Obra pública y autoritarismo: la aritmética en la revolución ciudadana

26 febrero, 2015

Imagen Ecuador: Mujeres en lucha contra las grandes empresas mineras y en defensa de la Pachamama

Mateo Martínez Abarca.

Hace escasos días el gobierno de Rafael Correa realizó algunos cambios en su gabinete. Entre otros, se hizo pública la destitución de Francisco Rivadeneira como ministro de comercio exterior y el posible retorno de Nathalie Cely al ministerio coordinador de la producción. Más allá de que ambos cambios muestran a grandes rasgos cuál será la orientación del manejo de importantes áreas de la política económica y productiva en tiempos de crisis, lo que me causó sorpresa fue la reacción de varios amigos y amigas, críticos de la gestión del gobierno. Estaban decepcionados por la salida de Rivadeneira y satisfechos por el retorno de Cely. Ambos personajes pueden colocarse sin problema en cualquier gabinete de un gobierno de derecha, dada su inclinación evidente hacia los mercados y varios elementos de la política económica neoliberal. Por poner un ejemplo, a Rivadeneira le debemos la conducción de la negociación del Tratado de Libre Comercio con la Unión Europea, y Cely -antigua funcionaria de la administración de Jamil Mahuad-, siempre ha sido vista como una de las altas representantes de los intereses de los grupos de poder económico más conservadores al interior del régimen.

Esa reacción de decepción me llevó a pensar que, a pesar de las críticas que se hacen al gobierno en otros ámbitos, hay cosas con las que sí está de acuerdo, como en este caso, la malvada derecha fuera del gobierno. Por ponerlo de alguna forma, puede tratarse de un gobierno autoritario que día a día atropella los derechos e inclusive la propia Constitución, pero en cuanto a temas, por ejemplo, como el manejo de la política comercial, se comporta de manera “técnica”, “lúcida” o “seria”. Más allá de estos eufemismos que sirven para mostrar al neoliberalismo como ciencia económica apolítica, la pregunta que se desprendería es ¿se puede juzgar a este gobierno bajo una mirada de totalidad como proceso, o podemos hacerlo por sus partes? Y es una pregunta que debe dirigirse -por supuesto sobre temas diferentes- también a la oposición de izquierda. Parecería a primera vista un simple problema de aritmética política: o el gobierno no es la suma de sus partes o son las partes las que lo constituyen como un todo. ¿Puede operarse tal distinción? Y una de las más claras expresiones de este dilema, aparece cuando se toca el tema de la obra pública. Si tal como planteaba un articulista guayaquileño, se trata de un país que ha cambiado materialmente y ahora tenemos carreteras, hospitales, escuelas e hidroeléctricas ¿de qué nos quejamos tanto? Tan actual es el tema que vale recordar lo que dijo Carlos Julio Arosemena al inaugurar una central hidroeléctrica en Cumbayá: “cuando hablamos de programas hidroeléctricos, de vialidad, etc., estamos fraguando la gran revolución ecuatoriana.”

Esta pregunta es interesante porque muestra una especie de infatuación tóxica a lo síndrome de Estocolmo, en la que en medio de una situación más que evidente de violencia política promovida desde el gobierno, empezamos a tratar de rescatar lo bueno que hay en lo malo. Además de un error de juicio, se trata de una lógica bastante perversa. De ella dio cátedra magistral hace ya algún tiempo el propio secretario de la administración pública Vinicio Alvarado, uno de los personajes más influyentes del gobierno y artífice de su arquitectura comunicacional y de propaganda de masas. En una memorable entrevista en un canal de televisión, para responder a una pregunta acerca de la comunicación como servicio público, Alvarado se refirió a los gobiernos de Francisco Franco y Benito Mussolini de la siguiente forma: “Pero también hicieron grandes carreteras, también hicieron transformaciones. ¿Por qué ese rasgo? No todo lo que hicieron personajes que en la historia hoy pueden ser juzgados mal, estuvo mal. De pronto fueron visiones muy positivas”.

Pensar bajo esa lógica equivale a decir que el Autobahn, sistema de carreteras del Reich por el cual se entusiasmó Hitler, fue una “visión muy positiva”, no así los hornos de cremación. Y lo peor es que los críticos del autoritarismo del gobierno pueden llegar a incurrir también en este tipo justificaciones, que no son otra cosa que una forma peligrosa de relativización. En el caso alemán, por ejemplo, podría decirse que el crecimiento de la economía, la industria y la producción bajo el régimen nazi fue sumamente eficiente y acelerado, lo cual se tradujo en “bienestar” de la población. Pero lo que no suele observarse -como refiere el historiador alemán Götz Aly en su libro La utopía nazi-, es que “el pillaje, el expolio de la Europa ocupada, el exterminio de los judíos y el saqueo de sus bienes permitieron al régimen mantener y asegurar el nivel de vida del pueblo alemán, que en una gran parte aceptó una utopía cimentada en el robo, el racismo y el asesinato.” Por supuesto, es una tarea de todo gobierno dotar de seguridad y bienestar material a su pueblo, pero ¿a qué precio? Relativizar lo bueno que tiene lo malo, como se ve, puede llevar a conclusiones como las de Alvarado, de que podemos observar al fascismo también por sus supuestos “aciertos”, es decir relativizándolo banalmente en sus partes.

