenofonte, emprendió su propia anábasis, es decir, se retiró del mapa. ¿No que eran más, muchísimos más? ¿Dónde se metieron? Para un gobierno que viene de planificar y convocar una ofensiva contra sus críticos en el ciberespecio y para un presidente que se ocupó personalmente de señalar los primeros objetivos de esa guerra, lo ocurrido esta semana fue una derrota definitiva y humillante. Esta nuez rompió los dientes: el presidente fue derrotado en las redes –y lo seguirá siendo– porque las redes son, como se dijo, un espacio de expresión espontánea, es decir, un espacio donde la gente es como es, vive su vida como quiere y dice lo que le da la gana. Aquí las manadas, las personas que tienen que ser convocadas, conducidas y provistas de una consigna por funcionarios poco inteligentes, simplemente no funcionan.

Ganó el humor. Quizá los ecuatorianos necesitábamos que alguien desde afuera, alguien sin intereses en el país, sin temor de represalias y libre de toda sospecha de pertenecer a la restauración conservadora; alguien, además, con el prestigio y la desfachatez de un John Oliver, nos sometiera a semejante baño de verdad. Y la verdad es que el rey está desnudo. El humor cumplió su cometido: refrescó nuestras mentes, renovó nuestra perspectiva de las cosas y nos abrió la puerta a la catarsis. Los cuatro minutos de John Oliver sobre Rafael Correa se sintieron en el país como un alivio, una medicina, una bocanada de aire fresco. O mejor: como un cargamento de nueces soltado a mediana distancia sobre la cabeza del poder.

Frente a eso, la respuesta del presidente y su gobierno fue de una pobreza desgarradora. Todo lo que se dijo para contrarrestar la arremetida de John Oliver se situó entre la solemnidad tontuna y la petulancia ofensiva. Solemnidad tontuna la de quienes se sintieron ofendidos como ecuatorianos por la burla de un extranjero, incluido el propio Tico Tico, que recibió a propósito una respuesta exquisita, por exacta, de la tuitera Diana Amores: “El colmo de un payaso es no entender el chiste”. Petulancia ofensiva la de Fernando Alvarado, con su uso despectivo del término “gringo” y su aclaración de que ingleses y gringos “la misma vaina son”; petulancia ofensiva la del mismo Rafael Correa, que en sus mensajes finales menospreció a John Oliver como si fuera cualquier pendejo (cosa que Oliver no se permitió hacer con él), alguien que “probablemente cree que la capital de Ecuador es Kuala Lumpur”.

Si Rafael Correa es un tipo inteligente como se reputa, no lo dejó ver esta semana. Su salida con respecto a la comedia inglesa, probablemente la mejor del mundo desde Shakespeare hasta Monty Phyton, fue de las que dan vergüenza ajena: “¿Sí han existido comediantes ingleses? ¿Seguro?”. Es como decir: ¿en serio existen futbolistas argentinos? Una persona que hiciera esta pregunta no sólo revelaría su completa ignorancia en materia futbolística sino que generaría una duda aun más profunda: ¿en qué planeta vive este tipo? Lo mismo ocurre con el presidente de la República. José Hernández, en su blog, ya se hizo la pregunta clave: ¿qué libros leyó el presidente cuando estudiaba en Europa? ¿Qué películas vio en el cine? ¿Fue al teatro? ¿Recorrió las galerías? La cuestión atañe no sólo a su formación como el académico que dice y quiere ser; tiene que ver con la formación de su sensibilidad y el alimento de su espíritu. Oscuros resentimientos nutridos de retorcidas arrogancias producen insufribles fatuidades en inteligencias no cultivadas como la suya. Así se termina negando las habilidades con el balón de un Maradona. Y haciendo el ridículo. Ese saco de nueces se lo echó encima él solito.

fuente:  estadodepropaganda.com

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