No hay tregua

18 junio, 2015

Por  Guido Proaño A.

La presentación pública de Rafael Correa del lunes 15 por la noche me recordó los últimos días del gobierno de Jamil Mahuad. Habló pausado, mojigato como aquel lo hacía para justificar su política antipopular. Durante ese día dio una nueva demostración de su capacidad histriónica: en la mañana efusivo, amenazador, victorioso; en la noche tranquilo, conciliador y, sin quererlo, derrotado.

Si alguien cree que el convulsionado momento político que vive el país forzó al presidente a rectificar, peca de excesiva ingenuidad. Correa intenta un nuevo ardid con una estrategia que en esencia busca desarticular la movilización social y llevar el punto de atención ciudadana que sindica al régimen como el causante de los graves problemas económicos, políticos y sociales del país hacia otros responsables.

Correa está ávido de tiempo para recomponer fuerzas y enfrentar la crisis política que le socaba, y no ha dudado en utilizar la fe religiosa del pueblo a propósito de la visita del papa Francisco a Ecuador. Así han actuado siempre los sectores más reaccionarios de la sociedad.

El régimen trastabilla a consecuencia de la gran protesta social producida en estos días, que no solo cuestiona el tema de las herencias y la plusvalía, sino en general una serie de medidas antipopulares adoptas por el Gobierno desde tiempo atrás. No olvidemos que las masivas acciones de protesta iniciaron a mediados del año pasado, en ellas se incubó el grito ¡Fuera Correa! del que se han hecho eco amplios sectores de la sociedad.

Los esfuerzos gubernamentales se orientan a presentar como si el conflicto político estuviese polarizado entre dos o tres políticos de derecha y él. Culpa a ésta de conspirar, reta a Nebot a presentarse en las elecciones de 2017, cuestiona la idoneidad ética de Lasso y de algún otro dirigente empresarial. Busca así sacar del escenario político al movimiento sindical y popular organizado que ha sido y es el principal contradictor del Gobierno, al igual que son las organizaciones de izquierda que, en conjunto, han articulado un movimiento de oposición popular que actúa con independencia de clase.

Esa artificial polarización pretende dar sustento al discurso oficial de que la protesta de los trabajadores y el pueblo está supeditada a un proyecto político de la derecha tradicional, artificio en el que lamentablemente cae alguna gente que llama a aplacar la lucha para no ser “utilizados” por la derecha, sin darse cuenta que están siendo utilizados por la derecha correísta. En el quehacer político, sectores sociales con intereses contrapuestos, en determinadas condiciones y circunstancias pueden coincidir en confrontar a un contradictor común, pero uno y otro lo hacen desde posiciones e intereses particulares y lo importante es que, en este caso, los sectores populares y la izquierda mantengan la independencia política como han venido actuando. No se debe dejar de combatir a un gobierno que se ha ensañado en contra de los trabajadores y el pueblo, a pretexto de quitarle piso a un malintencionado discurso de un enemigo del pueblo que busca oxigenarse para continuar su ofensiva antipopular.

En esas circunstancias, en medio de la lucha política que se desarrolla en estos días en nuestro país (porque esa es la connotación que ahora tiene la protesta social), uno de los elementos diferenciadores entre la oposición popular y la oposición que desarrollan las fuerzas de derecha es la propuesta de saldar la crisis con un gobierno popular. Este es ya un punto diferenciador entre quienes ahora se cobijan en la lucha callejera con el grito ¡Fuera Correa, Fuera! Pero también se distinguen porque hay sectores para quienes el tema de las herencias y plusvalía fue el detonante que les puso en la calle, mientras la mayoría asume que hay muchas más razones para protestar y seguir haciéndolo, aún con el pedido gubernamental de tregua.

Fuente: ecuadorlibrered.tk

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