Salvando las enormes distancias y sin desconocer también las similitudes que son propias a todo Estado Autoritario, en el caso ecuatoriano el problema parece ubicarse (y esto es aterrador), no solo en el gobierno sino también en el interior mismo de la sociedad. Desde hace algunos años no es raro escuchar en cualquier conversación que Correa es un presidente prepotente, intolerante y autoritario, que los atropellos son múltiples y demás críticas, pero que si no gobierna él ¿entonces quién? Durante el largo periodo de crisis y ajustes estructurales, era también común escuchar que este país era un caos ingobernable y que era urgente que gobernara alguien con mano dura y los pantalones bien puestos. “Alguien como Pinochet” –decía la gente- “qué bien le fue a Chile, ahora son desarrollados y un ejemplo.” Y a esta propensión autoritaria bien asentada en la sociedad, se suma que tras largos años de amaestramiento del populismo y marketing político propio de la larga noche neoliberal (actualizados en la revolución ciudadana), el ecuatoriano promedio termina aceptando que se le convierta en cliente o consumidor.

Por eso es seducido por la obra pública, la cual se vuelve la vara con la que mide, junto a la virilidad, la buena ventura en los negocios, la fresca apariencia de “gente bien” u otros elementos de las representaciones sociales de éxito y estatus, aquello que entiende por política. Y de las conversaciones coloquiales, pasamos también a un discurso académico más elaborado sobre la revolución ciudadana, que nos dice que no hay nada de qué preocuparse. Solo se trata del momento luminoso de constitución final del Estado-Nación, proceso siempre inconcluso, un traje mal cortado que venimos arrastrando desde el nacimiento de la República. Por tanto, es normal que tratándose de un destino histórico de tal envergadura, se justifique dar de patadas a todos aquellos agoreros del desastre, los mismos de siempre, tirapiedras ecologistas infantiles y demás, que no entienden que ahora sí, con Correa, finalmente llegó la bienaventuranza del progreso. El cemento y el asfalto parecen cobrar entonces propiedades mágicas: una extensa e intensa obra pública exculpa los atropellos, limpia milagrosamente los escándalos y termina justificando todo retroceso y trafacía, como si fuera el precio que la sociedad debe pagar obligatoriamente por su bienestar. El proceso de constitución de los Estados nacionales modernos no estuvo exento, después de todo, de violencia autoritaria. Solamente estaríamos cumpliendo con el telos moderno, en la evolución natural de nuestra historia.

Correa no vendría más que a ocupar a la perfección aquel núcleo teológico que sigue encontrándose disfrazado detrás de toda la política moderna. Como la encarnación mística de la voluntad del pueblo, en sus manos solas está encomendado el destino y realización histórica de la nación. ¿Qué pueden importar los límites en una tarea patriótica como esta? Dado que esperábamos la gloriosa venida del mesías redentor de mano dura, de los pantalones bien puestos con todo su evangelio de obra pública y cemento, hay que dejar de pensar con el hígado y empezar a pensar con la cabeza. A esta revolución llena de aciertos no la para nada ni nadie y aquel huracán del progreso que describiera Walter Benjamin en la metáfora del Angelus Novus, dejará en ruinas todo el pasado aunque el presente corra el riesgo de no reconocerse en él.

Alguna gente crítica de derecha está contenta con los “técnicos”, “lúcidos”, “serios” aspectos neoliberales del correísmo. Está encantada con el TLC con la Unión Europea y ahora gustará más de la apertura a la privatización en sectores estratégicos. De hecho, el gobierno la revolución ciudadana ha entregado los campos maduros de Petroecuador al capital transnacional, algo que antes el infalible y poco autocontradictorio Correa rechazaba. “Los campos que opera Petroecuador, que solo necesitan mejorar la producción con el tratamiento a los yacimientos, deben ser cien por ciento para los ecuatorianos. Entregar campos a la empresa privada es traición a la Patria, razón suficiente para mandar a la casa al Crnl. Lucio Gutiérrez…” (Entrevista en Radio La Luna, nov. 2005.)

Más aún, el gobierno ha logrado neutralizar a los movimientos sociales que lograron bloquear esta agenda, durante la larga noche neoliberal que se cree hoy dizque superada. Ello a pesar de que algunos sectores de la izquierda, a su vez, gustan de esa social democracia mínima que implica la inversión social y los rezagos de discurso anti imperialista, por supuesto cada vez menores. A todos nos incomoda el autoritarismo, pero caray, en la fanesca correísta hay para satisfacer los gustos de toda la familia. Así que basta de quejarse, relativicemos y a gozar: no todo lo que hace la revolución ciudadana puede juzgarse como malo, no. De pronto tiene visiones, como diría Vinicio Alvarado, muy positivas.

Fuente:  insulafragmentaria.com

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