Nuestras razones para salir a la calle

18 junio, 2015

Imagen Ecuador: El naufragio de una promesa. La redistribucion agraria en la revolucion ciudadana
Por Pablo Ospina Peralta.

Las protestas en la Avenida de los Shyris nos ponen en una situación incómoda. Estamos hartos del gobierno, igual que los manifestantes; pero no por las mismas razones. Las medidas que llevaron al desborde de indignación, “la gota que derramó el vaso”, como suele decirse, el aumento del impuesto a la herencia o a la plusvalía de los terrenos, no pueden atacarse desde el punto de vista de nuestros principios. Tomemos en cuenta que no es una medida socialista. Es una medida que se atiene estrictamente a los principios del liberalismo más progresista. Según ellos, la riqueza heredada no tiene justificación alguna porque el heredero no ha hecho nada por merecer el patrimonio recibido. No trabajó, no arriesgó, no invirtió, no se esforzó. La herencia es como ganar una lotería. Así como los hijos no son responsables de los crímenes de sus padres, tampoco lo son del patrimonio ganado por sus progenitores. Desde un punto de vista estrictamente liberal, la herencia distorsiona o impide la igualdad de oportunidades. Existe en la mayoría de países liberales. Por tanto, no es un impuesto anti-capitalista. Sin embargo, a pesar de sus limitaciones, contribuye moderadamente a aumentar el pago de impuestos de las familias más ricas. Que no suplante al capitalismo no es razón para oponerse a ella, igual que el aumento del impuesto a la renta de las franjas más ricas de la población tampoco elimina el capitalismo pero sería absurdo para las izquierdas oponerse a la medida.

Lo que debemos criticar es la forma en que la revolución ciudadana decidió reformar este impuesto. Decidió aumentarlo no solo a los ricos sino que también a las clases medias. La comparación de la tabla actualmente vigente y de la tabla propuesta no deja lugar a dudas: quienes reciban herencias de entre 70 mil dólares y 826 mil dólares pagarán más que antes. Un heredero, por ejemplo, que reciba 200 mil dólares de herencia, debía pagar con la tabla anterior 9.669 dólares y ahora deberá pagar, con la nueva tabla, 16.415 dólares. El gobierno redujo las franjas impositivas y aumentó no solo arriba sino al medio. Sobre 141 mil dólares se pagaba antes el 10% y ahora se pagará el 17,5%. La cantaleta gubernamental de que el impuesto no afecta a las clases medias es sencillamente una mentira ¡El absurdo llega hasta a reducir la base imponible por la que aumentará el número de gente de clase media que empezará a pagar! Se pone una excepción en los bienes inmuebles, para los que se mantiene igual, pero es eso, una excepción.

Nuestra consigna no puede ser retirar la ley sino cambiar la tabla. Una nueva tabla debería aumentar el impuesto únicamente en los tramos superiores; podríamos incluso reducir el porcentaje de los tramos más bajos y subir en los tramos más altos. Así, sobre 688 mil dólares, subir al 35% y crear una nueva de 50% sobre los 826 mil dólares. Además, la ley podría establecer que todo el producto del cobro de este impuesto debe ir a cubrir la única preasignación que permite la Constitución: la de la educación. ¿Cómo es posible que no tengamos todavía el seis por ciento del PIB destinado a Educación básica y el bachillerato como manda la disposición transitoria decimoctava de la Constitución?

¿Tenemos razones para protestar? Por supuesto, miles de razones. Pero las nuestras no son las mismas de Guillermo Lasso o Jaime Nebot que protegen sus fortunas fingiendo que protegen “la familia”. Como si la familia se confundiera con el tamaño del bolsillo. Nuestra protesta debe ser con nuestras propias consignas, por nuestros propios agravios y en un lugar diferente. No tenemos por qué juntarnos a las banderas de la derecha que han hegemonizado la movilización de la Shyris.

Por supuesto que hay buenas razones para sospechar de las intenciones gubernamentales. No tenemos por qué suponer ingenuamente que hay sinceros afanes de redistribución de la propiedad. No han mostrado ese afán en estos ocho años y ahora presentan la medida en el peor momento político, durante la crisis y en medio de la caída en su popularidad. No sería raro que haya negocios turbios e intereses egoístas detrás del impuesto. Pero lo mismo ocurre con la campaña contra Chevron-Texaco. Aunque las razones que la animan sean puramente publicitarias, no hay razón para oponernos y encontrarnos sin quererlo del lado de una de las empresas transnacionales que más daño hizo en la historia ecuatoriana.

Fuente:   lalineadefuego.info

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