Rafael Correa miente: 5. El gran debate nacional

19 junio, 2015

Por Roberto Aguilar.

El presidente de la República ofreció un “gran debate nacional” y la comisión de Régimen Tributario de la Asamblea se puso manos a la obra. Hasta ayer era cuestión de calentar la tribuna de la Shyris, o sea: paralizar el servicio público en unas cuantas oficinas y movilizar a los burócratas, asegurar la provisión indispensable de sánduches y colas, alquilar amplificadores a los proveedores habituales, disponer un par de pantallas gigantes por si hubiera fútbol, repartir banderas, contratar el servicio de unos cuantos buses interprovinciales y llenarlos con los más preclaros representantes del lumpen proletariado ecuatoriano con la instrucción de amedrentar y meter miedo. Todo ello, claro está, con nuestra plata, que no hay de otra. A partir de hoy las cosas serán más complicadas y más costosas: este “gran debate nacional” sobre las leyes de la herencia y la plusvalía en particular y sobre “la clase de país que deseamos” en general debe durar el tiempo que sea necesario, pues se trata nada menos que de “socializar” hasta que todo quede claro. Ya sabemos cómo funciona eso: habrá que trazar un cronograma; alquilar salas en todas las provincias; comprar pasajes de avión, reservar hoteles, pagar viáticos; diversificar los proveedores, sustituir los frugales refrigerios por comidas completas, multiplicar el número de buses; confeccionar más banderas; redoblar los esfuerzos movilizadores con el concurso de Rodrigos Collahuazos y otros líderes sociales especialistas en llenar salas a pedido; inventarse un complicado sistema de inscripciones, retribuciones, registros, informes, comisiones y subcomisiones; diseñar papelería, logotipos, trípticos, emblemas; gastar en propaganda (no se descarta la producción de un jingle), lanzar un videoclip. En fin, hacer que alcance para todos. Redistribuir, vamos. ¡Ufff! Tanto trabajo para volver al ya anunciado punto de partida, a saber: que las leyes de la herencia y la plusvalía son el Santo Grial y que el país que queremos es el país que tenemos, un país correísta. Para entonces ya será tiempo de campaña electoral. De eso se trata.

Pero hay una razón inmediata y más urgente para tanto esfuerzo. Ocurre que el presidente de la República, que andaba por Europa, regresó el domingo a un país diferente del que dejó ocho días antes. Salió de un Ecuador que callaba; volvió a un Ecuador que grita. Y él no está acostumbrado a eso. No lo entiende. Le gustaría que las cosas fueran como antes pero carece de imaginación política para lograrlo. En su lugar, sólo dispone de un aparato de propaganda con un gran zapato por cabeza. En tales circunstancias no hay nada mejor que una “socialización” como Dios manda para recuperar la ilusión de la normalidad perdida. Lo que el país tiene ahora por delante es un espectáculo más bien patético: el gran esfuerzo desplegado por el aparato correísta para autosugestionarse.

Todo es una sucesión de ilusiones encadenadas una tras otra. Para empezar, el lunes, el gobierno obligó a cientos de empleados públicos a asistir a la Plaza Grande con el fin de que Rafael Correa saliera al balcón y tuviera la ilusión de estar hablando con el pueblo. Los burócratas ya no se dejan manipular tan fácilmente, así que la plaza se ocupó escasamente a medias pero el presidente exteriorizó su ilusión de que estaba llena. Luego lanzó unas cuantas mentiras sobre la supuesta violencia inusitada de las en realidad festivas y pacíficas protestas. Se explayó atribuyendo a sus rivales todas aquellas características por las cuales se ha hecho famoso en los últimos ocho años: los llamó insultadores, prepotentes y agresivos, dijo que sus manifestaciones eran de gente manipulada, los acusó de tener autos de lujo… “Ellos tienen la fuerza”, llegó a decir en el colmo de su ilusión esquizofrénica, rodeado de guardaespaldas y ante una plaza regada de militares a sus órdenes. Durante largo rato se comportó como si viviera la ilusión de hallarse en campaña electoral, como si su problema fuera Guillermo Lasso, candidato opositor, en lugar de una multitud de ciudadanos autoconvocados para putearlo. Por último, escenificó la ilusión del hombre fuerte: “no cedimos en una coma, no cedimos en una vocal y jamás cederemos”.

Parece que lo pensó mejor. Por la noche volvió a dirigirse al país, esta vez en cadena nacional, con la ilusión de que no dijo lo que dijo. En lugar de la cara de gallito peleón de toda la vida fingió como pudo una sonrisa para crear la ilusión de que es un buen tipo, sencillo y comprensivo. Y bueno: no fue una coma, no fue una vocal, fue el proyecto entero de la ley de herencias el que retiró “temporalmente” con la ilusión del monaguillo: para procurar “un ambiente de paz, regocijo y reflexión” apropiado para recibir al papa Francisco. Esta medida, dicho sea de paso, obedece a la ilusión de que ese proyecto de ley es la causa única de las protestas, cuando cualquiera sabe que el malestar es mucho más profundo y la toma de conciencia es de mayor envergadura que la simple inconformidad ante un impuesto. De cualquier forma y para disimular esta derrota, es decir, para producir la ilusión de invencibilidad con que alimenta su ilusorio mito, se inventó la ilusión más grande de todas. La llamó “gran debate nacional”.

Al día siguiente, la mayoría correísta de la comisión de Régimen Tributario ofreció una rueda de prensa para explicar las dimensiones de semejante mentira. Dirigió la conferencia Virgilio Hernández, presidente de la comisión, quien la víspera se había situado, en el balcón de Carondelet, a tres escasos puestos del caudillo. ¡Nunca había subido tan alto en los últimos ocho años! La última vez que se paró junto a un presidente en un acto oficial de esa importancia el presidente era Lucio Gutiérrez. Ahora tiene que emplearse a fondo si quiere repetir la experiencia que seguramente fue, no hace falta decirlo, orgásmica. Así lo hizo.

Para empezar, en este gran debate nacional ¿cuál es el tema sujeto a debate? Aparentemente ninguno: lo primero que dejaron sentado los miembros de la comisión es que ellos tienen la razón, que no hay nada que debatir: “ratificaremos –dijo Hernández– que volveremos a tratar estos proyectos y que seremos millones”. En segundo lugar, ¿con quién se va a debatir? Pues parece que con nadie: los otros sólo son unos ricachones defensores del gran capital y sus lacayos, que no merecen la menor consideración por inmorales. Rosana Alvarado lo explicó claramente: “Abriremos ese debate –dijo– con todos los sectores convencidos de la necesidad de evitar que lo que está sucediendo en el mundo (el enriquecimiento por vía de herencia) continúe sucediendo en el Ecuador”. O sea con ellos mismos. No es extraño que aquello que Correa llamó “gran debate nacional” terminara en esta rueda de prensa convirtiéndose en “una gran campaña cívica”, según Hernández, o una “socialización”, según Alvarado.

¿Ya se enteraron el presidente y los asambleístas de la comisión de Régimen Tributario lo que les importa su debate nacional, campaña cívica, socialización o como quieran llamarlo a las multitudes que protestan en las calles? Esa misma noche, en uno de los túneles de Quito, un auto de lujo, sin placas, con cristales oscuros, sirena, luces blancas, azules y rojas y algún alto funcionario de gobierno en su interior, reclamó prioridad de paso a la cola de carros que avanzaba lentamente. El chofer hizo una maniobra para eludir la fila y trató de abrirse camino por un costado a bocinazo limpio. Alguien, un ciudadano de la cola en un auto común y corriente, pitó molesto; otro cerró el paso del impertinente; un tercero, un cuarto, un quinto sacaron banderas negras, empezaron a gritar consignas; todos se movieron para que el funcionario no pudiera avanzar. Éste, resignado, apagó las enceguecedoras luces titilantes, desactivó la sirena y guardó su puesto, igual que todo el mundo. Calladito. Como corresponde. ¿Quién era? Nunca se supo. Pudo ser Virgilio Hernández. Pudo ser Rosana Alvarado. Puso ser cualquiera de los nuevos ricos. ¿Y ahora? ¿Así va a ser en adelante? Parece que sí. Para evitarlo, debieran contemplar la posibilidad de vender sus autos de lujo, comprarse un Fiat Uno y repartir la plata sobrante entre sus empleados. Redistribuir, vamos.

Fuente:    estadodepropaganda.com

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